Parroquia La Milagrosa (Ávila)
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martes, 24 de marzo de 2015

Solidarizarse hasta en la muerte (Sábado de la 5ª Semana)


Jesús debía morir para reunir a los hijos de Dios dispersos
(Juan 11, 45-56)

Os conviene que uno muera por el pueblo, dijo el sumo sacerdote a sus colegas del Sanedrín. Como muchas veces en el cuarto evangelio, esta frase tiene un doble sentido. El primer sentido es crudamente político: os interesa que este hombre desaparezca para poder seguir nosotros aliados en el poder con los romanos. Sin embargo, desde el punto de vista de Dios, las palabras de Caifás revelan nada menos que el designio de la Trinidad de salvar a la humanidad entera. 

Pero ¿por qué motivo Jesús tiene que morir por el pueblo? No se trata de hacer pagar al único inocente los crímenes de toda la humanidad. Se trata de que el Hijo de Dios quiere solidarizarse en su muerte con todos y cada uno de los miembros de la familia humana, incluidos los más maltratados, de manera que nadie pueda decir con verdad que Dios no se interesa por su suerte; y que todos puedan tomar parte en la resurrección del Hijo de Dios. Éste es el gran misterio de la Pascua que pronto vamos a celebrar y que nos revela no sólo el amor de Jesús sino el de la Trinidad entera.

Seréis dioses (Viernes de la 5ª Semana)




Yo os digo: sois dioses
(Juan 10, 31-42)

No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios. Al responder a esta acusación, Jesús no niega que sus palabras suenan a blasfemia. Dicho con otras palabras, Jesús no rebaja la Buena Noticia que está anunciando y que consiste principalmente en que Dios se ha hecho visible, se ha hecho presente en medio de nosotros y como uno de nosotros.

Más aún: a esa increíble Buena Noticia que suena a blasfemia, Jesús añade otra Buena Noticia, que también puede sonar a blasfemia: Jesús hace suyo el anuncio del Antiguo Testamento que llama dioses a los simples mortales. Efectivamente, éste es el objetivo último de la misión de Jesús: hacer de sus hermanos y hermanas en la humanidad verdaderos dioses, es decir, hacer que compartan su divinidad. Por eso llamamos a Jesús nuestro Salvador: no simplemente porque nos libra de la muerte sino, ante todo y sobre todo, porque nos abre la posibilidad de compartir con el Padre, con Él mismo y con el Espíritu su vida y su felicidad infinitas. Por eso, nunca dejamos de dar gracias a Dios, nuestro Salvador.

Apenas estamos comenzando (Jueves de la 5ª Semana)



Os aseguro que antes que naciera Abrahán, yo soy 
(Juan 8,51-59)

¿Por quién te tienes? Aunque formulada con muy poco respeto, esta pregunta de los enemigos de Jesús es una pregunta absolutamente lógica. Jesús acababa de hacer una promesa que Dios solo puede hacer: Quien guarde mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre. A unos seres mortales, Jesús les promete nada menos que la victoria definitiva sobre la muerte. Así pues, o Jesús era realmente Dios en carne humana o era un simple farsante. Pero esta segunda posibilidad estaba totalmente excluida para todos los que le conocían, para quienes habían admirado tantas veces su bondad, su humildad, su respeto a la verdad, su autenticidad -como diríamos hoy-.

Sólo quedaba la otra posibilidad: Realmente, este hombre era Hijo de Dios, como confesará pocos días después el centurión que llevó a cabo, con sus soldados, la crucifixión de Jesús. Y para que quede del todo claro, Jesús les hace esta última revelación: Antes de que naciera Abrahán, yo soy. Yo soy el que soy fue el nombre que Dios había revelado a Moisés en el Sinaí. Jesús es el Dios eterno, dueño de la vida. Aunque pronto le veremos acompañándonos a nosotros en la muerte.

lunes, 23 de marzo de 2015

Desde las entrañas (Miércoles de la 5ª Semana)


Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra
(Lucas 1, 26-38)

La fiesta que hoy celebramos me resulta especialmente entrañable, es decir, pertenece a la misma entraña de nuestra fe y de nosotros mismos. Fiesta de la Anunciación del Señor a María. Fiesta de la Encarnación, prefiero decir yo. Podríamos hacer un comentario desde la teología y desde la Biblia, pero hoy me voy a permitir comentarlo desde la entraña. ¿Qué celebro yo cuando celebro que Dios nos anuncia que va a hacerse uno de nosotros? Celebro:

  • Que nada humano está fuera de Dios porque Dios, amando, decidió asumirlo todo en sí mismo para salvarlo. Por eso, nada en nosotros ni en lo que nos rodea es tan terrible o despreciable que no pueda formar parte de Dios, y no esté habitado y animado por Él.
  • Que el mayor poder de nuestro Dios es ser Dios-con-nosotros y eso, lejos de empequeñecerle, le hace infinitamente grande y amable. Y así nos invita a nosotros también a ser-con-los-demás, sin que nada pueda resultarnos extraño ni ajeno. El Hijo ya lo conoce, lo ha vivido y va por delante de nosotros, esperándonos.
  • Que todavía queda alguien (¡al menos Dios!) que puestos a elegir, prefiere la pobreza, la debilidad, la simplicidad de vida y desde ahí, hace nuevas todas las cosas. Porque Cristo nos enriquece con su pobreza, que es la fuerza mayor que tenemos, para que nosotros enriquezcamos al mundo desde la pequeñez.
  • Que Cristo nos salva cuando tenemos coraje para decir aquí estoy para hacer tu voluntad, y no ofreciendo sacrificios, ofrendas o grandilocuentes gestos expiatorios. Debe ser que así quiere que nosotros colaboramos con el sueño de Dios que es construir su Reino.
  • Que merece la pena dejarse llenar de Dios, como María. Especialmente cuando nos sentimos estériles, vacíos, solos… porque ese vacío en sus manos se hace increíblemente fecundo, espacio habitado por su Hijo. Por eso, se puede desear ser como María y no querer ser una mujer sumisa y alejada del mundo. Más bien, al contrario, parecerse a María es ser una mujer consciente, que escucha la Palabra de Dios y tras dialogar con Él, pone toda la carne en el asador para hacerla vida y Vida con mayúscula.
  • Que la carne, lo corporal, lo humano, lo ambiguo, lo caduco, es el quicio de entrada por el que Dios se pasea desde el inicio de los tiempos para unirse a nosotros. Y por eso, también yo quiero vivir así, cada vez más humano, de carne y hueso...  una encarnación diminutiva... Y Tú, así, tangible, humano, fraterno... Carne soy y de carne te quiero. ¡Caridad que viniste a mi indigencia, qué bien sabes hablar en mi dialecto!... ¡Dulce locura de misericordia: los dos de carne y hueso!

domingo, 22 de marzo de 2015

Mirar como Dios (Martes de la 5ª Semana)


Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que soy yo
(Juan 8, 21-30)

¿Quién eres tú? Ésta es la pregunta que inevitablemente se hacen cuantos se acercan a Jesús: tanto los judíos que le espiaban y acosaban como nosotros, sus discípulos. Todos hemos sido testigos de su sabiduría incomparable, de su amor a toda clase de personas, incluidos sus enemigos, de su cercanía con Dios, a quien llama su Padre, y del trato íntimo que mantiene con Él. Manifiestamente, Jesús pertenece de otro mundo, pero lo que tiene es una mirada desde lo alto y los demás tienen los ojos puestos a ras de tierra y enfocados sólo un poco más allá de la punta de su nariz. La cruz es el lugar simbólico en que se sitúa Jesús, en ese punto de unión entre el Padre del cielo y la tierra donde moran sus hijos e hijas.

Cuando dentro de unos días lo veamos levantado en la cruz, entonces recordaremos que Jesús está haciendo lo que agrada al Padre: Jesús mira con toda la carga de amor con que nos mira el Padre. Por nosotros vale la pena dar la vida. 

La cruz rompe distancias entre el cielo y la tierra, mete a Dios en nuestra vida, en nuestras calles, en nuestras familias. La cruz nos llama a vivir desde la perspectiva del reino, a mirar como Dios nos mira, con el mismo amor, con la misma pasión por el bien de todos y cada uno de sus hijos e hijas. 

viernes, 20 de marzo de 2015

La misericordia se ríe del juicio (Lunes de la 5ª Semana)



El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra
(Juan 8,1-11)

El joven profeta Daniel, lleno del Espíritu de sabiduría, de valentía y de libertad, fue capaz de salvar a una persona inocente, a la casta Susana. Así se convirtió en figura del Salvador. En realidad, en una pálida figura. Pues si Daniel hizo de abogado defensor de una inocente, Jesús desempeñó un papel más difícil: el de abogado defensor de una persona culpable, y la salvó de morir apedreada según la pena reservada a las adúlteras (no a los adúlteros).

Cuidado con lanzar acusaciones, tanto si son falsas como si son verdaderas. No porque dejemos al descubierto nuestros propios agujeros, fallos, errores; más bien porque así nos lo enseña Jesús que no condena ni acusa a nadie. Ni a la mujer ni a los otros que viene preparados y dispuestos a hacer que las piedras realicen sobre el cuerpo de la mujer el trabajo de la justicia y restablezcan el orden.

A la mujer le dice que se vaya en paz y que no peque más. A ellos les invita sólo a mirar sus propios cuartos trasteros y a tomar conciencia de que tienen ellos mismos mucho que limpiar. Y, ¿que nos dice esto a nosotros? Dos cosas: primer, que la misericordia se ríe del juicio (Santiago 2, 13) y aunque sea solo por interés, para que también a nosotros nos den una segunda oportunidad cuando nos toque (que serán muchas), nos conviene ser muy misericordiosos y dar siempre una oportunidad a nuestros hermanos y hermanas; y segundo, no estamos para acusar a nadie sino para celebrar juntos la alegría del perdón, para escuchar juntos, todos, la voz de Jesús que nos dice: Vete en paz y no peques más.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Tierra en fruto (Domingo de la 5ª Semana)


Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo
(Juan 12, 20-33)

Mala cosa para nuestro hoy que Juan ponga en boca del Maestro, precisamente, las palabras que tanto nos afanamos en ocultar debajo de nuestro imperio de sentidos sobresaturados de bienestar, felicidad y autorealización. Jesús habla abiertamente del desamparo, de la muerte, del despego a la vida y de su propio miedo.

Quisiéramos huir de ellas, que ni nos alcancen ni nos afecten, que solo tuvieran que ver con Jesús y no con nosotros. Pero Juan deja muy claro que las dirige a todos los hombres, por eso se asegura de que son pronunciadas en presencia de griegos y extranjeros en Jerusalén.

Entonces, si es necesario morir para vivir, ¿tenemos que negarnos a amar la vida? No faltan quienes responde que sí, pero lo hacen casi al pie de la letra. Y ahí tenemos a muchos hombres y mujeres creyentes que, desde la resignación, la tristeza y la persecución de mil sufrimientos, calamidades y desgracias, en esta vida, se afanan torpemente para ganarse otra vida en el Paraíso... ¿le ha explicado alguien, a estos, en qué consiste seguir a Jesucristo? ¿el sentido auténtico de muerte y vida?

Es que acaso, ¿el grano de trigo muere en el sentido de acabar y desaparecer? O más bien se abre y brota liberando toda la fuerza de vida que le habita, desplegando la virtualidad de renovar, una y mil veces, el milagro de hacer surgir de una pequeña semilla una hermosa espiga que, una vez seca, se multiplica en muchas granos que dan sustento en forma de comida.

Morir, para nosotros, los que torpemente acertamos a acoger la Luz, significa negarnos a encerrarnos en nosotros mismos para abrirnos a la Palabra y a los otros. Desaparecer es liberar todas las fuerzas de amor que habitan en nosotros, esas que contenemos a fuerza de miedos, egoísmos y desconfianzas.

Si solo sé amar mi vida, la que está llena de pequeñeces, rechazos, violencia y agresividad, entonces la perderé. Pero si acepto ser taladrado, empujado, pisoteado por el amor al hermano; si estoy prendido del amor exigente del Padre; entonces, quizás solo cuando entienda parte de esto, me veré nacer a la vida, como brota la espiga atravesando la tierra para desplegarse en toda su plenitud bajo el sol.

Desde que venimos a este mundo experimentamos, ya inconscientemente, que para llegar a la luz, tenemos que pasar por el túnel de la oscuridad. Eso nos da miedo. Lo mismo que le pasó a Jesús nos pasa a nosotros, nos gustaría saltarnos este paso; y sentimos la tentación de permanecer tranquilos y guarecidos dentro de nosotros mismos.

Sin embargo, no hay camino hacia la vía de la luz que no pase por la cruz. Ella es nuestro seguro para saber si nuestros discernimientos son ortodoxos. Nuestros planes de felicidad, tranquilidad y autorrealización tienen que ser crucificados en ella si de verdad creemos, con el corazón que siente, la razón que piensa y la voluntad que actúa, que la tumba está vacía, la misma y única que abandonó Aquel que vive para siempre.


La vida está ahí, déjate sorprender y ponte a servir...



fuente

(Inspirado en pensamientos de  J. P. Bagot)

Experiencia de palabra (Sábado de la 4ª Semana)


Jamás ha hablado nadie así
(Juan 7, 40-53)

San Juan pone en boca de los guardias del Templo las siguientes palabras: Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre. Para ellos fue una gran sorpresa oír hablar a Jesús. Para nosotros no es una sorpresa, lo cual tiene grandes ventajas y también algún inconveniente. Para nosotros, decir que Jesús tiene palabras de vida eterna forma parte de nuestra fe: ésa es una gran ventaja. Pero no experimentar nunca aquella sorpresa sería una lástima. ¡Qué bien nos viene a nosotros también sorprendemos ante la belleza y la profundidad de las palabras de Jesús!

Porque la mera recitación de una fórmula de fe no puede compararse con la experiencia de saborear nosotros mismos las palabras de Jesús con la ayuda del Espíritu Santo. Nuestra fe en las palabras de Jesús debe traducirse, primero, en el aprecio de la Liturgia de la Palabra, que es una parte esencial de la Eucaristía, como lo fue también de la Última Cena. Además, nos llevará a dedicar algunos ratos de oración a hacer resonar esas palabras en el fondo de nuestro corazón. Y, según nuestras posibilidades, también a hacer un esfuerzo por conocer mejor los Evangelios.

Entrar en el gran misterio (Viernes de la 4ª Semana)


Yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz
(Juan 7,1-2.10.25-30)

Nosotros casi siempre juzgamos por las apariencias, por la pertenencia a un grupo o a una determinada clase social, y así corremos el peligro de ignorar lo mejor de las personas. Éste sabemos de dónde viene, decían los judíos de Jesús: sabían que era galileo, lo cual, para empezar, no era una buena tarjeta de presentación. En realidad lo ignoraban casi todo de Jesús.

Este texto de san Juan nos plantea la importantísima cuestión del verdadero conocimiento de Jesús. Nosotros mismos, los cristianos, los que creemos en Él, ¿hasta qué punto lo conocemos? Saber unos pocos datos de su biografía no es conocerlo de verdad ni nos puede servir de gran cosa. Jesús nos invita hoy a entrar en el gran misterio, en la profundidad de su persona, cuando dice: Yo procedo del que es veraz, y sólo Dios es veraz de una manera total y absoluta. Por eso, la persona de Jesús encierra una riqueza infinita. En estos días que preceden a la Pascua, pidamos a Dios un conocimiento íntimo y profundo de Jesús, su Hijo y nuestro hermano mayor, para que le amemos cada vez más y le sigamos más de cerca.

martes, 17 de marzo de 2015

Íntegros y obedientes (Jueves de la 4ª Semana)



Yo he venido en nombre de mi Padre
(Juan 5,31-47)

Los seres humanos muchas veces queremos justificamos o engrandecemos. Y, para ello, hablamos mucho de nosotros mismos, testimoniamos en nuestro favor, lo cual más bien rebaja que aumenta nuestra credibilidad. Otras veces nos apoyamos en nuestros amigos o partidarios. Y así nos hacemos todos dependientes unos de otros.

Jesús, en cambio, dice expresamente que no depende del testimonio de ningún ser humano. Jesús se apoya en el testimonio, en la palabra y en la fuerza del Padre. Ésta es la fuente íntima de su manera de actuar y de toda su persona. El Padre es quien le da la fuerza y la luz que necesita y, así, le hace totalmente libre de las modas, las ideologías y las presiones del exterior.

Pero además del testimonio invisible del Padre, Jesús goza también del testimonio bien visible de sus obras, que no son sólo sus milagros, sino también sus palabras, totalmente acordes con las Escrituras y con la voluntad del Padre. Éste es el gran ideal para nuestros criterios y nuestra conducta.


Hizo lo que le había mandado

(Mateo 1,16.18-21.24a)

Hoy, al celebrar la fiesta de san José, podemos encontrar en él un modelo de hombre íntegro al estilo de Jesús. Ante lo que podía ser un tremendo desaguisado en su proyecto de vida pensado y soñado, solo obedece el querer misterioso de Dios y, apoyado solo en él, hizo lo que le ha mandado.

lunes, 16 de marzo de 2015

Cómplices de Dios (Miércoles de la 4ª Semana)


El Hijo da la vida a los que quiere
(Juan 5,17-30)

Después de curar al paralítico junto a la piscina de Betesda, Jesús nos revela el secreto de su persona y de toda su acción. Todas las obras de Jesús son obras que el Padre le da para que las pueda realizar para nuestro bien, para nuestra salvación. Jesús nos revela que el Padre trabaja siempre para mantener la creación y para mantener nuestras vidas y que el Hijo, igualmente, trabaja también por nosotros todos los días, incluido el sábado. El Hijo no hace nada por su cuenta, sino que hace las obras que el Padre le muestra que ha de hacer. El Padre tiene el poder de disponer de la vida. Y ha depositado en el Hijo este poder de disponer de la vida en beneficio de sus hermanos los seres humanos.

Éste es el secreto de la persona de Jesús, éste es el sentido de su vida. Y ésta será también la causa de su muerte: el haberse mostrado, de obra y de palabra, igual al Padre. Para nosotros, éste es el verdadero y el único fundamento de nuestra fe: saber que Jesús ha venido a este mundo para salvamos con el amor y el poder de Dios.

En cuanto a nosotros, tendremos que contemplar en nuestra oración silenciosa, ayudados por el Espíritu, el rostro de este nuestro Padre y Madre para aprender a ser sus cómplices como Jesús. Saborear y recordar que somos hijos de sus entrañas, sabernos amados. Contantes contagiando esperanza, encendiendo luces, trabajando para que salgan de sus prisiones tantos hermanos atrapados, abriendo sepulcros; sin olvidar el estar atentos a los rastros de la acción de Dios en nuestro presente. El Padre así lo quiere para nosotros. Esto nos hará invencibles, incansables, luchadores y transmisores de la Vida, que siempre triunfa, aunque nos toque pasar por la tumba y la oscuridad nuestros viernes.

domingo, 15 de marzo de 2015

Encarnación diminutiva (Martes de la 4ª Semana)


Señor, no tengo a nadie
(Juan 5,1-3.5-16)

El paralítico curado por Jesús no tenía a nadie que le metiera en la piscina. No podía valerse por sí mismo ni tampoco podía contar con nadie para salir de su postración y de su soledad. De vez en cuando la prensa nos recuerda que situaciones parecidas se dan entre nosotros: muchos ancianos viven e incluso mueren en la más absoluta soledad. Hay hermanos nuestros cristianos que trabajan para que situaciones tan inhumanas no se repitan en nuestra comunidad cristiana. Porque no cabe la menor duda de que este grave problema nos afecta a nosotros, los cristianos. Una parte de estos enfermos y ancianos abandonados son miembros de nuestra comunidad cristiana. Y los que no lo son conviven con nosotros en una misma sociedad.

Jesús realiza el milagro de la curación de este paralítico, lo mismo que otras muchas curaciones, precisamente en el día sagrado del sábado. Con ello nos dice claramente que ayudar a los enfermos y abandonados es la mejor manera de dar culto a Dios y de practicar la religión que Dios quiere. Nosotros, los que seguimos a Jesús sabemos que él se identifica con nosotros, especialmente con los que sufre (Mt 25) y como repetía san Vicente de Paúl constantemente servir a los pobres es servir a Dios, de tal manera que dejar de atender a nuestros hermanos más necesitados por hacer oración o celebrar la Eucaristías era dejar a Dios por Dios y viceversa.

Sin embargo, nuestra acción no nace solo de un deber ético, si no que debe brotar del amor fraternal a la familia humana porque, como ya hemos comentado en otras ocasiones, Dios nos creó hermanos y desde que Cristo entregó la vida para nuestra salvación, cada uno de nosotros somos una encarnación diminutiva. Y los que no conocen a Jesús como "El Hijo", tal como le pasa al paralítico del Evangelio, no pueden eludir la responsabilidad humana, por solidaridad de género, de acercarse a los más frágiles (me ha hablado) y ayudarles (me ha curado).

Hombre quisiste hacerme, no desnuda 
inmaterialidad de pensamiento.
Soy una encarnación diminutiva;
el arte, resplandor que toma cuerpo:
la palabra es la carne de la idea:
¡encarnación es todo el universo!
¡Y el que puso esta ley en nuestra nada
hizo carne su verbo!
Así: tangible, humano, fraterno.
(Del himno de Laudes)

sábado, 14 de marzo de 2015

Señales para creer (Lunes de la 4ª Semana)


Anda, tu hijo está curado
(Juan 4, 43-54)

Como no veáis signos y prodigios, no creéis. El Señor se lamenta de que necesitemos signos exteriores para poder creer. Da a entender que su Palabra y su persona han de bastar para caer en la cuenta de que tenemos en medio de nosotros a Dios con todo su amor y poder. A pesar de ello, Jesús no se niega a conceder los signos que se le piden, con tal de que nos ayuden a creer. Porque lo importante es que creamos, que tengamos fe. La fe nos abre nuevos horizontes de vida, nos saca de nuestra desesperación y de nuestra impotencia ante la enfermedad y la muerte, tanto la muerte física como la muerte espiritual. Anda, tu hijo está curado, le dijo Jesús. Y aquel hombre -nos cuenta san Juan- creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino.

Éste es el efecto de la fe vivida sabiendo en quién nos hemos fiado: nos pone en camino hacia una nueva esperanza que supera nuestras fuerzas, nos pone en camino hacia nuestros prójimos, en una palabra, hacia nuestra salvación. En el mismo momento en que fue pronunciada, la palabra de Jesús ya estaba produciendo sus frutos. Creer en la palabra de Jesús cambia nuestras vidas, nos salva.

jueves, 12 de marzo de 2015

Luz que no esconde (Domingo 4º de Cuaresma)


Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo
(Juan, 3, 14-21)


En la próxima Vigilia Pascual se encenderá la luz del Cirio Pascual, que es símbolo de Cristo resucitado, y cada uno de nosotros (con velas más pequeñas) iremos participando de esa luz. Será todo un símbolo de lo que estamos llamados a hacer en Pascua: reedificar nuestra vida y dejarnos iluminar por Cristo para vivir como verdaderos hijos de la luz.

Mientras llega este día grande para nuestra fe,  en el evangelio del domingo escuchamos en boca de Jesús, la decisión y el gesto, que provoca nuestra salvación …Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna… podemos decir con certeza que en Dios hay una voluntad indiscutible de amor y de salvación: Dios no quiere nuestra condenación. 

Pero todavía hay mucha gente que no termina de comprender que el Dios en quien creemos es Padre, nos ama, y nos mira con ternura y misericordia. 

Precisamente en la cruz de Cristo es donde el amor salvador de Dios se ha manifestado en toda su grandeza, por todos nosotros. La cruz de Cristo da luz a nuestros sufrimientos y nos muestra la cara misericordiosa de Dios. En el diálogo de Jesús con Nicodemo que hoy escuchamos, es esto lo que queda bien claro. 

El hombre necesita de Dios y sólo se realiza plenamente en el amor; el amor es Dios mismo. Por eso, en el signo de la cruz podrá contemplar el hombre la manifestación de ese amor infinito que Dios le tiene. 

Como nos recuerda San Pablo, Dios, rico en misericordia… Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos. Nosotros decimos que hemos sido recreados por la fuerza del Espíritu, nacidos de nuevo o de lo alto en la fuente bautismal; nueva vida marcada en lo más profundo de nuestro ser por el amor del Padre que nos da a su Hijo, verificada en nuestra acción por las obras.

Con fe, el hombre puede acoger este amor de Dios y sentirse plenamente feliz, realizado. Aprovechemos estos días de Cuaresma para revisar cuánto hay de luz y de sombras en nuestra vida de fe. 



martes, 10 de marzo de 2015

Puro regalo (Sábado de la 3ª Semana)


El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no
(Lucas 18, 9-14)

El fariseo cometió el error de trasladar a la relación con Dios los mismos esquemas que empleamos en las relaciones humanas. En el plano humano, valoramos lo que vamos consiguiendo por nuestro propio esfuerzo, bien sea en los estudios, bien sea en nuestra profesión. Pero, cuando nos ponemos en presencia de Dios, entonces tenemos que admitir que todo es puro regalo, todo es gracia, todo es don de Dios, incluidas las buenas obras que, por su gracia, logramos hacer. Poder mejorar libremente nuestra propia vida con nuestras buenas obras es el mejor regalo que Dios nos puede hacer.

Nuestra vida entera es don de Dios: la luz que nos envuelve, el aire que respiramos, el universo entero. El perdón que necesitamos y nuestra salvación serán también un regalo de Dios, porque la salvación consistirá en compartir la vida misma de Dios. Creer todo esto nos llena de paz y nos hace más humildes, como al publicano. En una palabra, nos justifica, como dice Jesús. 

lunes, 9 de marzo de 2015

Entrega sin límites (Viernes de la 3ª Semana)


El Señor nuestro Dios es el único Señor, y le amarás
(Marcos 12, 28b-34)

Aquel letrado había comprendido que todo lo que Dios espera de nosotros es el cumplimiento de este único mandamiento con dos caras: amar a Dios y amar al prójimo. Jesús se llenó de alegría al ver que el letrado lo había comprendido perfectamente. No estás lejos del reino de Dios, le contestó. En la práctica, amar a Dios consiste en dejarse amar por Él, como Jesús se dejaba amar por el Padre y escuchaba con espíritu filial aquellas palabras: Éste es mi Hijo querido. Cuando tengamos el corazón lleno del amor del Padre, entonces podremos dar un poco de ese amor a nuestros prójimos. Porque nadie da lo que no tiene. Y no tendremos amor si no lo recibimos primero de Aquél que es la fuente de todo amor verdadero.

Tanto en el judaísmo como en el cristianismo, a veces nos hemos olvidado del Mandamiento de Dios, y nos hemos inventado toda clase de obligaciones y de devociones. Pero la ley evangélica se reduce a este único mandamiento. Y la vida de Jesús se redujo (es una manera de decir) a esta única fidelidad: al amor del Padre y al amor de sus hermanos y hermanas. Pidamos a Jesús que nunca nos olvidemos de esto, que es lo único necesario.

Nos ha creado hermanos (Jueves de la 3ª Semana)


El que no está conmigo, está contra mí
(Lc 11, 14-23)

Jesús expulsa un demonio. Y entre la gente se producen tres reacciones muy distintas. La mayoría se queda admirada ante el poder y la bondad del Señor. Es la reacción inmediata y espontánea, en la que no hay mezcla de intereses oscuros. Pero la bondad y el poder de Jesús no suprimen nuestra libertad. Así, otros prefieren cerrar los ojos y dicen que todo es obra del demonio, una explicación que se contradice a sí misma. Mientras que un tercer grupo, en lugar de recibir con agradecimiento y alegría la señal que Jesús le ha dado, no acepta esa señal y pide otra, que no se sitúa en esta tierra que pisamos, sino en el cielo: algo que nos deje a todos pasmados, pero que no ayudará en nada a las personas que sufren en este mundo. Como si Jesús fuera una especie de mago que sólo buscara asombrar a la gente.

La única interpretación recta del signo realizado por Jesús la da Él mismo: lo que Él hace es la prueba de que el reino de Dios está ya presente en medio de nosotros. Más aún, hay un corolario que el evangelista ha puesto al final de las palabras de Jesús: “El que no está conmigo está contra mí”. Que lo podemos traducir así: “El que no está entregado al servicio de las personas, de su bien, especialmente de los que más sufren, está contra mí”. Nosotros le podemos dar la vuelta a la frase y también será verdad: “El que está entregado al bien de las personas, especialmente de los que más sufren, está conmigo”. 

Así,  Jesús abre, a los que vamos tras sus huellas, un campo enorme de colaboración con todos los que, de una manera o de otra, están trabajando a favor de las personas y la humanidad. En una encíclica poco conocida de Juan XXIII, publicada en 1959, declara abiertamente que todos somos familia, porque Dios nos ha creado hermanos: las familias, las comunidades, las asociaciones, las sociedades intermedias y las diversas naciones no son otra cosa sino comunidades de hombres, es decir, de hermanos, que deben tender, unidos fraternamente, no sólo al fin propio de cada una, sino también al bien común de toda la familia humana (1).

fuente
(1) Ad Petri Cathedram [AAS 51 (1959) 503]

Una ley de máximos: el amor (Miércoles de la 3ª Semana)


No he venido a abolir la ley y los profetas, sino a dar plenitud
(Mateo 5,17-19)

Lo que nosotros llamamos el Primer Testamento o el Antiguo Testamento, los judíos lo llamaban la Ley y los Profetas. La Ley eran los cinco primeros libros, desde el Génesis hasta el Deuteronomio. Y luego venían todos los profetas que habían hablado en nombre de Dios. Nada de todo eso está destinado a ser abolido o suprimido, porque contiene grandes riquezas, grandes revelaciones de las que siempre podremos aprovechamos. Pero, como dijo Jesús mismo, aquí hay uno que es más que Salomón. Las enseñanzas y la vida de Jesús superan a la Ley antigua y, sobre todo, a la manera casuística y escrupulosa como los fariseos la interpretaban y practicaban. A menudo, fijar la atención excesivamente en la "letra" les llevaba a los interpretes oficiales de la Ley a fijar unos mínimos donde se aseguraba el cumplimiento de la misma.

Jesús no sólo observa el sábado, sino que se declara dueño del sábado y lo lleva a su plenitud, porque lo vive desde el mandamiento supremo del amor. Por eso, los que le seguimos no podemos contentarnos con cumplir con unas normas mínimas, cosa que nos sucede a veces porque es relativamente más fácil y menos exigente. Por eso Jesús puede decir que él no ha venido a cambiar ni una tilde de la ley. Jesús se pone en otra perspectiva. No se trata de cumplir unos mínimos sino de construir el reino, de fomentar la fraternidad, el perdón, la reconciliación, el amor.

En el amor no hay mínimos sino máximos. Jesús nos amó tanto que lo dio todo por nosotros. Todo. A los que viven así las normas les preocupan muy poco. Están por encima. Las cumplen y más. Y hasta saben en algún momento saltárselas porque el amor está por encima de cualquier norma. El mismo Jesús se saltó muchas veces las normas de los judíos. A él sólo le importaba el reino. No puso límites su entrega. Y nos dejó una norma por encima de todas: el amor. El amor y el servicio al prójimo son la plenitud de toda ley, porque Dios mismo es amor. Así practicó Jesús la Ley y así nos enseñó a practicada nosotros también.

domingo, 8 de marzo de 2015

Tejados de cristal (Martes de la 3ª Semana)


El padre no os perdonará si no perdonáis de corazón
(Mateo 18, 21-35)

Las ofensas que padecemos a veces nos afectan hasta el punto de que perdemos el sentido de la realidad. No comprendemos que, sin perdón mutuo, la convivencia es imposible, lo mismo en la familia que en la comunidad cristiana. Tampoco caemos en la cuenta de que el resentimiento que vamos acumulando, al no querer perdonar, nos está haciendo más daño que la misma ofensa que hemos recibido.

Y, sobre todo, como el Señor nos enseña en esta parábola, nos olvidamos por completo de que nosotros mismos hemos recibido un perdón mucho mayor que el que se espera de nosotros. Nuestra deuda está cifrada en miles de talentos -la moneda de más valor de aquella época-, mientras que la de nuestros compañeros o familiares sólo llega a unos pocos denarios. A la hora de perdonar -nos dice Jesús- nunca seremos los primeros. Y siempre saldremos ganando. Además, el Señor ha ligado inseparablemente el perdonar y el ser perdonado.

Así que, ¿como que cuántas veces hay que perdonar al hermano? Todas las que sea necesario, por supuesto. No seamos tacaños con el perdón porque todos, absolutamente todos, tenemos el tejado de cristal y necesitamos que Dios nos perdone, nos cure, nos reconcilie. Y sin esa mano sanadora-recreadora de Dios no tenemos mucho futuro. ¡Cómo para negar el perdón estamos!

sábado, 7 de marzo de 2015

Verdades como puños (Lunes de la 3ª Semana)


Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra
(Lucas 4,24-30)

Lo que sucedió aquel día en Nazaret es un ejemplo, el más claro de todos, de la manera como los seres humanos nos cerramos a la generosidad de Dios. En Nazaret, son los propios paisanos de Jesús, los más cercanos a Él, los que rechazan la liberación que les trae de parte de Dios. Jesús respeta su decisión. Y tiene que alejarse de ellos. Pero no por ello queda agotada su generosidad: Jesús seguirá ofreciendo la misma salvación en otras aldeas y pueblos. Esto mismo había sucedido en el Antiguo Testamento con Elías y Eliseo y con todos los profetas. Y lo mismo sucederá con los Apóstoles; les cerrarán las puertas de las sinagogas de su propio pueblo; entonces decidirán llevar el anuncio de la salvación a los pueblos paganos.

El verdadero profeta, suele decir cosas que no nos gustan. Y como no nos gustan solemos decir que no es profeta o que habla por la boca de Belcebú o cualquier cosa con tal de desautorizarle para no tener que responder a sus exigencias. Es como el que va al médico con mucha tos y el médico le dice que deje de fumar. ¿Cuántos son los que prefieren irse a otro médico esperando que les diga lo que ellos quieren oír?

Pero Jesús no va a dejar de decir lo que tiene que decir: que es mejor perdonarnos mutuamente que estar en perpetua guerra; que vivir es esfuerzo y trabajo por ser coherentes, por ser libres; que amar no es decir palabras hermosas sino manifestarlo en los hechos concretos de cada día; que no se trata de aparentar sino de vivir desde dentro y aceptar con humildad nuestras limitaciones. Y muchas más cosas que a veces no nos gusta oír, pero que son verdades como puños.