Parroquia La Milagrosa (Ávila)
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lunes, 12 de octubre de 2015

Escuela para la vida


IDEO, 05/10/15.- Dicen, se oye, se comenta… que parece que algo está cambiando en educación, que hay  escuelas que ya no trabajan con libros de texto, que trabajan por proyectos, que las niñas y niños son el centro y que el aprendizaje es significativo, ¿Será verdad?

Pues sí, sí, nada más real que esto es lo que está pasando en algunas escuelas y puedo hablar con conocimiento de causa, porque soy maestra en Escuela Ideo donde así se trabaja, donde la educación es una herramienta esencial para hacer futuro, donde las niñas y niños son parte de un proceso de preparación para la vida…

Quizás valga más un ejemplo que mil teorías para ver que quiere decir eso del aprendizaje significativo ¿será que pueden alcanzar objetivos curriculares disfrutando? No solo pueden alcanzar objetivos estipulados en el curriculum sino que se logran objetivos esenciales, esenciales para la vida, para crecer como persona.

El otro día salimos al huerto con los de mi clase (4 años tienen). Tenemos huerto, sí, es uno de los valores de Escuela Ideo. Y al volver de la actividad tome conciencia de la riqueza del método con el que trabajamos. Quizás dicho así, suene como que salir al huerto es algo vacío de contenido y sentido. Pues nada más alejado de eso. Aunque el mero hecho de salir al huerto, ya solo esa actividad en si misma, creo que aporta mucho por el hecho de estar en un espacio diferente al aula, en contacto con plantas, algunos insectos… Fue una actividad llena de contenido, sentido y en la que una vez más se puso de manifiesto como motivando a las niñas y los niños el aprendizaje es mucho más sencillo.

Antes de salir al huerto, escribimos en la pizarra la palabra HUERTO, en ella vimos letras conocidas, jugamos con alguna letra (el tan dramático dilema de la lectoescritura se convierte en un juego sencillito para salir al huerto). En el huerto nuestros sentidos se abrieron al fantástico mundo de las plantas y los bichos, tocamos la tierra, la sentimos, plantamos, olimos, vimos plantas, insectos, distinguimos colores, texturas, cantamos una canción y recogimos alguna zanahoria que quedaba plantada, las lavamos y las comimos… todo de la mano de nuestro amigo Pablo, quien se encarga del huerto (¡ah sí! , es que también creemos que educar es más productivo si, como dice un proverbio africano, lo hace la tribu). En una “sencilla” actividad se trabajaron todas las competencias y las niñas y niños desarrollaron todas las inteligencias en mayor o menor medida.

Y sí , es por eso que estoy tan orgullosa de trabajar en un colegio así, es por eso que apuesto por una educación diferente, porque la actividad del huerto (en la que las niñas y niños disfrutaron muchísimo) es solo un ejemplo de como se puede aprender disfrutando, como se puede crecer amando lo que haces.

Educar para la vida es una labor costosa, que requiere de mucho esfuerzo por parte de las/os docentes, pero también es verdad, que queriendo y poniéndole ganas educar es un regalo. Y sino venid a Ideo.

A mis compis de Ideo y en especial a Pablito.

Carmen Almansa 
(Maestra de Infantil, Escuela Ideo),
en el Día Mundial del Docente.

miércoles, 24 de junio de 2015

Ecologismo de frontera


BILBAO (VIZCAYA)

ECLESALIA, 22/06/15.- Leí hace algún tiempo a González Faus una reflexión sobre que los obispos del s. XXI deberán ser hombres de frontera y no hombres de barreras. Esta es la actitud que ha tomado el obispo de Roma, a la sazón papa Francisco, al escribir su primera encíclica centrada en el problema ecológico que le hemos creado a nuestro planeta y sobre el cuidado de lo que él llama “la casa común”.

En una primera lectura, me quedo con su escritura diáfana y clara, alejada de otro tiempo en el que las encíclicas eran para iniciados en teología y que además estuvieran familiarizados con el lenguaje formalista y curial; el texto que nos ocupa es accesible a cualquier laico -incluido el precio, que no llega a tres euros- por lo directo y de difícil doble interpretación. En su llamada de atención, el papa recuerda textos de los papas anteriores denunciando este problema estructural, a los que desborda por cantidad y claridad hasta el punto de haber incomodado ya a algunos que se dicen cristianos. Francisco nos señala que muchos de los esfuerzos por buscar soluciones a la crisis medioambiental y al agotamiento de los recursos naturales se frustran no solo por el rechazo egoísta de los poderosos sino, atención, “por la falta de interés de los demás”; es decir, de los cardenales, obispos y de todos nosotros.

Francisco analiza una realidad incómoda para quienes vivimos en el Primer Mundo abusando de una huella ecológica varias veces superior a la que nos podemos permitir, al tiempo que señala a los que más pierden, que son los desheredados de la Tierra como un sinónimo de los predilectos del Maestro; y les hemos apartado de una vida digna por nuestras prácticas del consumismo extremo y selectivo de una minoría consumista que entre otras cosas nos permitimos desperdiciar casi un tercio de los alimentos. Por eso afirma que frente al cambio climático, hay responsabilidades diversificadas (sic) donde los pueblos más vulnerables deben ser objeto de atención prioritaria.

Recuerda con valentía el sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas que logran que el interés económico prevalezca sobre el bien común. Escribe desde la esperanza -“el amor social”-, la necesidad de diálogo en serio y la educación porque lo cierto es que el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista. Dedica un capítulo entero a “la raíz humana de la crisis ecológica” donde la ciencia y la tecnología no son neutrales en nuestra cultura del relativismo. Él lo resume en una idea troncal muy clarificadora de que no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental que incluye también a la ecología de la vida cotidiana.

El papa echa en falta con urgencia la presencia de otra globalización que tenga una  visión de futuro en la que emerja una verdadera autoridad política mundial sin recetas uniformes y no, añado yo, el poder omnímodo de la codicia que todo lo envenena. Reitera lo contrario de lo que hoy es la hoja de ruta bendecida por no pocos católicos: la política no debe someterse a la economía  y ésta no debe someterse a los dictámenes de la tecnocracia. Llega a proponer que tenemos que convencernos de que desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo puede dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo. Exactamente lo contrario al modelo de globalización materialista que llevan con mano de hierro el Banco Mundial, el FMI, la troika, los mercados, los actuales dirigentes de la UE, de Estados Unidos, de España…

Naturalmente que también nos habla de Dios y de Francisco de Asís (el título de la encíclica es una alabanza que cantaba el santo) afirmando que la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo, convertido en el modelo omnipresente y obsesivo actual. Nos habla del amor social como fuente del verdadero desarrollo más humano, más digno, en suma más cristiano. Acaba la encíclica con dos bellas oraciones acordes con la sensibilidad ecológica.

En definitiva, estamos ante un análisis en clave de denuncia profética pero que no ha querido cargar sobre los posibles culpables o responsables (en alguna medida todos lo somos) sino en la urgencia de mirar el mundo con una mirada diferente, responsable y madura, sintiéndonos amados por el amor del Dios de la vida y por el sufrimiento de la mayoría de los seres humanos como sufridores que son del grave atentado estructural a nuestra ecología. A quien le piquen las palabras del papa, lo mejor es que se rasque la conciencia.

lunes, 13 de abril de 2015

La resurrección, aquí y ahora (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [8/8]

La mirada al futuro no debe desviar nuestra atención de las urgencias del pre­sente: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?» (Hch 1,11). La nueva Jerusalén no vendrá llovida del cielo. Para nosotros, la resurrección no es sólo una promesa, es también una tarea, según el mandato de Jesús: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad de­monios» (Mt 10,8). La tarea es más urgente porque vivimos en una sociedad enferma de necrofilia que hace de la muerte un espectáculo para el consumo de masas, a la vez que, incapaz de darle un sentido, rehuye y reprime el enfrentamiento personal con ella; una so­ciedad obsesionada por elevar su calidad de vida, pero que puede aceptar pasiva o indi­ferente la mortalidad infantil en el Tercer Mundo y el genocidio de minorías étnicas, el aborto y la eutanasia, el tráfico de armas y las drogas...


Frente a esta cultura de la muerte, los cristianos estamos llamados a continuar la misión sanadora y resucitadora de Jesús. La fe en la resurrección se proyecta activamen­te en la lucha cotidiana por la paz, la justicia y la integridad de la creación.

El futuro de nuestro mundo (Resurreción)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [7/8]


El mundo es nuestra casa. La conciencia ecológica actual ha puesto de relieve la interdependencia entre el hombre y la natura­leza. Un falso concepto de progreso ha lleva­do a la explotación incontrolada de los recur­sos materiales, y a la contaminación y degradación del medio ambiente (atmósfera y suelo, ríos y mares...) en proporciones alarmantes y quizás irreversibles.

En este contexto, la imagen del alumbra­miento puede emplearse también con un al­cance más amplio, que incluya al entero uni­verso. «La ansiosa espera de la creación de­sea vivamente la revelación de los hijos de Dios... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto...» (Rom 8,19-22). Si hablamos del destino escatológico del hombre, no podemos enten­derlo al margen del mundo: la resurrección es inseparable de la nueva creación.

Las promesas de Dios nos hablan de un mundo nuevo, en el que habitará la justicia (cf. 2Pe 3,13); donde no habrá muerte ni llanto (cf. Ap 21,4). Libre de toda alienación y decadencia, la humanidad alcanzará la li­bertad gloriosa de los hijos de Dios (cf. Rom 8,21), y, juntamente con el hombre, el uníverso entero será renovado, reconciliado y recapitulado en Cristo (cf. Col 1,19s).

Contra lo que puedan pensar algunas sectas, ignoramos el tiempo y la manera en que se realizará esta transformación del uni­verso. Cuando Pablo, por ejemplo, escribe que Dios nos ha revelado por su Espíritu «lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado» (cf. 1 Cor 2,9), alude a la profundidad insondable de Dios y al misterio de salvación que se ha realizado en Cristo; si a través de esta revelación pode­mos saber y esperar «lo que Dios tiene pre­parado para los que lo aman», no por eso conocemos la configuración concreta del mundo escatológico.

De un futuro que nos trasciende sólo po­demos hablar con reservas, mediante aproximaciones e inferencias, manteniendo la tensión entre continuidad y ruptura. Aun así, podemos decir esto: El mundo del hom­bre participa también de su destino eterno. No es como el andamiaje que se abandona al terminar una obra, sino más bien como los materiales que se integran en la cons­trucción de la casa. Todos los bienes que Dios ha creado para el hombre y todo lo que hay de bueno en la misma obra huma­na está llamado a integrarse en la realidad del Reino consumado. Como dice el Concilio Vaticano II, «los bienes de la dignidad hu­mana, de la unión fraterna y de la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, des­pués de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, lim­pios ya de toda mancha, iluminados y trans­figurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino» (Gaudium et Spes, 39).

Miedo a nacer (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [6/8]

Habiéndolo dejado todo por Cristo, Pablo llega a valorar positivamente la muerte, en la medida en que le permite alcanzarlo defi­nitivamente: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1,21). Su mira­da y sus deseos están centrados en Cristo: El es la meta de su carrera y el premio que compensa con creces todos los trabajos y pe­nalidades de esta vida (cf. Flp 3,8-14).

Aun compartiendo la fe del Apóstol, nuestra actitud ante la muerte suele ser muy distinta. Cuesta dejar a las personas queri­das, los hábitos y espacios que nos son fami­liares, las obras en que hemos volcado nues­tras mejores energías. La perspectiva de mo­rir se nos presenta como un violento desarraigo, como un profundo desgarro, co­mo una amenaza. Y aunque hayamos apren­dido a no mirar la muerte como enemigo, no podemos dejar de considerarla un intruso, una visita inoportuna y molesta.


Si comprendemos la resurrección como un nuevo nacimiento, nuestra vivencia de la muerte sería parangonable a la que, de manera inconsciente, puede vivir un niño en el momento de su alumbramiento. La expulsión violenta del seno materno es el precio necesario para que el niño pueda de­sarrollar todas sus posibilidades vitales. Entre otras cosas, sólo asi podrá conocer a su madre...

También nuestro ser hijos de Dios se ha­lla como en período de gestación. Sumergi­dos en la muerte de Cristo por el bautismo, hemos recibido el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir una vida nueva. Pero esta vida es­tá todavía oculta con Cristo en Dios (Col 3,3). «Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos seme­jantes a él, porque le veremos tal cual es» (Un 3,2). Impulsados por el Espíritu pode­mos ya balbucear: «¡Abbá, Padre!»; pero nuestra relación filial se mueve a tientas; ca­minamos en la fe y no en la visión. «Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido» (1 Cor 13,12).

Ver a Dios cara a cara, conocerle como El nos conoce... expresan en el lenguaje bíblico la profunda intercomunión personal con el Padre y el Mijo que constituye el contenido central de la vida eterna (cf. Jn 17,3).

La añoranza del hogar (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [5/8]

Nuestra vida en este mundo se parece a veces a un destierro. Aun sin llegar a situa­ciones extremas (violencia, marginación, so­ledad, enfermedad, vejez...), en nuestro vi­vir cotidiano predomina el tono gris y monó­tono. Nuestras ansias más profundas de amor, libertad y justicia parecen destinadas a quedar insatisfechas; ninguna realización lle­ga a colmarlas. Los momentos de felicidad son más bien raros y efímeros. Cuando lle­gan, pensamos estar en otro mundo.

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas... Me voy a prepararos el sitio» (Jn 14,2). La resurrección de Jesús ha abier­to el acceso a un mundo nuevo, donde el hombre encontrará su verdadero hogar; allí podrá, al fin, descansar nuestro corazón in­quieto. En medio de tribulaciones, y con una aguda conciencia de la fragilidad humana, Pablo sabe que «quien resucitó al Señor Je­sús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros» (2Cor 4,14). La resurrección de Cristo consti­tuye, en efecto, la primicia y el modelo de la nuestra (cf. ICor 15,20-22.45-49). Por eso el Apóstol puede exclamar confiado: «si esta tienda, que es nuestra morada terrena, se derrumba, tenemos una morada eterna en el cielo...» (¿Cor 5,1 s). El cielo en que sitúa su esperanza no es un espacio frío y descarna­do, sino el ámbito del encuentro cara a cara con el Señor y del reencuentro feliz con los hermanos (cf. 2Cor 5,6-8).

domingo, 12 de abril de 2015

Continuidad y ruptura (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [4/8]

La resurrección no es una reanimación del cadáver para que vuelva a la misma vida de antes. Tampoco es una creación de la nada, como si e¡ que muere y el que resucita no fueran la misma persona. Usando el símil de Pablo, entre el grano que se siembra y la planta que brota hay a la vez continuidad y ruptura (cf. ICor 15,35-53). Esta tensión dialéctica aparece, de manera característica, en los relatos postpascuales.

Por una parte, los evangelistas insisten en la identidad: el que sido resucitado y exaltado a la diestra de Dios como Señor y Juez de la historia, es Jesús de Nazaret, el mismo que había sido crucificado. Por eso, los discípulos encuentran su tumba vacía y, cuando se les aparece, pueden ver en su cuerpo las cicatrices del martirio; por eso también, es posible reconocerle en los gestos habituales de la comensalidad y el servicio (Le 24,30s). Por otro lado, sin embargo, la vida del Resucitado se presenta como una realidad totalmente nueva y desconcertante para sus mismos discípulos. Según los relatos evangélicos, en sus primeras reacciones coexisten la alegría y el espanto. Unas veces le confunden con otra persona (Le 24,16ss; Jn 20,15), y otras creen ver un espíritu (Le 24,37). La mirada iluminada por la fe permite reconocer en él al Maestro, pero ya no es posible retenerlo en este mundo (Jn 20,16s; Le 24,31). Es el Señor (cf. Le 24,34), a quien el Padre ha concedido todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28,18). Por ello, su capacidad de comunicación y de presencia desborda los límites del espacio y del tiempo (cf. Mt 28,19), pero esto no basta para calmar la nostalgia que se hace gri­to impaciente: Maraña tha, ven, Señor Je­sús... (cf. 1 Cor 16,22).

El mundo del hombre participa también de su destino eterno. No es como el andamiaje que se abandona al terminar una obra, sino más bien como los materiales que se integran en la construcción de la casa. Todos los bienes que Dios ha creado para el hombre y todo lo que hay de bueno en la misma obra humana está llamado a integrarse en la realidad del Reino consumado.

viernes, 10 de abril de 2015

El amor que vence a la muerte (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [3/8]

La sabiduría humana conoce la fuerza formidable del amor, equiparable a la de la misma muerte. En lo más profundo de la vi­vencia amorosa puede percibirse un deseo latente de inmortalidad, que G. Marcel ha expresado con frase lapidaria: «Amar a una persona significa decirle: tú no morirás». Esta profunda aspiración del corazón humano alcanza su plena verdad y consistencia en el amor divino. La revelación nos permi­te descubrir cómo el amor de Dios hacia el hombre crea una relación capaz de resistir a la erosión del tiempo y a la voracidad de la muerte.

La fe en la resurrección se apoya preci­samente sobre el convencimiento de que el vínculo que une al hombre con Dios es más poderoso que las garras de la muerte. Diri­giéndose a la multitud congregada el día de Pentecostés, Pedro explica cómo Dios ha re­sucitado a Jesús, pues no podía quedar bajo el dominio de la muerte; en efecto, según el testimonio de la Escritura, Dios no abandona el alma de su siervo en el Hades ni permite que su santo experimente la corrupción (cf. Hch 2,24-32). Esta misma convicción va a alcanzar en Pablo una expresión apasiona­da, casi desafiante: «Ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presen­te ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,38s).

Quien vive en comunión con Dios puede desafiar la muerte, porque tiene ya la vida eterna (cf. Jn 5,24). Pero la comunión con Dios se expresa y verifica en el amor a los hermanos: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (Un 3,14). El grano de trigo, si muere, da mucho fruto (cf. Jn 12,24). Una vida entregada por amor no puede quedar encerrada en el sepulcro; lleva en sí un ger­men de inmortalidad, porque «el amor no acaba nunca» (1 Cor 13,8).

Esta fuerza de amor que vence a la muerte tiene en la revelación cristiana un nombre personal: es el Espíritu Santo. «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Como en la primera creación, el Espíritu de Dios es el principio activo de la vi­da nueva y definitiva (cf. Sal 104, 30; Ez 37,6; Jn 3,5s). Su presencia actual en el cristiano es prenda y primicia de la resurrec­ción futura: «Si el Espíritu de Aquel que resu­citó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11).

Si de verdad le quiere, que le salve (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [2/8]

Lo dicho se aplica también, con la mayor fuerza posible, al martirio de Jesús de Nazaret. A lo largo de su vida, Jesús mostró una confianza ilimitada en Dios, proclamando su amor misericordioso y providente hacia todas las criaturas. Aunque enseñaba a sus discípulos a invocarlo como Padre y a tratarlo con filial confianza, esta actitud alcanzó en él una intensidad única, totalmente característica (cf. Mt 6,9; 7,21; 11,25-27...).

Sin embargo, la relación que unía a Jesús con el Padre queda en entredicho en el momento de su muerte. El grito desgarrador de la cruz («¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»), parece dar la razón a quienes, en son de burla, le provocaban diciendo: «Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere» (Mt 27,43.46). Para los acusadores de Jesús, el silencio de Dios era la desautorización más rotunda, no sólo de su enseñanza, sino de toda su vida. Así quedaba definitivamente demostrado que era un embaucador y un blasfemo (cf. Mt 26,63-66). En cambio, para quienes conocen su verdad y creen en su inocencia, es Dios mismo quien está en causa.

El silencio, la aparente pasividad de Dios ante la muerte de Jesús se rompe «al tercer día». La resurrección de Jesús de entre los muertos y su constitución como «Hijo de Dios con poder», vienen a confirmar la verdad de su pretensión y de su causa. Ya no hay duda de que Dios es verdaderamente su Padre y le quiere, de que está con él y no con sus verdugos, aunque ostenten la máxima autoridad religiosa y política.

La resurrección de Jesús subvierte el orden establecido y desmiente sus falsas apariencias. A través de vigorosas antítesis, los primeros testigos de la Pascua muestran cómo la intervención de Dios ha desautorizado a los poderes constituidos, responsables de la crucifixión de Jesús (cf. Hch 2,22-24). En el fondo, es todo el antiguo régimen de mediciones (Sacerdocio, Ley, Templo...) el que, condenando a Jesús, había firmado su propia sentencia de muerte (cf. Mc 15,38).

La revelación de Dios culmina así de una manera inesperada, aunque coherente con sus manifestaciones anteriores. En el Antiguo Testamento, Yahvé se había identificado por su acción liberadora: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud» (Ex 20,2). Pero seguía actuando el miedo a la muerte, que hace esclavos a los hombres. A partir de ahora el Dios liberador adquiere un nuevo apelativo: «el que resucitó a Jesús de entre los muertos» (cf. Rom 4,24; 8,11). Vencido el miedo a la muerte, la libertad más radical se hace posible: la libertad de sí mismo, que permite dar la vida por el otro, siguiendo el ejemplo del Maestro (Jn 13,14.34).

jueves, 9 de abril de 2015

El Dios que hace lo imposible (Resurreción)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [1/8]

Lo imposible para el hombre puede estar al alcance de Dios, llamado omnipotente. En la realidad concreta no es siempre así, porque el poder de Dios tiene sus propios límites, trazados por su amor y por nuestra libertad. Pero, en este caso, podemos confiar en el poder resucitador de Dios; más aún, debemos hacerlo, con toda la seguridad que nos ofrece la revelación cristiana.


Cuando Jesús responde a los saduceos que «Dios no es un Dios de muertos, sino de vi­vos» (cf. Me 12,18-27), esta afirmación re­presenta el punto culminante de un largo pro­ceso, en el que ha ido madurando la fe de su pueblo. Para Israel, la esperanza en la resu­rrección fue el resultado de llevar hasta sus últimas consecuencias la fe en Yahvé como Dios de la creación y de la alianza. Ante la muerte de sus amigos, ese Dios no podía que­dar impotente o impasible. Y mucho menos si se trataba de un martirio padecido por su causa, por fidelidad a la Ley y a la Alianza, como en el caso de los Macabeos (cf. 2 Mac 7).

La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa


José M. Hernández


La Resurrección de Jesús es fruto de la profunda relación de amor entre Jesús y su Padre. Ese amor no podía ser quebrado por la muerte. Se convirtió en vida nueva, en plenitud de existencia. Nosotros, los cristianos, sabemos que quien vive en comunión con Dios puede desafiar la muerte, porque tenemos ya la promesa de la verdadera vida. La Resurrección de Jesús es anticipo de la nuestra.

El mensaje de la resurrección traspasa los limites de nuestra reali­dad inmediata. Se sitúa más allá de donde alcanzan nuestros senti­dos y desafía toda posibilidad de comprobación empírica. Más bien, la experiencia universal atestigua que, pasado el túnel de la muer­te, ya no hay camino de vuelta. Y si se habla de regreso, de personas que han superado una muerte clínica, en realidad es que no habían llegado hasta el fondo del túnel: se trata sólo de muerte aparente.

Así las cosas, una victoria definitiva sobre la muerte sólo puede ser objeto de fe, nunca de evidencia. Pero cuando esta fe no es pura abstracción, ella misma se convierte en moti­vo de esperanza. Así, desde la fe podemos vivenciar ya la futura resurrección con gozo profundo y sereno: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,29).

Una fe como ésta, que desafía toda evi­dencia, no es propia de espíritus conformis­tas, satisfechos e indolentes. Quien cree en la resurrección no puede resignarse ante las os­curas fuerzas de la naturaleza, tantas veces triunfadora sobre el hombre, ni menos aún doblegarse a las supuestas leyes del progre­so o del mercado, encubridoras a menudo de la ley del más fuerte. Solidaria con todas las víctimas de la historia, esta fe tiene hambre y sed de justicia. Hermana de la revolución y la utopía, se atreve a pedir lo imposible.

Ofrecemos, a continuación, el índice de los enlaces que desarrollan el artículo y que nosotros los hemos dividido en varias entradas del blog, para ofrecer una reflexión pausada y dilatada, en el tiempo pascual, sobre la resurrección de Jesús:

jueves, 2 de abril de 2015

Jueves santo, el amor que da sentido a la vida

Vicente Altaba
Delegado Episcopal de Cáritas Española
Artículo publicado en Diario de Teruel el 2/04/2015

Resulta sorprendente que un sacramento tan importante para la vida cristiana, como la Eucaristía, haya perdido para muchos todo significado y contenido. Pero así parece ser. Para muchos, que incluso se confiesan cristianos, la Eucaristía quedó relegada a recuerdos de infancia que poco tienen que ver con la vida del día a día y menos con algo tan trascendente como el sentido de la vida. Y si es así, no resulta arriesgado aventurar  que no hemos entrado en el “misterio” que entraña el don que se nos ofrece en Jueves Santo, pues en la Eucaristía, cuya memoria  celebramos este día, se expresa y significa el sentido más hondo de la vida.

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), dice la Escritura al hablar de la Eucaristía. Y dice bien, pues podemos mirarla  y descubrir en ella lo que es capaz de hacer el amor llevado hasta el extremo.

El amor tiene vocación de ser y hacerse presencia. Quien ama quiere estar con la persona amada. Quien ama dice y repite mil veces: “estoy contigo”, “te acompañaré siempre”, “jamás te abandonaré”, “no quiero separarme de ti”, “siempre estaremos unidos”, “nada ni nadie podrá separarnos”. Es lo que hace Jesús la noche del jueves santo. Quiere estar siempre con los suyos, con nosotros, los humanos, y se inventa este gran signo de su presencia permanente entre nosotros al tomar pan y vino en sus manos y decir: “Esto es mi cuerpo”, “esta es mi sangre”. Aquí estoy y estaré siempre con vosotros.

Por otra parte, quien ha descubierto el amor ya no vive centrado en sí mismo, sino en la persona amada. Y lo que nos ofrece Jesús hoy es el gran signo de un amor hecho vida descentrada, vida que no se vive sólo desde sí mismo y para sí mismo. Su vida,  que fue toda una pro-existencia, un vivir desde los otros y en favor de los otros, llega a plenitud cuando tomando el pan y el cáliz lleno de vino se identifica con ellos y dice a los discípulos, como relatan los sinópticos: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo entregado”; “tomad y bebed, esta es mi sangre derramada”. Y todo “por vosotros” (Cf Mt 26,26-29).

La Eucaristía es el sacramento de la vida entregada. De la vida entregada de Jesús y de la vida entregada  con Jesús de los que nos unimos a él al recibirla. Una vida que nos descentra, que rompe nuestra autorreferencialidad y hace de nuestra vida una vida para los demás. Con razón dice Benedicto XVI que participar en la Eucaristía es “participar en el acto oblativo de Jesús”, es decir, hacer de nuestra vida una vida ofrecida y entregada con Jesús en favor de los otros.

Tanto nos abre a los hermanos la Eucaristía que el evangelista Juan en lugar del relato de la institución nos trae el relato del lavatorio de los pies donde el Jesús que nos entrega su cuerpo y su sangre es el que se pone a los pies de los hermanos dispuesto a lavarles los pies en la más humilde actitud de servicio (Cf Jn13,1-20). Así la Eucaristía es el sacramento de la vida hecha servicio. 

Benedicto XVI dirá que una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor “es fragmentaria en sí misma”. Y el apóstol Pablo, al tomar conciencia de esas celebraciones eucarísticas en las que unos se hartan de comer y de beber mientras otros no tienen qué llevarse a la boca o pasan hambre y sed, dirá con toda crudeza que eso no es celebrar la cena del Señor y que esas celebraciones son escandalosas.

Cuando esto se descubre, la Eucaristía es el mejor antídoto contra la autorreferencialidad que nos encierra en nosotros mismos, contra el individualismo egoísta y “la indiferencia generalizada” que tantas veces denuncia Francisco como uno de los mayores males de nuestro tiempo. 

Celebrar el Jueves Santo es celebrar con Jesús que la vida de los otros, en especial de los que sufren, nos afecta. Y nos afecta tanto que con Jesús queremos ser para ellos vida entregada, aunque nos cueste sangre, y vida puesta a sus pies en el servicio a su dignidad, a sus derechos, a su desarrollo humano, social y espiritual.

lunes, 16 de febrero de 2015

Nuestras fantasías


Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano)
fuente: ciudadredonda

Una buena parte de nuestras vidas se satisface fantaseando, aunque, ciertamente, pocos de nosotros admitimos eso, e incluso menos de nosotros confesarían los contenidos de esas fantasías. Nos avergüenza admitir cuánto nos evadimos a la fantasía, y nos avergüenza más revelar el contenido de esas fantasías. Pero, tanto si lo admitimos como si no, todos somos soñadores patológicos; aunque esto no es necesariamente una patología. Nuestros corazones y mentes, crónicamente frustrados por los límites de nuestras vidas, buscan de manera natural el solaz y la ensoñación. Es casi una tentación irresistible. En verdad, cuanto más sensible eres, quizás más fuerte será tu propensión a fugarte a los sueños. La sensibilidad provoca inquietud, y la inquietud no encuentra fácil sosiego en la vida ordinaria. De ahí que se dé esta huída a un mundo de fantasía.

¿Y qué decir de los contenidos de esos sueños?

Tendemos a tener dos clases de sueños. Los de la primera clase son desencadenados sobretodo por los males inmediatos y las tentaciones de nuestras vidas; por ejemplo, un daño o enfado  persistente  te tiene fantaseando sobre la manera de vengarte, y agotas las energías una y otra vez con varias  escenas de represalias en tu mente. O bien, una obsesión emocional o sexual te tiene fantaseando sobre diversas modos de consumación.

La otra clase de sueño al que nos fugamos no está tan desencadenada por los males y obsesiones del momento presente, pero tiene su raíz en algo más profundo, algo expresado clásicamente por san Agustín en las primeras líneas de su libro “Confesiones” (una clave hermenéutica para su vida y la nuestra): “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti”. Simplemente dicho, estamos sobrecargados en lo tocante a nuestras vidas, dados infinitos espíritus e infinitos apetitos, y puestos en este mundo donde todo es finito. Esa es una razón de la insatisfacción crónica. ¿Cuál es nuestro escape? Los sueños.

Sin embargo, los sueños de esta segunda clase son algún tanto diferentes de los primeros. No están tan centrados en las cercanas iras y tentaciones de nuestras vidas, sino más bien son las habituales vidas imaginarias que tenemos interiormente adaptadas a nosotros, vidas de fantasía que colocamos una y otra vez en nuestras mentes como podríamos proyectar y volver a proyectar una película favorita. Pero hay algo interesante e importante que notar aquí. En estos sueños, nosotros nunca somos mezquinos o pequeños; más bien somos nobles y grandes, el generoso héroe o heroína, de gran corazón, inmune a los fallos, inspirando  el respeto perfecto y practicando el amor perfecto. En estos sueños, de hecho, intuimos la visión de Isaías donde prevé un mundo perfecto: el cordero y el lobo yaciendo juntos, el enfermo siendo curado, el hambriento siendo alimentado, toda inquietud siendo traída a calma y Dios mismo secando toda lágrima. Isaías también se imaginaba la consumación perfecta. Su fantasía era una profecía. En nuestras fantasías terrenas quizá nosotros no profeticemos, pero sí intuimos el Reino de Dios.

Dicho esto, aún necesitamos preguntarnos: ¿En qué grado es bueno o malo evadirnos a nuestros sueños?

A cierto nivel, los sueños no son precisamente inocuos, pero pueden ser una forma positiva de relajación y una manera de estabilización en las frustraciones de nuestras vidas. Volver a sentarte en un cómodo sillón y ponerte a soñar despierto puede ser poco diferente de sentarte de nuevo y volver a tu pieza de música favorita. Puede ser un escape que ponga al margen las frustraciones de tu vida.

Pero hay una potencial desventaja en esto: ya que en nuestros sueños nosotros somos siempre el héroe o la heroína y el centro de atención y admiración, nuestros sueños fácilmente pueden alimentar nuestro natural narcisismo. Como somos el centro de todo en nuestros sueños,  fácilmente podemos llegar a estar sobre-frustrados con un mundo en el cual no somos ni mucho menos el centro de algo. Y hay más: Etty Hillesum, reflejándose en su propia experiencia, sugiere otra consecuencia negativa derivada de la habitual fuga a este mundo de nuestros sueños. Afirma que, por hacernos el centro del universo en nuestros sueños, con frecuencia acabamos no pudiendo dar a algo o alguien una simple mirada de admiración. Más bien -con duras palabras suyas- en nuestros sueños admitimos lo que deberíamos estar admirando y, en cambio, nos masturbamos con ello. Por esta razón, entre otras, los sueños bloquean nuestra atención, de vivir el momento presente. Cuando todos nosotros estamos envueltos en la fantasía, es duro ver lo que está delante de nosotros.

Bueno, ¿a dónde deberíamos ir con todo esto? Dado lo bueno y lo malo de nuestros sueños y dada nuestra casi incurable propensión a escaparnos dentro de nuestra fantasía, necesitamos ser pacientes con nosotros mismos. Henri Nouwen sugiere que la lucha por volver nuestras fantasías en oraciones es una de las grandes luchas congénitas de nuestras vidas espirituales. Pierre Teilhard de Chardin cuenta en sus diarios que, cuando era joven, luchó mucho con la fantasía; pero, así que se hizo mayor, fue  más y más capaz de mantenerse en el presente momento sin la necesidad de huir a los sueños. Esa es la tarea que necesitamos para situarnos ante nosotros mismos.

sábado, 24 de enero de 2015

Trescientos noventa



El próximo día 25 de enero, el pequeño grupo de misioneros que logró reunir San Vicente, cumple 390 años de andadura evangelizando a los pobres por todos los rincones de la tierra, hasta por los impensables e imposibles, como Madagascar, mientras el mismo Vicente dirigía la compañía.

Así pues, padres y hermanos míos, nuestro lote son los pobres, los pobres: Pauperibus evangelizare misit me. ¡Qué dicha, padres, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra, y mediante lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo! ¡Continuar la obra de Dios, que huía de las ciudades y se iba al campo en busca de los pobres! En eso es en lo que nos ocupan nuestras reglas: ayudar a los pobres, nuestros amos y señores. ¡Oh pobres pero benditas reglas de la Misión, que nos comprometen a servirles, excluyendo a las ciudades!  Se trata de algo inaudito. Y serán bienaventurados los que las observen, ya que conformarán toda su vida y todas sus acciones con las del Hijo de Dios. ¡Dios mío, qué motivos tiene la compañía en esto para observar bien las reglas: hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer al mundo!: Que haya una compañía, y que ésta sea la de la Misión, compuesta de pobres gentes, hecha especialmente para eso, yendo de acá para allá por las aldeas y villorrios, dejando las ciudades, como nunca se había hecho, yendo a anunciar el evangelio solamente a los pobres!  (SVP, XI, 324).

Ser vicenciano es una manera especial de vivir la vida, una forma específica de entender la historia, de soñar un destino para la humanidad y para el mundo que nos acoge, en concreto, amparados en la imagen que San Vicente recogió de Jesús haciéndola modelo e ideal de seguimiento.

San Vicente, como nosotros, tuvo que vérselas con las ideas de Jesús que manejaban sus contemporáneos y en un esfuerzo personal y original miró el evangelio y la realidad. De la Palabra se quedó con el Cristo que presenta Lucas en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 16-21) y la cristología descendente-ascendente de Pablo (Fil 2, 6-7); de la realidad recogió el mundo dolorido por la presencia escandalosa de la división entre ricos y pobres.

Desde esta doble experiencia respondió al interrogante que lanza Jesús a todo el que lo encuentra, a cada hombre y en cualquier época: Y vosotros, ¿quién decís que soy?. San Vicente contesta:

 Jesús, tú eres adorador del Padre

Con esta expresión descubre san Vicente el primer rasgo de la fisonomía del Cristo vicenciano: Jesús se encarna en la historia por voluntad del Padre y con la fuerza del Espíritu cumple la misión para la que fue enviado. Esto convierte a Jesús en adorador perfecto.

Nada del plan de salvación de Dios sobre los hombres tendría sentido sin el amor y este lo pone Jesús ¡Que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios Padre! (SVP IX, 38). Esto le convierte en modelo de amor a Dios y a los hombres.

Ser adorador del Padre significa para san Vicente que Jesús fue un fiel cumplidor de la voluntad de Dios (Cf. SVP IX, 468; XI, 79; IX, 168, 492, 734) y que su ser entero es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarle dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre para admirarlas y ensalzarlas incesantemente (SVP XI, 411).

Jesús, tú eres uno de nosotros
Para san Vicente el segundo rasgo de Jesús es su anonadamiento, su decisión de hacerse uno de tantos, a pesar de su condición divina: El Salvador se encarna por amor al Padre y a los hombres; Salvador mío, cuán grande es el amor que tenías a tu Padre. ¿Podía acaso tener un  amor más grande, hermanos míos, que anonadándose por él?" (SVP XI, 411).

El hecho de la encarnación introduce al Hijo en nuestra propia vida, en todo igual a nosotros menos en el pecado. Pero en Jesús, el ser hombre lo lleva hasta los límites de la integridad. Él es el hombre libre e íntegro, el hombre total, por lo que Nuestro Señor Jesucristo es el verdadero modelo y el cuadro invisible sobre el cual hemos de ir plasmando nuestras acciones (SVP XI, 129).

Si para nosotros la libertad es un don preciado, en Jesús se convierte en la nota característica de su actuar, pero llevada a extremos imposibles como la propia muerte aceptada como consecuencia de su misión y de la misma decisión de anonadarse.

Jesús, tú eres servidor de los hombres
El texto preferido por san Vicente, en el que Jesús hace de la opción por los pobre el distintivo de su misión, se encuentra en el Evangelio de Lucas: El espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los Pobres la buena noticia, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19).

Lo original en la experiencia de Dios de san Vicente se encuentra en que la realización de la voluntad de Dios, por parte de Jesús, se identifica con la evangelización de los pobres. Para este cristiano profundamente evangélico, Cristo, en su misión de evangelizador de los Pobres, cristaliza el sentido de su pertenencia y entrega al Padre, de su amor compasivo y tierno a los hombres. 

El hijo de Dios vino a este mundo para evangelizar a los Pobres (SVP XI, 34); esta convicción está tan profundamente arraigada en el pensamiento y en la vida de san Vicente de Paúl que aparece con frecuencia en su correspondencia y en sus escritos (Cf. SVP XI, 56; 209; 323; 384; 295; 639; 725). 

El contenido y la obligada concreción de estos textos vicencianos suponen trabajar, a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente (SVP XI, 733), por la creación de un mundo fraternal donde se haga sitio a aquellos a los que la sociedad margina y excluye de su seno para manifestar a toda la humanidad la gran caridad de nuestro Señor para con los pobres.

La identificación de Cristo con los pobres

La imagen que el mismo Jesús ofrece de sí en los evangelios dista poco de la que ofrece San Vicente. Entonces, qué novedad introduce el vicencianismo en el ser cristiano. La respuesta está en la originalidad de un descubrimiento impensable en el siglo XVII: Los pobres tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, que considera los servicios que se les hacen como hechos a él mismo (SVP IX, 74; cf. IX, 302).

De Dios tenemos un testimonio y una imagen en Jesús; y de él tenemos también su imagen, pues está presente, como si de un sacramento se tratase, en los desposeídos, en los necesitados, en los pobres.

Al servir a los pobres se sirve a Jesucristo... Servís a Cristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios... Hijas mías, ¡cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontraréis a Dios (SVP IX, 240)

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo (Mateo 13, 44) ... Trecientos noventa años después, ¿qué ha hecho la pequeña compañía con el tesoro que descubrió San Vicente, el que nos mostró a todos los vicencianos y que se condensa en la inequívoca identificación de Cristo con los hombre y mujeres, especialmente con los más pequeños y vulnerables? 

Felipe Manuel Nieto Fernández