Parroquia La Milagrosa (Ávila)
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miércoles, 23 de diciembre de 2015

¿Te atreverías tú a hacer un canto al Señor por la Alianza que mantiene con la humanidad? (Jueves, IV Adviento)


Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16
Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia
Salmo: 68
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor
Lucas 1, 67-79
Nos visitará el Sol que nace de lo alto 

Los que, incluso en plena noche, vemos nuestras casas, y aun nuestras calles, inundadas de luz artificial tenemos bastante olvidada la belleza de la luz natural, la luz del amanecer que disipa suavemente las tinieblas, y la luz cegadora del mediodía. Todo esto es obra del sol que nos visita cada día. 

Pues bien, así es la venida del Hijo de Dios. Las tinieblas de esta próxima noche se disiparán ante la discreta luz del Niño que va a nacer en Belén. Luz suave como un niño recién nacido incapaz de deslumbrar: sólo pide y desea que abramos los ojos para que dejemos de vivir en las tinieblas de la tristeza, la desesperanza o el egoísmo. Yo soy la luz del mundo, nos dirá un día este Niño pequeño.

Y Zacarías -anteayer fue María- le canta a Dios un cántico de alabanza, el sol que nace de lo alto que nos visita cada día  ¿Te atreverías tú a hacer un canto al Señor por la Alianza que mantiene con la humanidad? Para no ser ingenuos, no habrá que esconder las sombras, las dificultades, los conflictos… Y para no ser incrédulos, habrá que resaltar la gran cadena de hombres y mujeres que, dejando a Dios ser Dios en su vida, han sacado lo mejor de sí y han extendido su luz en nuestro mundo. Su misericordia. Algunos pueden ser muy cercanos a ti. ¿Eres capaz de ponerles nombre?

Es bueno que tal canto termine en esperanza, como el cántico de Zacarías: “nos visitará el sol que nace de lo alto…”. Dios sigue siendo contemporáneo a cada generación. Y cada generación sigue siendo llamada a preparar sus caminos. A los creyentes nos toca vivir esa Alianza y despejar los obstáculos, para que otros la puedan vivir. ¿Te apuntas a esta bella misión? Un hermoso deseo, a las puertas de la Navidad.

Estamos llamados a hacer crecer las semillas de vida, de fe, de comunidad, de misión (Miércoles, IV Adviento)


Malaquías 3,1-4; 4,5-6
Mirad, yo envío rni mensajero para que prepare el camino ante mi.
Salmo: 24,4-5.8-10.14
Mirad y levantad la cabeza: se acerca vuestra redención.
Lucas 1,57-66
Isabel dio a luz un hijo. El Señor le había hecho una gran misericordia y la felicitaban.

¿Qué va a ser este niño? se preguntaban todos los que habían venido a felicitar a Isabel y Zacarías por el nacimiento de aquel hijo de una madre considerada estéril. Y ahora el niño recibe un nombre en el que nadie había pensado (en aquella cultura, el nombre quería expresar la realidad de la persona). Con todos estos detalles, san Lucas va estableciendo un paralelo entre Juan y Jesús, y, en definitiva, entre todos los que, como nosotros los cristianos, hemos nacido bajo el signo de Jesús.

Todo el relato del nacimiento del Bautista nos está diciendo que Dios tiene un proyecto particular para cada uno de sus hijos, de una manera parecida a como tuvo un proyecto particular, muy particular, para su propio Hijo. Y ese proyecto tiene que reflejarse en el nombre que el niño -en este caso Juan- recibe en el momento de ser presentado a Dios. En nuestro caso, el nombre que cada uno recibimos en nuestro bautismo, más todavía que una elección humana, es un signo de la elección personal y del proyecto que Dios nos tenía reservado. Igualmente, nuestro nacimiento, como el de Jesús, estuvo marcado por una elección particular por parte de Dios.

Cada día, el Dios de la vida pone el mundo en nuestras manos. Como una nueva criatura. Y sería bueno que nos preguntásemos: “¿Qué llegará a ser este niño?”. Es verdad que hay un pasado que condiciona y un presente con sus limitaciones. Pero Dios es capaz de hacer nuevas todas las cosas. Apoyados en él, estamos llamados a hacer crecer las semillas de vida, de fe, de comunidad, de misión, que él ha sembrado en nosotros.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Vivir para cantar. Vivir para contarlo (Martes, IV Adviento)


I Samuel 1,24-28
El Señor me ha concedido lo que pedí 
Salmo: 1 Sm 2,1.4-8
Mi corazón se regocija por el Señor, Salvador
Lucas 1,46-56
El Poderoso ha hecho obras grandes por mí

Este cántico de María resume lo mejor de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Del Antiguo recoge casi las palabras mismas de la oración de Ana, la mujer estéril que llegó a ser madre del profeta Samuel, una oración que inspiraría la espiritualidad de los pobres de Yahvé, representantes de lo más genuino del pueblo de Israel. María también pertenece a este grupo de los pobres que atraen las miradas de Dios y se dejan llenar por las riquezas y las maravillas del Poderoso. 

La oración de María rezuma igualmente el espíritu de las Bienaventuranzas. La humilde María no puede reprimir este cántico de alegría. Ella es la primera en la que se cumple la promesa de felicidad que haría su hijo Jesús: Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Los soberbios y los poderosos -dice María- no conocen esta felicidad, se quedan con las manos vacías y el corazón insatisfecho. Son los mismos que no quisieron acercarse a Belén a adorar a aquel pobre Niño. Pidamos a María que nos ayude a entrar en la espiritualidad de los pobres de Yahvé y del Evangelio. 

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis: los caminos del servicio como de los éxodos son de ida y vuelta (Lunes, IV Adviento)


Cantar 2,8-14
¡La voz de mi Amado! Mirad: ya viene. 
Salmo: 32,2-3.11-12.20-21
Aclamad, justos, al Señor, cantadle un cántico nuevo.
Evangelio: Lucas 1,39-45
¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

María había respondido al anuncio del ángel: He aquí la esclava del Señor. Y hoy vemos a la esclava del Señor yendo de prisa a ponerse al servicio de su prima Isabel. Servir a Dios y servir al prójimo son una misma cosa. Treinta años más tarde el Hijo de Dios e Hijo de María repetiría una y otra vez esta misma lección, de palabra con hermosas parábolas, y sobre todo con obras, poniéndose incluso a lavar los pies de sus discípulos, que era un servicio que sólo se podía exigir de un esclavo. Jesús mostraría su amor al Padre haciéndose esclavo de sus hermanos. Y María igualmente demuestra que es la esclava del Señor poniéndose al servicio de su prima, de la persona que en aquel momento necesitaba sus servicios. 

Dichosa tú que has creído, le dice Isabel. Sin duda, la dicha se trasparentaba en el rostro de María. Una dicha que brotaba de dos fuentes: de su fe en la Palabra de Dios y del servicio mismo que estaba prestando. Porque la dicha se multiplica al compartirla en espíritu de servicio, muy lejos del egoísmo que nos lleva a encerramos en nuestra propia soledad. 

Las visitas de Dios son don y tarea. Desde la gratuidad, somos queridos y elegidos para una misión. Esa misión nos pone en camino hacia los demás. Y en ese camino, recibimos nuevos dones como María. Caminos de ida y de vuelta, que también tú puedes concretar en tu vida. ¿A quién puedes visitar en estos días? ¿Quién puede estar necesitando una visita? ¿Qué puedes recibir tú de las visitas de los demás?


domingo, 20 de diciembre de 2015

TX9 ( Dolores Aleixandre a propósito de adviento)


Os mamm t u tddwm mdd ggg sr acá bu. Esto que acaban de leer es la versión que ha aparecido en la pantalla de mi nuevo móvil en lugar de “Esta tarde hacemos compra” que es lo que yo quería escribir. Motivo: había pulsado sin querer la tecla TX9 que propone un “texto predictivo”. Acostumbrada como tantos de mi generación a tratar a mamporrros una Olivetti, no consigo adaptar mis dedos a estos teclados tan melindrosos y, como reincido en la equivocación una vez y otra, termino por aborrecer conjuntamente la tecla y su significado: qué agobiante es esto de un texto que decide por su cuenta, pienso enfadada; no hay derecho a que te impongan desde fuera lo que quieres decir o ser; a mí que no me asfixien con predicciones… 

En medio de estas divagaciones, aparecen las primeras bolas doradas navideñas, esas que a algunos les provocan depresión pero que en mí tienen un efecto balsámico: llega el Imprevisible, el Impredecible, el Improbable, el Anómalo, el Excéntrico, el Divergente, el Rarísimo. (Me encanta endosarle esos títulos que nunca aparecerán en los libros de teología). 

Nacido de mujer, nacido bajo la ley, con la TK9 gravitando también sobre él, dispuesta a sumergirle sin remedio en trayectorias de estancamiento y circularidad. Un mensajero poco aficionado a la innovación le había aplicado el texto predictivo correspondiente: “Será grande, Hijo del Altísimo, sentado en el trono de David, reinando por los siglos de los siglos…”, pero él se las arregló para escapar de la tecla y desde su nacimiento se sacudió augurios y predicciones: vaya grandeza rara mostrarse tan pequeño; qué poco pedigree davídico ser hijo de inmigrantes galileos; menudo trono de risa el de un pesebre y una cuadra; qué peste a estiércol en vez de a los olores mesiánicos homologados de mirra y áloe. 

Se había salido del guión establecido, le había cogido el gusto y las cosas fueron a más: - “Qué, María, ¿no se os casa el chico?”, preguntaban las vecinas, - “Con lo espabilado que es y lo majo, podría apuntarse a un master en Rabinato. Dicen que los que hacen el erasmus en Séforis salen casi todos colocados…” Y ella callada. Y él callado también, silbando la melodía del Siervo mientras aserraba tablones. Ni Salomón, ni David, ni Ezequías: le gustaba aquel personaje oscuro y silencioso, colgado de Dios, que aguantaba las cargas de otros, entregaba la vida y elegía siempre el último lugar. 

A la hora de independizarse, compartió intemperies con una panda de idealistasinfronteras.com. Carente del gen del cálculo, del instinto de auto conservación, del aferramiento a lo propio, tomaba opciones insólitas, arriesgaba rupturas, ensayaba lenguajes peculiares. A su lado la gente se sentía liberada del fatalismo de destinos que creían inexorables: un paralítico volvía a caminar; un ciego daba un salto desde su cuneta y entraba en la luz; una mujer encorvada se enderezaba; Zaqueo abría su casa a Jesús y su dinero dejaba de interesarle; el viejo Nicodemo nacía de nuevo. 

Los que pensaban que nunca podrían escapar de sus adicciones (dinero, poder, ira, desesperanza…), descubrían la belleza de una vida simple, la anchura de perdonar, la asombrosa libertad de servir gratuitamente, el ánimo para comenzar de nuevo. 

“La muerte no tiene ya dominio sobre él”, decía Pablo. ¡Ni la TX9 tampoco!, cantaron los ángeles en Belén inundando de resplandor aquella noche, amenazada como las de hoy por sombríos textos predictivos (), parecidísimos a esos en los que querríamos encerrar sin salida a políticos ineptos o a sinodales cerriles. 

Pero “desde las alturas” nos invitan a mantener pulsada otra tecla, la SQ, esa que inunda de alegría nuestra pantalla vital con la impredecible noticia de que Somos mente Queridos. 

Dolores Aleixandre

viernes, 18 de diciembre de 2015

Dios alumbra la vida allí donde solo hay esterilidad (Sábado, III Adviento)


Jueces 13,2-7.24-25a
La mujer de Manóaj, que era estéril, dio a luz un hijo y le llamó Sansón. El niño creció y el Señor le bendijo.
Salmo: 70,3-6.16-17
Llena estaba mí boca de tu alabanza y de tu gloria, todo el día.
Lucas 1,5-25
Gabriel anuncia el nacimiento de Juan Bautista 

Zacarías y su hijo Juan son los que aseguran la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por cierto, no sin alguna falta de fe ante esta nueva intervención de Dios, como frecuentemente sucede, esta vez por parte del sacerdote Zacarías. Hay continuidad entre los dos Testamentos porque el anuncio a Zacarías se produce en el mismo Templo de Jerusalén, que en aquella época era el corazón mismo del judaísmo. 

Pero mejor aún que su padre Zacarías, será Juan el que lleve a cabo la conexión entre las dos Alianzas. Primero, porque es él el nuevo Elías, es decir, el Precursor. Y, sobre todo, porque para llevar a cabo esta misión se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno. Si alguien merece el título de profeta, ése es Juan Bautista; porque, al estar lleno del Espíritu Santo, puede hablar en nombre de Dios para señalarentre los seres humanos al Hijo que Dios envía al mundo. Nosotros también hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro bautismo y confirmación para esta misma misión de anunciar al Salvador del mundo. Lo recordaremos de una manera especial en la próxima Navidad. 

Solo hay un modo en el que podríamos cambiar el mundo y hacerlo más habitable (Domingo, IV Adviento)


Miqueas 5,2-5a
De ti saldrá el jefe de Israel.
Salmo: 79,2-3.15-16.18-19
Oh Dios, restaúranos, que brille tu rostro y nos salve.
Hebreos 10,5-10
Aquí estoy, para hacer tu voluntad.
Lucas 1,39-45
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 


El don de la maternidad no tiene sexo y es consustancial a todas las criaturas en todo espacio y tiempo.

Cuando Dios se encarna ser humano -y se ha encarnado siempre en todos los seres-, la encarnación es alma que lo anima todo. Es, como dice Arregi: “la dinamys que late en la realidad. Es la presencia operativa, creadora, transformadora, que habita todo cuanto es, desde las partículas hasta las galaxias”.

Jesús lo remarcó en Jn 10, 10: ”Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. Para compartir gozo y alegría, como compartieron María e Isabel, embarazadas ambas. Dar a luz es dar luz; es inspirar e iluminar: “La religiones mueren cuando fallan sus luces”, escribió el gran teólogo alemán W. Pannenberg (1928-2014).

Uno de los grandes poetas sufíes de la tradición mística musulmana, Rûmî (1207-1273), escribió con enorme hondura mística y apertura ecuménica esta frase:

“Nuestro país debe ser la tierra de oportunidad ilimitada para todos. Nuestro cuerpo es semejante a María: cada uno tiene un Jesús en su interior, pero éste no puede nacer hasta que los dolores de parto no se manifiesten en nosotros”.

Célibe o casado, embarazada o virgen, todos han concebido en un “hágase en mí” gozoso. Un “fiat” que es un peregrinar al templo de nuestro propio ser, a nuestro centro. Y es una invitación a salir luego de nuestro vientre personal, a implicarse en los problemas de los otros y ayudarles a que también ellos puedan acudir cuanto antes al paritorio.

Toda maternidad es don y donación. No se puede engendrar sin parir luego. La Naturaleza, al menos, lo consideraría una traición. Es como impedir que la vida personal siga cumpliendo su mandato espiritual. La decisión de tener un hijo, decía Elizabet Stone, nadadora paralímpica, es trascendental. Se trata de decidir que tu corazón caminará siempre fuera de tu cuerpo”.

El hijo al que canta Gabriela Mistral en su Canción de madre, le reclama ese derecho:

“Los ojitos que me diste / me los tengo de gastar / en seguirte por los valles / por el cielo y por el mar...” 

Únicamente de este modo podremos cambiar el mundo y hacerlo más habitable. En la película Los mejores años de nuestra vida (Usa 1946), decía el director, señor Milton al Consejo de Administración: “Nuestro país debe ser la tierra de oportunidad ilimitada para todos”. ¿Lo decía pensando en la maternidad donante y generosa de la Madre Tierra?

Y para cambiarnos a nosotros, el doctor japonés Hiromi Shinya, ha descubierto unas enzimas-madre multifuncionales que permiten al organismo corporal autocurarse. En su reciente obra La enzima prodigiosa expone la revolucionaria forma en que nuestra Madre Cuerpo Humano nos ayuda a mantenernos fisiológicamente también sanos.


El mundo gime bajo la opresión de la injusticia que ahoga a los pobres (Viernes, III Adviento)




Jeremías 23,5-8
Suscitaré a David un vastago legítimo. En sus días se salvará Judá. Israel ha¬bitará seguro.
Salmo: 71,2.12-13. 18-19
Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.
Mateo 1,18-24
Jesús nacerá de María, esposa de José, que es hijo de David 


Durante estos días, la Palabra de Dios nos va presentando los diversos personajes del Belén. Hoy le toca a José. El hombre que ante una situación que le contraría, por amor a María no la juzga y le excusa la intención. Ante la voz de Dios, escucha sin cerrarse a lo que le pueda decir. Y actúa, aunque no comprenda del todo, dando nombre a Jesús.

Mateo nos presenta a José como una Anunciación. Su evangelio está dirigido a comunidades de origen judío, en las que el padre tiene un papel primordial en la aceptación social del hijo. Él recibe el encargo de ponerle este nombre al Niño (atribución del padre que significaba que lo recibía en su familia y lo reconocía como hijo suyo), nada menos que Jesús (Dios Salva). 


José había sufrido terribles zozobras (No tengas reparo, le dice el ángel), hasta llegar a la decisión del repudio. Porque la madre de Jesús estaba desposada con José. La relación que existía entre María y José implicaba un compromiso matrimonial estable. La ley de Moisés consideraba la infidelidad de la prometida una ofensa semejante a la infidelidad de la esposa. Pero José era un hombre justo, es decir, deseoso de conocer y cumplir la voluntad de Dios. El ángel se la reveló. Y su obediencia es presentada aquí como modelo de justicia para todo cristiano. 

El mundo gime bajo la opresión de la injusticia que ahoga a los pobres bajo los píes de los poderosos. ¿Escuchamos su clamor? Dios cuenta con nosotros para seguir siendo liberación aquí y ahora. ¿Estamos dispuestos? Miremos a lo más hondo y descubriremos la llamada a ser y construir humanidad, a ser «Dios con nosotros».

jueves, 17 de diciembre de 2015

Hijos de la historia (Jueves, III Adviento)



Génesis 49,2.8-10
Jacob dijo a sus hijos; «no se apartará de Judá el cetro, hasta que venga el que ha de venir».
Salmo: 71,2-4.7-8.17
Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.
Mateo 1,1-17
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán

A través de esta genealogía de Jesús, san Mateo muestra ya la grandeza del personaje al que va a dedicar su evangelio. Al presentarle como hijo de David e hijo de Abrahán, el evangelista nos anuncia que en Jesucristo se van a realizar las grandes promesas que Dios hizo a estos dos antepasados del pueblo de Dios. Multiplicaré tu descendencia más que las estrellas del cielo, había prometido Dios a Abrahán.

A David Dios le había prometido un trono estable a través de un descendiente suyo: se trataba del reino de Dios que Jesús, el Hijo de Dios, inauguraría al nacer en el seno de nuestra familia humana, y que sigue su andadura en medio de alegrías y contradicciones como las que experimentó el mismo Jesús; y que, como el mismo Jesús, todavía aguarda su plena manifestación. 

En esta octava previa a la Navidad, pidámosle al Señor re-nacer en Él y con Él. Que el muestre nuestro camino al que no lo tenga claro: ¿qué puedes hacer yo en esa historia de la humanidad? Muéstranoslo como a María, la mujer que le dijo al Señor: “Hágase en mí, según tu Palabra”… y que, en su camino, permaneció hasta el pie de la Cruz.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ya no tenemos que esperar a otro (Miercoles, III Adviento)


Isaías 45,6b-8.18.21b-26
No hay otro Dios fuera de mí.
Salmo: 84,9-14
Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria.
Lucas 7,19-23
¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? 

Esta pregunta que Juan Bautista dirigió a Jesús es la gran pregunta del Adviento, la pregunta que tenemos que hacernos todos los que nos decimos cristianos: ¿Yo a quién espero de verdad? ¿A qué carta quiero jugarme la vida? ¿Apuesto por el programa de Jesús o me apunto a otros programas? 

Porque la respuesta que Jesús envía al Bautista es su propio programa en favor nuestro, un programa que Jesús ya ha comenzado a poner en práctica: Los ciegos ven, los inválidos andan, los muertos resucitan. Jesús no se refiere solamente a sus milagros, a propósito de los cuales Él no quería que se hiciera mucho ruido. Aquellos milagros eran sólo un signo de lo que Jesús desea hacer con cada uno de nosotros: curar nuestra ceguera para que podamos ver con claridad el camino de nuestra vida; darnos fuerzas cuando estamos paralizados por el miedo, por el rencor o la comodidad; comunicar una nueva vida a los que se han convertido en verdaderos cadáveres ambulantes. Jesús es el único que puede hacer todo esto. Por eso le esperamos a Él y a ningún otro. 

martes, 15 de diciembre de 2015

“Decir” y “hacer” están llamadas a ir de la mano, pero muchas veces se dan la espalda (Martes, III Adviento)


Sofonías 3,1-2.9-13
Dejaré en medio de ti un pueblo que confiará en el nombre del Señor.
Salmo: 33,2-3.6-7.17-19.23
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
Mateo 21,28-32
Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña.

¿Qué os parece? es la primera pregunta de Jesús acerca de los dos hijos de la parábola. Parece que los dos faltaron a su padre. El primero le faltó al respeto (para la mentalidad de aquella época ésta era la falta más grave). El segundo contestó muy educadamente, pero no hizo lo que su padre quería. En la práctica, ¿cómo contestamos cada uno a esta pregunta de Jesús? Depende de a qué demos más importancia. Si valoramos sobre todo las buenas maneras y el respeto de las tradiciones, condenaremos al que dijo no quiero y tal vez no tengamos nada que decir contra el que respondió voy, Señor, pero no fue. Por eso Jesús añadió al final una segunda pregunta: ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?, que era lo que más interesaba a Jesús. 

Los publicanos y las prostitutas son alabados por Jesús no por su conducta pasada, sino porque ante el anuncio de Juan, creyeron en la posibilidad de la conversión. Lo contrario de los sacerdotes y ancianos del pueblo, que le decían “sí” a Dios, pero no le dejaban hacer ningún cambio en su vida. Como el segundo de los hijos.

“Decir” y “hacer” están llamadas a ir de la mano… y a eso se le llama coherencia. Una vida integrada. Todo un camino a recorrer, que comienza cuando reconocemos la distancia entre nuestro “decir” y nuestro “hacer”.

En el recién estrenado año de la misericordia, tenemos la oportunidad de ir recorriendo ese camino, volviendo a Dios en lo que cada uno necesitemos.

Y tú, ¿qué necesitas convertir en tu vida?

lunes, 14 de diciembre de 2015

Dios siempre ofrece más de una oportunidad (Lunes, III Adviento)




Números 24,2-7.15-17a
¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel!
Salmo: 24,4-9
Señor, enséñame tus caminos.
Mateo 21,23-27
El bautismo de Juan, ¿de dónde venía?


"No sabemos" es la respuesta cómoda de las autoridades judías. En realidad, es no responder. En este caso, era no responder a Dios, que se había acercado a ellos hasta hacerse su interlocutor, hablando su mismo lengua. Y, al no dar una respuesta a Dios, ellos mismos se excluyeron de lo que la relación con ese Dios tan cercano les habría podido aportar. Aquella conversación truncada supuso, para ellos, la mayor pérdida de su vida. Aunque también es verdad que Dios siempre ofrece más de una oportunidad.

Esta escena de la vida de Jesús nos revela cómo es nuestra relación con Dios. Dios no se nos impone por la fuerza. Nos sale al encuentro y nos ofrece la luz de su palabra, la fuerza de su presencia, su amor ... Y espera nuestra respuesta. Nosotros algunas veces o no contestamos o contestamos con fórmulas vacías, o nos imaginamos que un simple rito puede suplir la respuesta personal que Dios desea y necesita para poderse volcar en nosotros, porque Dios siempre respeta nuestra libertad. Con nuestra libertad y con todo nuestro ser es como podemos llegar a Dios y encontrar en él nuestra verdadera vida.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Que todos vean que creer y esperar en Dios es un regalo que merece la pena recibir y entregar (Domingo, III de Adviento)



Sofoflías 3,14-18a 
El Señor se alegrará en ti. 
Salmo: Is 12,2-6 
Gritad jubilosos: qué grande es en medio de ti el Santo de Israel. 
Filipenses 4,4-7 
El Señor está cerca. 
Lucas 3,10-18 
¿Qué hacernos nosotros? 

Tercer domingo de Adviento. Domingo de gaudete se decía antaño: domingo de alegría. Igual el sacerdote celebra hoy la eucaristía con casulla rosa. Ya estamos en puertas de la Navidad. Y sin embargo el que parece ser el asunto central del evangelio de hoy no nos ilumina en este sentido:

- ¿Y nosotros qué hacemos?

Una duda constante y que se repite idéntica desde que las personas tuvieron conciencia: ¿Y yo qué hago? 

No es una pregunta cualquiera. Ante toda circunstancia nos la estamos planteando, de continuo. ¿Qué hago con mi vida? ¿Qué hago con los problemas de mi familia? ¿Qué hago: voy o vengo? ¿Qué hago con mis errores? ¿Qué hago con el dolor que veo a mi lado? ¿Qué hago...? ¿Pongo o dejo? ¿Qué puedo hacer...? La duda es constante, y nos causa más desazón e intranquilidad que alegría.

Todos nos hacemos las mismas preguntas. Si se es una persona religiosa o se tiene conciencia de solidaridad la perspectiva se abrirá más amplia: ¿Qué hago con el sufrimiento ajeno? ¿Qué puedo hacer por los problemas del prójimo? ¿Qué hago por el pobre, por el triste, por el desamparado...?

Juan lo tiene claro y nos ofrece unas cuantas buenas respuestas: sé justo, sé compasivo, sé caritativo, pórtate con nobleza, no abuses de tu condición... Sin embargo tampoco encontramos alegría en esas respuestas, como mucho hallamos obligación y responsabilidad que podemos llevar de buen grado siendo conscientes de nuestro compromiso.

Pero, ¿donde está la alegría? Y es el mismo Juan quien nos lo está advirtiendo: Ojo, que yo os aviso y apelo a vuestra conciencia -nos insiste-, pero el que ha de venir os hará remover de vuestra comodidad. Con Espíritu y fuego. Al pronto casi suena terrible más que alegre, pero los cristianos ya conocemos la verdadera respuesta aunque nos resistamos a verla: alégrate porque Él ya está aquí, lo tenemos entre nosotros. Ha venido como el guerrero que reina en nosotros, la ciudad que tanto ama. No hemos de temer, nos conforta la profecía. Alegrémonos y que se nos note, nos exhorta Pablo. No hemos de preocuparnos.

-¿Y entonces, qué hacemos?, nos volvemos a preguntar. Pero en esta ocasión ya no nos agobia la pregunta ni tememos el compromiso de la respuesta. 


Nos lo ha contestado Pablo: Estad alegres en Cristo Jesús. Vivid en la alegría que da el fuego su amor. Poneos en sus manos, entregaos a Él y a su paz. Ya no hay que sufrir dudas, en el bautismo de su espíritu encontramos la alegría de la paz que nos conforta. Y es de aquí de donde ha de brotar la justicia, la compasión, la nobleza y la paz a la que nos llama Juan.


Adviento. Ya viene. Volvemos a conmemorar su venida. Nos disponemos a recibirlo. Lo sabemos con nosotros. Lo sentimos cerca. Lo tenemos cerca. Démonos a él y él se derramará en nosotros.

Preparemos nuestra alegría para celebrar la Navidad. Ya podemos pasear sin recelo entre los escaparates luminosos, rojos, dorados, al son de los villancicos sin tener remordimientos de ver tanto sufrimiento. Ya estamos más cerca de conocer la importancia y el poder que la alegría tiene en la vida del cristiano. 


La liturgia de hoy nos invita con fuerza a la alegría. Si somos conscientes de que Dios está en medio de cada uno, en medio de nuestro mundo, amándonos, gozando con nosotros; si somos conscientes de que la Buena Noticia se cumple aquí y ahora, viviremos la alegría que nace de la esperanza. Estamos llamados a vivir y a estar alegres, a contagiar esta alegría profunda en nuestra casa, trabajo, amistades, vecindario, ciudad..., en nuestro mundo. Que todos vean que creer y esperar en Dios es un regalo que merece la pena recibir y entregar. Que es, en definitiva, el gran regalo de la vida. 

¿Somos hoy capaces de descubrir a los profetas de nuestro tiempo? (Sábado, II Adviento)





Eclesiástico 48,1-4.9-11
Surgió Elías, un profeta como un fuego.
Salmo: 79,2-3.15-19
Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
Mateo 17,10-13
Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron.

¿Somos hoy capaces de descubrir a los profetas de nuestro tiempo? Escuchemos, miremos en nuestro mundo, en nuestra casa. Abrámonos a ese fuego presente en muchos hombres y mujeres que buscan quemar las estructuras de muerte y alentar las semillas de nueva vida.

Los que dentro de dos semanas vamos a reunimos en la cueva de Belén para celebrar el nacimiento de un niño llamado Jesús, lo haremos porque sabemos muy bien quién es ese Niño. El Niño de Belén es el mismo al que en su Transfiguración el Padre dirigirá aquellas palabras:  Éste es mi Hijo predilecto, escuchadle (la escena que recoge el evangelio de hoy tuvo lugar al bajar del monte después de la Transfiguración). Es el mismo al que más tarde anunciará el último y mayor de los profetas, san Juan Bautista, al que Jesús presenta como el profeta que precede inmediatamente al Mesías. Celebraremos el nacimiento del Niño de Belén porque sabemos que es el mismo que va a padecer a manos de ellos, como hoy lo anunciaba el Señor, el mismo que dará su vida por nosotros, para acompañar en la muerte a sus hermanos los seres humanos; y el mismo que resucitó para abrimos las puertas de la vida que no termina. Nuestra fe no empieza en Belén. Volvemos a Belén después de haber conocido a esa persona única que llamaron Jesús de Nazaret ya la que ahora confesamos como nuestro Salvador.