Parroquia La Milagrosa (Ávila)
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miércoles, 3 de febrero de 2016

effa (Escuela de Formación en Fe Adulta)


Escuela de Formación en Fe Adulta

La necesidad de formación continúa y permanente es una constante en todos los proyectos ya sean pastorales, comunitarios, grupales... Pero cada vez tenemos menos excusas para no hacerlo ya que hay muchos medios en la actualidad, como este que os propongo de la plataforma Fe Adulta. Es todo un curso de renovación para Agentes pastorales. De verdad que merece la pena hacerlo, ya sea personalmente o organizado en grupo; y es fácil porque las clases, de una hora de duración, están grabadas en video. Uno puede seguir el curso por libre o puede inscribirse. Bueno, os dejo con los enlaces y una pequeña presentación de los responsables:

(basta con ir haciendo clic en la barra superior)


Presentación

Una escuela en la línea de nuestra web feadulta que ofrece a través de un exigente y completo temario una formación en profundidad. El estudio es a distancia y se compone básicamente de una amplia serie de charlas o clases en vídeo, complementadas con apuntes en forma de libros.

Nuestro profesorado está integrado en gran medida por los más expertos doctores en teología que en los últimos años lamentablemente han sido represaliados por su mentalidad abierta y removidos de sus cátedras en las facultades de teología. Vamos a darles en cierto modo la posibilidad de legar sus clases magistrales a las nuevas generaciones. Entre nosotros tienen asegurada independencia y libertad.

El estudio es gratuito y abierto a cualquier persona. No obstante, pediremos una contribución voluntaria de 2 euros mensuales por alumno para cubrir los gastos. Como siempre, damos cuenta de ello en la sección de "la EFFA en cifras". Pensamos que es una oportunidad extraordinaria para que se formen competentes animadores y animadoras de comunidad que suplan en lo posible, en un próximo futuro, la alarmante escasez de sacerdotes.

Tratando de emular en lo posible la prolongada formación de que gozan hoy los que llegan al sacerdocio, el temario es importante, exigente y práctico. Está previsto que el curso dure dos años. En cada semestre se impartirán de 20 a 25 clases y se recomendarán unos 3 ó 4 libros. El grado de exigencia y profundización lo marca cada alumno, así como la frecuencia de su estudio. El material está disponible 24 horas al día, los 7 días de la semana.

Para quienes se inscriban como alumnos tenemos reservados unos foros que harán las veces de tutorías y que junto al examen, nos permitirán conceder algún tipo de acreditación tras apreciar el aprovechamiento de los cursos.

Para inscribirse en los foros de participación de la Escuela pinche aquí

domingo, 31 de enero de 2016

Jornadas Bíblicas: un buen plan para una escapada a Madrid



Te invitamos a las Jornadas Bíblicas “El Pueblo de Dios camina en la historia”. Se celebrarán el próximo fin de semana (5-7 de febrero) La Parroquia de San Antonio del Retiro en Madrid. En ellas se desarrollarán diversas actividades, todas ellas son de entrada libre y gratuita. ¡Ven a compartir con nosotros la Palabra! En la imagen adjunta tienes todo el programa. ¡Te esperamos! 


viernes, 22 de enero de 2016

Una concepción no lineal, plural y agonista, así es la política según Francisco



MARTÍN PÉREZ MILLÁN*, MENDOZA (ARGENTINA).

ECLESALIA, 15/01/16.- Hoy, luego de dos años y medio de pontificado, es posible apreciar como inequívocamente política la decisión tomada por el colegio cardenalicio de haber elegido al ex cardenal Bergoglio. Para revitalizar a la Iglesia se precisaba construcción y conducción política, y un talante no contaminado por los centros tradicionales de poder.

El Pontífice argentino ha desplazado el centro de gravedad desde Europa hacia América, lo que repercute en la mirada que hace la institución bimilenaria a temas y contenidos no sólo de corte moral, sino también económico, político y social. Para ejemplificar, no hace falta más que repasar sus clarividentes alocuciones ante el Congreso en los Estados Unidos y los Movimientos Populares en Bolivia.

Esos discursos no son más que manifestaciones orales – con grandes repercusiones globales – del contenido vertido en la primera exhortación apostólica y “latinoamericana” de Francisco. Evangelii Gaudium (La Alegría del Evangelio) – publicada en noviembre de 2013 – ha despertado y despierta interés en analistas políticos, economistas, referentes sociales y dirigentes políticos, muchos de los cuales han desfilado con cierto asombro y admiración por la residencia del Papa tercermundista. Este exhorta a los estadistas a rever y replantear las relaciones sociales y económicas, así como a repensar el rol de la política en esa vinculación. Pero, ¿qué concepción de política tiene el líder religioso? Una prudente lectura e interpretación del texto mencionado arrojará muchas luces.

Política no lineal

Las ideas del Santo Padre dan cuenta de una concepción dinámica de la política. Lejos de proponer una concepción funcionalista de sociedad y política, el Santo Padre piensa al espacio político y societal como un espacio en permanente cambio y movimiento, es decir carente de linealidad. La política inyecta ritmo a la vida social y nacional, es concebida como el ámbito donde entran en enfrentamiento diversas ideas y es esa la riqueza.

Reconoce que en esos espacios no se experimenta una repetición regular y sistemática de fenómenos; valora la disparidad de posturas, las ideas antagónicas y la oportunidad de crecimiento a partir de las diferencias. “La teoría funcionalista se preocupa esencialmente del problema de la conservación social mientras que la teoría marxista se preocupa fundamentalmente del cambio social” (Bobbio Norberto, 2008: 77). A ésta última teoría sociológica pertenecen estas ideas, con la adaptación y la hermenéutica pertinentes. Simplificando, los avances y progresos en el seno de la sociedad, según la perspectiva del Papa argentino, se dan por confrontaciones y disputas en el ámbito de la política. Pero arrojemos más luces.

“De acuerdo con el lugar común del pensamiento sociológico, la gran división es la que opone los sistemas que destacan el momento de la cohesión a los sistemas que subrayan el momento de antagonismo” (Bobbio Norberto, 2008: 77). Francisco proyecta una visión de política en la que se percibe la confluencia de antagonismos, no entendidos como posiciones irreconciliables, más si como posiciones diversas, idearios contrapuestos, ideas que disputan mayor poder y visibilidad en un marco de respeto y reconocimiento mutuo.

Política plural y agonista

La politóloga Chantal Mouffe diferencia la política de lo político. La primera remite el campo empírico de la práctica política; lo político pertenece al ámbito de la teoría política, al nivel ontológico. Éste es el que interesa a los objetivos del artículo. “(…) concibo lo político como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas (…)” (Mouffe Chantal, 2005: 16). Realizando una mirada transversal a Evangelii Gaudium, se puede alegar que Francisco propone pensar lo político al modo manifestado por la politóloga belga: procura percibir de un modo político los problemas que enfrentan nuestras sociedades.

Claramente las ideas de Francisco desfilan por un derrotero diferente y en sentido perpendicular al pensamiento liberal actual caracterizado por un enfoque racionalista e individualista que no permite contemplar la naturaleza de las identidades colectivas. “Este tipo de liberalismo es incapaz de comprender en forma adecuada la naturaleza pluralista del mundo social, [rechaza de plano lo político en su dimensión antagónica] (Mouffe Chantal, 2005: 17). Lo que contrasta a ciencia cierta con las expresiones del Vicario de Cristo respecto a su interpretación de la realidad social que califica de dispar, heterogénea e insondable como dispares, heterogéneos e insondables son los grupos socioculturales que la constituyen.

Para Schmitt (en Mouffe Chantal, 2005), “el criterio de lo político (…) tiene que ver con la formación de un nosotros como opuesto a un ellos, y se trata siempre de formas colectivas de identificación”. La reformulación que hace Mouffe de ese criterio convierte la relación nosotros / ellos en posible y conducente en términos democráticos, un modo especial de relación plausible en un marco de respeto y mutua legitimidad: modo agonista de la política.

Este pluralismo y esta forma de observar lo político se hace evidente en Evangelii Gaudium. La creación de una identidad implica el establecimiento de una diferencia. Francisco insta al diálogo y al encuentro de esas identidades y diferencias, de los diversos colectivos sociales y culturas en pos de la concreción del bien común, con acento marcado – muy marcado – en la opción por los pobres.

La creencia en un modo diferente en que se establece la relación nosotros/ellos – una relación agonista donde las partes comparten una base común (un espacio simbólico común dentro del cual tiene lugar el conflicto) y se reconocen mutua legitimidad – es la especificidad de la política democrática (Mouffe Chantal, 2005). Aplicando esta especificidad al pensamiento bergogliano, se puede señalar que el líder católico – al reconocer la diversidad de nuestras sociedades y al interior de cada una de ellas – se muestra animoso con la democracia moderna.

La relación agonista pone en juego la configuración de las relaciones de poder en torno a las cuales se estructura la comunidad local, nacional o global. Es la lucha entre proyectos hegemónicos opuestos, un consenso totalmente inclusivo entre ellos es inconducente. Optar por uno significa excluir el otro. Hoy Bergoglio se inclina y arenga por un cambio de estructuras y sistemas, proyecto que ciertamente tiene como prioridad a los pobres, a aquellos que la sociedad descarta y deshecha. Un proyecto inclusivo de quienes fueron pródigamente excluidos (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

(*) Investigador con aval académico del Centro de Investigaciones de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo. Título de la investigación: Las ideas del Papa Francisco respecto al rol de la política en la conducción de las relaciones económico-sociales. La exhortación apostólica EvangeliiGaudium. Período de beca: enero de 2015 a febrero de 2016.

miércoles, 20 de enero de 2016

Iglesia, Servidora de los pobres (V. Altaba)



Iglesia, Servidora de los pobres (descargar aquí) es una instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española (CEE) largamente esperado tanto por la Iglesia como por la sociedad civil española. Llevamos años difíciles sufriendo la crisis, momento duros para mucha gente cercana a todos nosotros. En todo este tiempo, no es que los obispos estuvieran callados, hablaban individualmente y colectivamente publicaron dos declaraciones y unas notas breves respecto a la crisis. 

Sin embargo, todo hay que decirlo, en 1994, la Comisión de Pastoral Social editó un documento poco conocido La Iglesia y los pobres (descargar aquí) que no fue suscrito por todos los obispos (CEE). Hay que tener esta reflexión como fondo, porque es un buen documento que tiene la densidad teológica que puede que no encontremos en esta instrucción pastoral. El objeto de ambos documentos es distinto. Uno teología, el actual con mucha carga práctica.

Os dejamos con la presentación de Vicente Altaba, Delegado Episcopal de Caritas España





lunes, 18 de enero de 2016

El pecado estructural y estructuras de solidaridad (Vídeo-Clases)


Curso "El pecado estructural y estructuras de solidaridad. Una posibilidad para transformar la realidad" impartido por el Dr. Mathias Nebel

Primera clases


Segunda clase


Tercera clase


Cuarta clase

sábado, 26 de diciembre de 2015

Curso de DSI, en la Casa Social sobre la Economía y el Pensamiento Social



En el Boletín de diciembre de 2015 de la Casa Social Católica de Ávila han publicado el programa del próximo curso de DSI, esté años sobre la Economía y el Pensamiento Social. Las clases son los martes desde eñ 26 de enero a las 20 h. en las aulas de la Casa Social


martes, 8 de septiembre de 2015

El bien común ente el pasado y el futuro - The Common Good between Past and Future.



El Bien Común entre el pasado y el futuro
Sept 3 a 5 2015, de la Universidad de Friburgo (Suiza)

El concepto del Bien Común tiene un lugar central en la Doctrina Social Cristiana (DSC). Es a la vez un proceso histórico y una asíntota, buscado con pasión, inalcanzable en su plenitud en la tierra, pero de los cuales experimentamos, no obstante, logros parciales. La Conferencia ha tratado de volver a evaluar la importancia histórica de la noción de bien común (primer día), ha examinado los lugares prácticos actuales donde se produce una convergencia hacia el Bien Común (segundo día) y ha buscado de forma prospectiva la utilidad de la noción de bien común para afrontar los desafíos de nuestro tiempo.

Si estás interesado puedes bajar el documento con todos los detalles del programa y resúmenes de las intervenciones aquí:


Más información:



In collaboration with: 





En esta conferencia interdisciplinar han participado dos miembro de la Familia Vicenciana. Sor Monique Javouhey (representante de las Hijas de la Caridad en la ONU) y el P. Felipe Manuel Nieto Fernández. Este último tuvo una intervención sobre "La arquitectura del concepto 'Bien Común': desde su origen en la antigüedad al alto medievo.




Puedes escuchar el poscast completo aquí:  Arquitectura del Bien Común
(Nota: Se aconseja hacer clic sobre 'descargar' si no tiene Dropbox)

jueves, 30 de abril de 2015

Iglesia, servidora de los pobres


La CV reunión de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española se clausuró el pasado viernes, 24 de abril, en Ávila con la aprobación de la Instrucción Pastoral Iglesia, servidora de los pobres.

En este documento, los obispos quieren compartir, con los fieles y con quienes deseen escuchar su voz, su preocupación ante el sufrimiento generado por la grave crisis económica, social y moral que afecta a la sociedad española y su esperanza por el testimonio de tantos miembros de la Iglesia que han ofrecido lo mejor de sus vidas para atender a quienes más sufrían las consecuencias de la crisis.

Estructurada en cuatro partes, la Instrucción pastoral comienza analizando la situación social actual y los factores que están en su origen y lo explican. Seguidamente enumeran los principios de la Doctrina social de la Iglesia que iluminan la realidad y ofrecen su propuesta desde la fe.

domingo, 1 de febrero de 2015

Los 10 principios de la Doctrina Social de la Iglesia




1. La dignidad de la persona humana[1].

Todo ser humano es creado a imagen de Dios y redimido por Jesucristo y, por lo tanto,  es de un valor incalculable y digno de respeto como miembro de la familia humana. Este es el principio fundamental de la enseñanza social católica. Toda persona es digna de respeto, prescindiendo de raza, sexo, edad, patria, religión, inclinaciones sexuales, empleo o nivel económico, salud, inteligencia, éxitos o cualquier otra característica diferenciadora. No es lo que uno hace o tiene lo que da derecho al respeto,  lo que establece la dignidad de uno es sencillamente el ser una persona humana. Dada esa dignidad, la persona humana en  la visión católica  nunca es un medio, es siempre un fin.

El cuerpo de la DSI comienza con la persona humana, pero no termina ahí. Los individuos tienen su dignidad personal; pero el individualismo no tiene lugar en el pensamiento social católico. El principio de la dignidad humana da a la persona el derecho a la pertenencia, como miembro, a una comunidad, la familia humana. Por tanto, compete a las instancias comunitarias y sociales velar por el cumplimiento de este derecho. Sólo con la acción acorde de todos los hombres y pueblos se puede alcanzar una auténtica fraternidad universal, por el contrario, la existencia de graves desigualdades rompe esos lazos fraternos.

2. El respeto por la vida humana[2].

Toda persona, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, posee una inherente dignidad y el derecho a la vida, que fluye inevitablemente de dicha dignidad. La vida humana en cualquier estadio de su desarrollo o decadencia es preciosa y, por lo tanto, digna de protección y respeto. Es imprescindible que los poderes públicos y las organizaciones internacionales velen por su protección. La Iglesia siempre ve  lo sagrado de la vida humana como parte de cualquier visión moral en orden a una sociedad justa y buena, lo contrario sería caer en el totalitarismo que niega el valor de algún tipo de vida humana, frente a ello, la Iglesia afirma el valor absoluto de toda vida humana.

3. El principio de socialidad[3].

La DSI proclama que la persona humana no es solamente sagrada sino también social. La manera cómo organicemos nuestra sociedad en economía y política, en las leyes y ordenamiento político, afecta directamente a la dignidad humana y a la capacidad de los individuos de desarrollarse en la comunidad. La pieza central de la sociedad es la familia: la estabilidad de la familia debe siempre ser protegida y nunca socavada. Mediante la asociación con otros, sea en familias y en otras instituciones sociales que fomentan el crecimiento, protegen la dignidad y promueven el bien común, la persona humana alcanza su realización. Pero donde mejor alcanza la persona su socialización es en el seno de la familia, de ahí que las instituciones estatales están llamadas a garantizar y favorecer la genuina identidad de la vida familiar y a evitar y combatir todo lo que le pueda dañar. Esto exige de la acción política, la salvaguarda de los valores de la familia y la promoción de la convivencia familiar.

4. El principio de participación[4].

Las personas tienen el derecho y el deber de participar en la sociedad, buscando juntos el bien común y el bienestar de todos, especialmente de los pobres y más vulnerables. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. No puede ser delimitada o restringida a algún contenido particular de la vida social, dada su importancia para el crecimiento en ámbitos como el mundo del trabajo y de las actividades económicas, la información y la cultura y la vida social y política. Desde esta perspectiva hay que favorecer la participación de los más débiles.

Este principio se aplica de manera especial a las condiciones relativas al trabajo. El trabajo es más que un medio de ganarse la vida; es una forma de participación continua en la acción creadora de Dios. Si se ha de proteger la dignidad del trabajo, se deben respetar los  derechos fundamentales de los trabajadores: el derecho a un trabajo productivo, a un salario decente y justo, a organizar sindicatos y a afiliarse a ellos, a la propiedad privada, y a la iniciativa económica.

5. La opción preferencial por los pobres[5].

Nosotros creemos que estamos en contacto con  Cristo cuando lo estamos con los pobres. El relato de Mateo 25, 31ss nos ofrece la síntesis de la fe cristiana sobre el juicio de Dios al hombre. Desde sus primeros días la Iglesia ha enseñado que seremos juzgados por lo que hayamos elegido hacer o no hacer al hambriento, al sediento, al enfermo, al que no tiene hogar, al encarcelado. Hoy la Iglesia expresa esta enseñanza  con los términos de «opción preferencial por los pobres».

El amor preferencial por los pobres viene exigido por el bien común. Lo opuesto al rico y poderoso es el pobre y desvalido. Si el bien de todos, el bien común, ha de prevalecer, la protección preferencial ha de ser para los afectados negativamente por la ausencia de poder y por la presencia de privación. De lo contrario, el equilibrio requerido para mantener a la sociedad unida se romperá en detrimento del conjunto. 

La opción preferencial por los pobres es una forma específica del ejercicio de la caridad cristiana. Se refiere a la vida de cada cristiano en cuanto imitador de Cristo, pero también se aplica a las responsabilidades sociales. En la situación actual de globalización, este amor preferencial cobra una importancia muy grande a la hora de la toma de decisiones políticas o económicas. Éstas pueden ayudar o no a acabar con las injusticias sociales que llenan el orbe.

6. El principio de solidaridad[6].

Teniendo en cuenta que la solidaridad puede darse entre personas y en la misma sociedad, ésta puede ser considerada como un principio social y como una virtud moral. En tanto que principio social, la solidaridad supone un principio ordenador de la sociedad. Las estructuras de pecado deben ser superadas y transformadas en estructuras de solidaridad. Pero si la consideramos como una virtud moral, la solidaridad es una determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, no un mero sentimiento de cercanía al sufrimiento del prójimo. De una o de otra manera, la solidaridad indica el conjunto de vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos.

El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos, pues son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como el patrimonio común constituido por la cultura, la ciencia y los bienes materiales y espirituales producidos por la actividad humana[7].

7. El principio de subsidiaridad[8]. 

El principio de subsidiaridad pone un límite adecuado a la acción del gobierno, insistiendo en que ninguna instancia superior debe realizar una función que pueda ejercer eficaz y eficientemente, en un nivel inferior, una organización de personas o grupos más cercanos a los problemas y cercanos a la base. Los gobiernos opresores violan siempre el principio de subsidiaridad; los gobiernos excesivamente activos también violan, a veces, este principio.

Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, es decir, las agrupaciones grupales de tipo económico, social, cultural o de cualquier otro tipo que hacen efectivo el crecimiento social. Es el ámbito de la llamada sociedad civil, entendida como el conjunto de las relaciones entre individuos y entre sociedades intermedias. La red de estas relaciones forma el tejido social y constituye la base de una verdadera comunidad de personas[9].

La negación de este principio limita o anula la libertad individual y de los grupos sociales. Con este principio contrastan todas las formas de centralización, burocratización o asistencialismo por las que el estado interfiere negativamente en el desarrollo social. Para que pueda ser efectivamente realizado debe promoverse el primado de la persona y de la familia, la valoración de las asociaciones civiles y la salvaguarda de los derechos de los hombres, los pueblos y las minorías. El estado deberá ejercer una función de suplencia cuando la propia constitución de la sociedad no pueda por sus propios medios cubrir todas las necesidades sociales básicas. Este principio es uno de los más universales y reconocidos por todas las instancias internacionales.

8. La caridad.

La caridad debe ser considerada como criterio supremo y universal de la vida social. La convivencia humana resulta ordenada, fecunda en el bien y apropiada a la dignidad del hombre, cuando se funda en la verdad; cuando se realiza según la justicia, es decir, respetando los derechos y deberes de todos; cuando se realiza en la libertad que corresponde a la dignidad de las personas y cuando es vivificada por el amor. La caridad, por tanto, es la base de la organización social.

La caridad presupone y trasciende la justicia, esta debe complementarse con la caridad, la justicia, por sí misma no crearía una verdadera realidad humana. Las relaciones humanas no pueden regularse humanamente sólo con la medida de la justicia. Ninguna regla o conjunto de reglas, por sí mismas, pueden conseguir la unidad de los hombres, la fraternidad y la paz social. Sólo la caridad puede animar y plasmar la actuación social para edificar la paz. La justicia brota de la racionalidad de la naturaleza humana, partiendo del principio de dar a cada uno «lo suyo», pero la caridad va más allá y amplía el concepto de justicia de un doble sentido. Por una parte, tiene un alcance universal, llega a todos sin exclusión; por otra parte, subraya la responsabilidad social sobre las situaciones de injusticia presentes[10].

La caridad nos hace amar el bien común, respetar los derechos de los demás, ceder en nuestros legítimos derechos y situar los bienes en la perspectiva de su destino universal; la caridad es el núcleo sobre el que se construye el proyecto de nueva civilización, y ello debido a que la caridad es la forma de todas las virtudes, lo que significa que «en la vida cristiana, todo tiende hacia ella y todo encuentra en ella su sentido»[11].

 9. El bien común[12].

Por bien común se entiende el conjunto de condiciones que permite a las personas alcanzar el desarrollo pleno de sus capacidades humanas y llegar a la realización de su dignidad humana. Las condiciones sociales que la Iglesia tiene en mente presuponen el respeto por la persona, el bienestar social y el desarrollo del grupo y el mantenimiento, por parte de la autoridad pública, de la paz y la seguridad. Hoy, en una época de interdependencia global, el principio del bien común apunta a la necesidad de estructuras internacionales que puedan promover el justo desarrollo de las personas y familias en el ámbito regional y nacional.

El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad, nadie está exento de colaborar, según sus propias capacidades, para conseguir el adecuado desarrollo de este principio. Siendo todos partícipes del deber de colaborar, también lo son del disfrute de sus beneficios, por ello, es contrario a él la situación de injusticia que en la actualidad relega a tres cuartas partes de la humanidad a una situación de miseria y pobreza que conculca gravemente la dignidad humana.

10. El destino universal de los bienes[13].

El principio del bien común tiene como implicación obligada el destino universal de los bienes. Dios ha destinado la tierra y lo que contiene para uso de todos los hombres y todos los pueblos. La raíz primera del destino universal de los bienes está en la voluntad de Dios de que la tierra satisfaga las necesidades de toda la raza humana. La persona no puede prescindir de los bienes materiales para alimentarse, crecer, desarrollarse y relacionarse, de ahí la necesidad de que su destino sea común y no puedan ser reducidos al orden privado.

Este principio invita a considerar la economía desde los valores de la justicia y la solidaridad. La ciencia económica debe estar al servicio del hombre con el fin de hacer un mundo justo donde todos los pueblos puedan desarrollar sus posibilidades humanas. Por ello, la Iglesia reconoce la función social de cualquier forma de posesión privada. El hombre no puede tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino a la vez como comunes a todo el género humano. «El destino universal de los bienes comporta vínculos sobre su uso por parte de los legítimos propietarios»[14]. El individuo debe tener en cuenta al obrar los efectos del uso de su legítima propiedad, por lo que hay que tener en cuenta el uso o desuso que se dé a los mismos. Ninguna posesión puede considerarse indiferente por el influjo que ejerce sobre los individuos o las sociedades. Aquél que idolatra sus bienes, resulta poseído por ellos. Sólo reconociendo la dependencia de los bienes del Creador y orientándolos al bien común, pueden ser instrumentos útiles para el crecimiento de los pueblos.[15]

Estos diez principios de la DSI pueden ser utilizados para vertebrar una alternativa a la globalización postmoderna que está siendo muy perjudicial para el ser humano y la misma vida en el planeta. Formalmente hablando podemos considerarla como una alternativa desde el sistema, por tanto como un reformismo. La DSI no aboga por cambios de tipo revolucionario, aunque su propuesta pueda ser considerada como revolucionaria, dadas las circunstancias en las que nos encontramos y según algunos textos más audaces de la misma. Se presenta ante todo como una reflexión moral que se ayuda de las ciencias y de la experiencia creyente y que tiene como referencia constante el Evangelio de Jesús de Nazaret.

La DSI puede ser considerada como una alternativa a la globalización postmoderna que puede estar llevando a la humanidad a un callejón sin salida ecológico y humano. Esta propuesta se construye como una civilización del amor que unifica a los hombres en lo común humano y les propone el camino del ser frente al del tener. La Iglesia se opone a una globalización que destruye cada día una parte de la humanidad y de su medio ecológico, y propone una nueva civilización nacida de la fe en la humanidad que Dios mismo demostró al encarnarse en su propio hijo. La civilización del amor es la alternativa de la Iglesia a la globalización postmoderna.

____ Notas_____

[1] GS 19, 9; CA 53.
[2] Catecismo de  la Iglesia Católica, 2258. En adelante CIC.
[3] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 45, 46; LE 10.
[4] OA 22; GS 75; CA 46; LE 14; CIC 1913-1917.
[5] SRS 42.
[6] CIC 1939-1941; SRS 36-38; CA 57.
[7] Cf., Pontificio consejo «Justicia y Paz», Compendio de la doctrina social de la Iglesia, BAC, Madrid, 2005, 99-100.
[8] GS 65 ; QA 79; CA 48, 49; SRS 15.
[9] Cf., Pontificio consejo «Justicia y Paz», Compendio…, 93.
[10] Cf., Martín Gelabert Ballester, Para encontrar a Dios. Vida teologal, San Esteban-Edibesa, Salamanca-Madrid, 2002, 266.
[11] Ibidem, 264.
[12] GS 26; OA 46
[13] GS 69; LE 19; SRS 42; PP 22.
[14] Pontificio consejo «Justicia y Paz», Compendio…, 89.
[15] Cf., Ibidem, 90.

jueves, 29 de enero de 2015

Espiritualidad de la evangelización



Nueva Evangelización y Espiritualidad Misionera en el inicio del Tercer Milenio
Juan Esquerda Bifet


La «Nueva Evangelización», en su aspecto más importante, se concreta en el «nuevo fervor de los apóstoles», que equivale al espíritu o «espiritualidad misionera». Sólo a partir de esta espiritualidad será posible encontrar los «nuevos métodos» y «nuevas expresiones», que reclama la «Nueva Evangelización».

El inicio del tercer milenio pone de relieve las nuevas situaciones geográficas, sociológicas y culturales (cf. RM 37-38), así como los nuevos «signos de esperanza» (TMA 46) y las nuevas gracias, que indican el «amanecer» de «una nueva época misionera» (RM 92). Todo ello reclama unas actitudes nuevas por parte de los evangelizadores, que se concretan en la espiritualidad misionera (cf AG 29; 23-25; EM 75-82; RM 87-92).

El problema que queda por estudiar es el de las líneas actuales de la espiritualidad misionera, en relación con la nueva evangelización y en vistas a la evangelización en el tercer milenio del cristianismo. Las nuevas situaciones y las nuevas gracias abren nuevas posibilidades de evangelización, mientras, al mismo tiempo, indican unas nuevas exigencias, que se traducen en espiritualidad misionera. No se trata sólo de una reflexión teológica sobre el tema, sino de discernir esas exigencias y señalar las actitudes que debe asumir el evangelizador.

Los documentos magisteriales postconciliares del Vaticano II indican una dinámica nueva, más existencial o experiencial, que intentamos resumir en el apartado n. 3. En realidad, la misión, bajo la fuerza del Espíritu Santo, se concreta en «transmitir a los demás la propia experiencia de Jesús» (RM 24). Según parece, el desafío mayor de toda la historia de la evangelización, hasta el presente, es el encuentro entre experiencias de Dios: por parte del cristianismo y de las otras religiones. La respuesta a ese desafío deberá ser por parte de «testigos de la experiencia de Dios» (RM 91; cf. EN 76).

Si, por una parte, «al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida» (Bula «Incarriationis Mysterium», n. l), por otra parte, «nuestra poca fe ha hecho caer en la indiferencia y alejado a muchos de un encuentro auténtico con Cristo» (ibídem, n. 1 l).3 De ahí deriva una urgencia mayor de renovación eclesial (Iglesia misterio, comunión y misión), en la línea de la espiritualidad misionera.

La espiritualidad misionera se abre camino en la misionología

Los temas de «espiritualidad» y de «misión» han encontrado su lugar respectivo en la teología (Teología de la espiritualidad y Misionología). La «espiritualidad» indica una «vida» o «camino» según el «Espíritu» (cf. Gal 5,25; Rom 8,4.9). «Se llama espiritual quien obra según el Espíritu». La «misión» puede estudiarse en su naturaleza (teología dogmática), en su metodología (teología pastoral) y en su vivencia (teología espiritual o espiritualidad).

La espiritualidad misionera indica, pues, el «espíritu» con que se vive la misión, o también una vida según el Espíritu Santo que es la fuerza de la misión. «La actividad misionera exige, ante todo, espiritualidad específica», que se delinea como «plena docilidad al Espíritu» (RM 87) y «comunión íntima con Cristo» (RM 88).

Hoy la «espiritualidad misionera» ya tiene carta de ciudadanía, respecto a la terminología (cf. AG 29; RM 87) y a los contenidos. Éstos han quedado resumidos especialmente en AG 23-25, EN 75-82 y RM 87-92: fidelidad al Espíritu Santo, intimidad con Cristo (o experiencia de Cristo), vocación misionera, virtudes del misionero, oración y contemplación, fidelidad y amor de Iglesia, la figura materna de María. El punto de referencia es la figura del Buen Pastor y su imitación por parte de las diversas figuras misioneras de la historia, según las diversas líneas de la «vida apostólica» (seguimiento radical de Cristo, vida comunitaria y disponibilidad misionera).

Esta espiritualidad es una función de la misma teología, en cuanto que toda reflexión teológica debe tender simultáneamente a la fundamentación dogmática, a la aplicación pastoral y a la vivencia espiritual. Cada uno de los temas o contenidos, que hemos anotado en el párrafo anterior, puede desarrollarse según diversas dimensiones: trinitaria, cristológica, pneumatológica, eclesiológica, histórica, antropológica, etc.

Pero, más allá de los conceptos (por válidos que sean), la espiritualidad misionera debe dejar traslucir el misterio de Dios Amor manifestado en Cristo, que llama a la contemplación de la Palabra, al seguimiento evangélico, a la vida de comunión eclesial y a la disponibilidad misionera. Todavía cabe distinguir, en la profundización de los conceptos, si se trata de la espiritualidad misionera de todo cristiano, del apóstol en general o del misionero en particular (vocación misionera específica, carisma misionero peculiar, etc.).

He querido sintetizar brevemente el significado y los contenidos de la espiritualidad misionera, tal como hoy van entrando pacíficamente en los estudios misionológicos, para intentar dar un salto de calidad, que nos sitúa ante la urgencia de esa misma espiritualidad misionera, en vistas a la nueva evangelización (como nuevo fervor de los apóstoles) y en el inicio de un tercer milenio del cristianismo.

En efecto, el problema más urgente de la evangelización actual es el encuentro entre las diversas experiencias religiosas, como auténtica experiencia del mismo Dios que ha ido sembrando las «semillas del Verbo» en todas las culturas y religiones. Se podría decir, pues, que la espiritualidad misionera se concreta hoy especialmente en el testimonio de la experiencia de Dios (traducida en anuncio, servicios de caridad, etc.), por parte del apóstol (cf. EN 76, RM 91), como fidelidad a la acción actual del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo, para que las semillas del Verbo lleguen a «su madurez en Cristo» (RM 28). Es lo que intento analizar en los apartados siguientes.

Situaciones nuevas que piden la experiencia contemplativa del apóstol (contenidos de la encíclica «Fides et Ratio»)

Probablemente la inmediatez del problema impide ver su perspectiva a importancia. La sociedad actual (postmoderna?), cansada de ideologías a inclinada hacia lo útil y constatable, no deja de buscar la trascendencia: «Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca, sin embargo, por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, el mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismo conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible» (EN 76).

A pesar de la ambigüedad del fenómeno religioso actual, hay que constatar que «se busca la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización» (RM 38). Mientras tanto, las religiones buscan el contacto con el cristianismo para preguntar sobre su peculiar experiencia de Dios. De ahí que pueda afirmarse que «el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación» (RM 91).

El tema de las «semillas del Verbo» (y «preparación evangélica»), que ya ha sido objeto de diversos estudios actuales, se presenta hoy como momento de llegada a su «madurez en Cristo». Si hay que admitir «la presencia y la actividad del Espíritu... en las culturas y las religiones», no es menos cierto que «es también el Espíritu quien esparce las semillas de la Palabra presentes en los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en Cristo» (RM 28).

Habrá que profundizar en la experiencia de Cristo, por parte del apóstol, en el sentido de adoptar «actitudes interiores» (EN 75), es decir, convicciones, motivaciones, decisiones, que se traduzcan en encuentro o relación personal con Cristo, seguimiento, comunión eclesial y misión. Más allá de un análisis teológico, filosófico o psicológico del tema de la experiencia, habrá que partir de la realidad revelada expresada por San Juan: «Hemos visto su gloria» (Jn 1,14); «lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida... Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos» (1Jn 1,1.3).

Por esto, se puede afirmar que «el misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble» (RM 91). En este sentido, el desafío actual del encuentro entre las diversas experiencias de Dios en las religiones, se convierte en el mayor desafío que ha tenido la historia de la evangelización. Pero ello es un signo de esperanza.

El deseo y la búsqueda de Dios, hoy, por parte de la sociedad en general y, de modo especial, por parte de las religiones, pone en evidencia que «en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios» (enc. Fides et Ratio, FR n. 24). «El hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda» (ibídem 27). Es «búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse» (ibídem, 33). Por esto, el apóstol debe saber anunciar con franqueza que «en Jesucristo, que es la Verdad, la e reconoce la llamada última dirigida a la humanidad, para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia» (ibídem).

Se necesita mucha audacia y coherencia (nacidas de un encuentro personal con Cristo), para poder anunciar al mundo de hoy esta experiencia de fe, que es siempre fruto del Espíritu Santo (cf. RM 24). Cualquier destello de verdad, que Dios ya ha sembrado en el corazón humano, se dirige necesariamente hacia la verdad completa, que Dios nos ha manifestado por su revelación en Cristo. Sin la experiencia verdadera de encuentro con Cristo, el apóstol caería en uno de esos dos extremos igualmente erróneos: pensar que todas las religiones ya son la verdad plena (sin Jesucristo) o querer imponer la propia fe sin respetar la hora de Dios (la acción de la gracia).

La búsqueda de Dios, que anida en todo corazón humano y que conduce al encuentro definitivo con Cristo, es un cuestionamiento para la persona del apóstol. La verdad completa se encuentra sólo en Cristo. A la luz de esta convicción y en la línea de la paciencia milenaria de Dios, «es posible superar las divisiones y recorrer juntos el camino hacia la verdad completa, siguiendo los senderos que sólo conoce el Espíritu del Señor resucitado» (FR 92).

El camino de la reflexión humana, inherente a toda cultura y religión, no se opone a la revelación sobrenatural. Por esto, el anuncio de la fe cristiana (aunque sea con términos filosóficos y teológicos de otra cultura) «ha estimulado ciertamente la razón a permanecer abierta a la novedad radical que comporta la revelación de Dios» (FR 101). Por este mismo anuncio, «el hombre contemporáneo llegará así a reconocer que será tanto más hombre cuanto, entregándose al Evangelio, más se abra a Cristo» (FR 102).

Pero este anuncio misionero comporta, por parte del apóstol, una convicción y una vida coherente, de suerte que se vea en él la experiencia de haber encontrado a Cristo. Entonces aparecerá que «la revelación cristiana es la verdadera estrella que orienta al hombre... es la última posibilidad que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto originario de amor iniciado en la creación» (FR 15). Un testimonio de las bienaventuranzas, por una caridad heroica, se hace transparencia del misterio de la muerte y resurrección de Cristo y, consecuentemente, «rompe los esquemas habituales de reflexión» para abrirse a la fe (cf. FR 23). Toda cultura «tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina» (FR 71), pero necesita la gracia y el testimonio cristiano, «que sabe acoger cada cultura, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito, hacia su plena explicitación en la verdad» (ibídem).

La actitud de espiritualidad misionera equivale a detectar con respeto, tanto las «semillas del Verbo», presentes en toda cultura y religión, como la plenitud que sólo se encuentra en Cristo, el Verbo encarnado. «La Iglesia sabe que los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» están ocultos en Cristo (Col 2,3)» (FR 51). Y también cree que «la promesa de Dios en Cristo llega a ser, ahora, una oferta universal... como patrimonio del que cada uno puede libremente participar» (FR 70). Aunque hay semillas de verdad y de bien en todas las culturas y religiones, como dones de Dios concedidos a todos los pueblos, «el anuncio o kerigma llama a la conversión, proponiendo la verdad de Cristo que culmina en su Misterio pascual. En efecto, sólo en Cristo es posible conocer la plenitud de la verdad que nos salva (cf. Hech 4,12; 1Tim 2,4-6)» (FR 99). Cristo es la «única respuesta a los problemas del hombre» (FR 104).

Los caminos o vías que conducen a la verdad son muchos y variados. La única meta final y el «Camino» verdaderamente salvífico es solo Jesucristo. Por esto, «cualquiera de estas vías puede seguirse, con tal de que conduzca a la meta final, es decir, a la revelación de Jesucristo» (FR 38). Cualquier reflexión humana, filosófica y teológica, debe estar abierta al infinito del misterio de Dios Amor en Cristo. Por esto, «la Verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal que dirige, estimula y hace crecer (cf. Ef 4,15) tanto la teología como la filosofía» (FR 92).

La espiritualidad misionera ayudará a adoptar una actitud equilibrada, para descubrir los valores auténticos de toda cultura (como valores universales y preparación evangélica), purificarlos cuando sea necesario, abrirlos a la plenitud en Cristo y compartir con todos los pueblos y culturas esos dones y gracias recibidas del mismo Dios (cf. FR 71-72). Este proceso de inculturación será auténtico si se convierte en misión universal. La misión de insertar el evangelio en una cultura hace posible que el mismo proceso de inculturación se convierta en proceso de misión a todos los pueblos.

El problema misionero más urgente de la evangelización actual es el de la espiritualidad misionera del apóstol: ¿Qué actitud debe asumir el apóstol ante la realidad de gracia existente en culturas y religiones, a partir del hecho de que «el Verbo Encarnado es el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad» (TMA 6)?. Se trata de saber reconocer gozosamente esta realidad, discernirla a la luz del Espíritu Santo y encontrar los caminos evangélicos para que se realice el encuentro explícito con Cristo.

Este desafío forma parte de los «signos de esperanza» de nuestra época (TMA 46). Las nuevas situaciones geográficas, sociológicas y culturales (cf. RM 37-38) urgen a reconocer que «la Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la humanidad: en Cristo, que se proclama "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14,6). Es la vida cristiana para el encuentro con Dios, para la oración, la ascesis, el descubrimiento del sentido de la vida. También éste es un areópago que hay que evangelizar» (RM 38).

La dinámica experiencial de los documentos magisteriales postconciliares

El paso que intento dar, en el presente estudio sobre la espiritualidad misionera, consiste en presentar la urgencia de esta espiritualidad como «experiencia» de Dios, para responder a los desafíos de la nueva etapa de evangelización (que he resumido en el apartado anterior). Pero este paso (que describiré en el apartado n. 4) necesita una aportación previa y que ofrezca garantía, es decir, la dimensión experiencial y vivencial de los documentos magisteriales en relación con la misión (que resumo en el presente apartado).

No resulta fácil, en la reflexión teológica, aceptar términos psicológicos, como es el caso de la «experiencia». Pero es un hecho de la revelación cristiana constatado por Juan: «Hemos visto su gloria» (Jn 1,14), «lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos» (1Jn 1,1.3). La realidad existe (es decir, la «experiencia» de haber encontrado a Cristo); la naturaleza de la misma queda siempre para el estudio teológico, que deberá tener en cuenta los dos factores básicos: la gracia y la naturaleza humana. Para nuestro caso, nos basta, por el momento, con constatar esta realidad en los documentos magisteriales actuales, referentes a la evangelización.

En la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, Pablo VI indicó esta línea experiencial para poder responder a los desafíos de la sociedad actual: «El mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismo conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible» (EN 76). En esta misma perspectiva experiencial, Juan Pablo 11, en la encíclica Redemptoris Missio, presenta la misión como comunicación de una «experiencia»: «La venida del Espíritu Santo los convierte (a los Apóstoles) en testigos o profetas (Hech 1,8; 2, 17-18), infundiéndoles una serena audacia que les impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la esperanza que los anima» (RM 24).

La misma «espiritualidad misionera», cuyos contenidos quedan descritos en RMi cap. VIII, tiene esta línea experiencial por parte del apóstol: «Precisamente porque es enviado, el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento de su vida. "No tengas miedo... porque yo estoy contigo" (Hech 18, 9-10). Cristo lo espera en el corazón de cada hombre» (RM 88).

El resultado de esta perspectiva existencial de la espiritualidad misionera se concreta en esta afirmación: «El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir, como los Apóstoles: "Lo que contemplamos... acerca de la Palabra de vida..., os lo anunciamos" (1Jn 1,1-3)» (RM 91). Por esto, «nota esencial de la espiritualidad misionera es la comunión íntima con Cristo» (RM 88).

La realidad de fe, a la que hace referencia esta experiencia misionera, es la presencia de Cristo resucitado en la vida del apóstol (cf. Mt 28,20) y la unión del mismo Cristo con cada ser humano redimido: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (GS 22; cf. Jn 1,14).

En realidad, todo ser humano experimenta la voz de Dios en el fondo de su corazón: «Porque el hombre time una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (GS 16). El misterio del hombre se descifra, a la luz del misterio de Cristo, escuchando la voz de Dios en el propio corazón: «Por su interioridad (el hombre) es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino» (GS 14).

Todo ello reclama, por parte del creyente y, de modo especial, por parte del evangelizador, una fe más vivencial, que no se reduzca a la afirmación de unos conceptos (cuya validez no se pone en duda): «Urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida... La fe es una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6). Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (cf. Gal 2,20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos» (VS 88).

La «mirada contemplativa» del apóstol (cf. EV 83) le ayudará a «ver» a Cristo donde, humanamente hablando, parece que no está (cf. Jn 20,8). Esa mirada de fe vivencial sabrá respetar los valores culturales y religiosos (como «semillas del Verbo»), mientras, al mismo tiempo, sabrá purificarlos y llevarlos a «su madurez en Cristo» (cf. RM 28). Una señal de autenticidad será la capacidad de no absolutizar ninguna cultura (ni reflexión filosófico-teológica, por válida que sea). De este modo, la inculturación del evangelio, en unas determinadas coordenadas, se convertirá en una nueva plataforma para evangelizar a todas las culturas y a todos los pueblos.

La terminología existencial o experiencial tiene, pues, carta de ciudadanía en el campo misionológico, gracias también a los documentos magisteriales. Será difícil, es verdad, precisar los términos y evitar excesos de más o de menos. Pero la evangelización será siempre, si es auténtica, un «amor apasionado por Jesucristo» (VC 109), que lleva necesariamente al «anuncio apasionado de Jesucristo» (VC 75). Se pasa necesariamente de la contemplación a la misión: «Alimentando en la oración una profunda comunión de sentimientos con El (cf. Fil 2,5-11), de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda su acción apostólica esté sostenida por la contemplación» (VC 9).

La «pasión» del «anuncio» no es fundamentalismo, sino «conocimiento amoroso», convicción profunda, motivación clara y entrega generosa, dentro de los planes salvíficos de Dios en la historia humana, que dejan entrever su paciencia milenaria... Esta «pasión» se puede concretar en esta afirmación clave referente al tercer milenio: «En el 2000 deberá resonar con fuerza renovada la proclamación de la verdad: "Ecce natus est nobis Salvator mundi"» (TMA 38). En efecto, «del conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de evangelizar, y de llevar a otros al sí de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe» (CEC 429).

La espiritualidad misionera se concreta en actitud relacional con Cristo, puesto que él es el punto de referencia para «comprender y vivir la misión» (RM 88). En realidad, no es más que la puesta en práctica de las directrices paulinas sobre la sintonía con «los sentimientos de Cristo» (Fi7 2,5): «El estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente interior, que la formación deberá custodiar y valorizar: se trata de la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesús... un modo de estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo, buen Pastor» (PDV 57).

Esta «relación» con Cristo se traduce en «una comunión de vida y de amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo» (PDV 72). Toda la formación del apóstol consiste en «un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre» (VC 65).

La espiritualidad misionera es, pues, «fe vivida», de la que María es modelo perfecto (cf. TMA 43). Por esto, «la misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros» (RM 11). Sin esta perspectiva «espiritual» (que es fidelidad al Espíritu Santo), las teorías sobre la misión surgen sin control, según las preferencias intelectuales de quien las elabora. Una actitud de fe sabrá encontrar teorías válidas y estimulantes, basadas en que la misión «dimana del amor fontal o caridad del Padre» (AG 2) y tiene un objetivo final: «Así, por fin, se cumple verdaderamente el designio del Creador, al hacer al hombre a su imagen y semejanza, cuando todos los que participan de la naturaleza humana, regenerados en Cristo por el Espíritu Santo, contemplando unánimes la gloria de Dios, puedan decir: "Padre nuestro"» (AG 7).

Si la misión tiende al encuentro con Cristo, ello reclama, por parte del evangelizador, la propia experiencia de encuentro con el Señor (cf. RM 88, citado más arriba). Entonces, «al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida» (Bula Incarnationis Mysterium, n. 1).

La reflexión filosófica y teológica, así como los esquemas metodológicos de pastoral, son necesarios; pero deben dejar traslucir el «más a11á» que es el misterio de Cristo y que «supera toda ciencia» (Ef 3,19). Toda búsqueda humana, si es auténtica, tiende a llegar, guiada por la gracia, al encuentro y «a la revelación de Jesucristo» (FR 38). «La Verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal que dirige, estimula y hace crecer (cf. Ef 4,15) tanto la teología como la filosofía» (FR 92).

Inicio del tercer milenio: Hacia una nueva etapa de la evangelización por medio de la espiritualidad misionera

A primera vista, puede parecer pretensión exagerada el querer acaparar la atención sobre la espiritualidad misionera; pero, como hemos indicado en el apartado n. 1, se trata de la vivencia de la misión, sin olvidar sus contenidos y desafíos teológicos y pastorales. La espiritualidad no es espiritualismo, sino vivencia (bajo la acción del Espíritu) del ser y del obrar.

La llamada a la misión, en estos momentos de inicio de un tercer milenio, tiene esta perspectiva de llamada a la santidad, que es elemento esencial de la espiritualidad misionera: «Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos. Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitudes y deseos de nuestro tiempo» (RM 92).

En realidad, ésa fue también la llamada del concilio en el decreto Ad Gentes: «Puesto que toda la Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios, el Santo Concilio invita a todos a una profunda renovación interior a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su cometido en la obra misional entre los gentiles» (AG 35).

El inicio de un tercer milenio se encuadra en la perspectiva de la revelación sobre el Verbo encarnado. Es el gran evento: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). Es, pues, normal que se urja a anunciar esta revelación divina a todas las gentes, sin ambigüedades: «En el 2000 deberá resonar con fuerza renovada la proclamación de la verdad: Ecce natus est nobis Salvator mundi» (TMA 38).

Nos encontramos ante el significado salvífico del tiempo (que no necesita que sea exacto cronológicamente en cuanto a las fechas concretas que se quieren celebrar). Efectivamente, «en Jesucristo, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios» (TMA 10). Es decir, si desde la Encarnación, «el Hijo de Dios... se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (GS 22), ello significa que la historia de cada pueblo (cultura y religión) tiene las huellas o «semillas» del Verbo, que esperan un encuentro de madurez o plenitud (cf. Jn 1,14; RM 28).

Con esta perspectiva de experiencia de encuentro con Cristo, el apóstol capta, por sintonía de fe, que «el Verbo Encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda expectativa humana» (TMA 6). Solamente una actitud contemplativa, a modo de «un conocimiento de Cristo vivido personalmente» (VS 88), será capaz de aceptar gozosamente y de descubrir las enormes potencialidades misioneras de estas afirmaciones: «En El (Cristo) el Padre ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia» (TMA 5).

El paso a un tercer milenio pone más en evidencia que «la encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana» (Bula Incarnationis Mysterium, 1).

Para que «al encontrar a Cristo, todo hombre descubra el misterio de su propia vida» (Bula IM l), se necesita que el apóstol sea testigo experiencial de este mismo encuentro, según los contenidos que hemos explicado sobre la espiritualidad misionera (cf. nn. 1-3 del presente estudio). El objetivo de la evangelización, en línea paulina, es el de «formar a Cristo» en los demás (Gal 4,19). El objetivo que «deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros» (RM 11), también al estilo de San Pablo: «Cristo quien vive en mí... vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20).

El testimonio de las «bienaventuranzas», que ya hemos resumido más arriba (apartado n. 2), se concreta en la disponibilidad «martirial». El martirio, tan frecuente en nuestros días, es una nota constante de la misión. «Un signo perenne, pero hoy particularmente significativo, de la verdad del amor cristiano es la memoria de los mártires. Que no se olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor. El mártir, sobre todo en nuestros días, es signo de ese amor más grande que compendia cualquier otro valor... El creyente que haya tomado seriamente en consideración la vocación cristiana, en la cual el martirio es una posibilidad anunciada ya por la Revelación, no puede excluir esta perspectiva en su propio horizonte existencial. Los dos mil años transcurridos desde el nacimiento de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los mártires» (Bula IM 13).

La espiritualidad misionera del apóstol es una experiencia de la propia pobreza, en la que se han encontrado las huellas de Cristo (por el don de la fe). De esta experiencia humilde y agradecida nace la misión sin fundamentalismos ni reduccionismos. El encuentro con Cristo no es una conquista de la razón, sino una gracia que reclama la propia colaboración. « ¡La fe se fortalece dándola! » (RM 2)

Con esta actitud experiencial, se aprende a discernir y apreciar todas las «semillas del Verbo», escondidas bajo los signos pobres de cualquier cultura y situación humana, apreciando cualquier valor cultural (que es siempre de interés universal), sin hacerlo exclusivo y sin absolutizarlo por encima de la revelación. Cualquier valor humano es un don de Dios que lleva al encuentro con Cristo. Con esta audacia, Juan Pablo 1l formula un deseo para el tercer milenio: «Deseo expresar firmemente la convicción de que el hombre es capaz de llegar a una visión unitaria y orgánica del saber. Este es uno de los cometidos que el pensamiento cristiano deberá afrontar a to largo del próximo milenio de la era cristiana» (FR 85).

Conclusión: La renovación de la Iglesia por la espiritualidad misionera

Es un hecho fácilmente constatable el de la llamada a una renovación eclesial por la línea de la espiritualidad y santificación. El decreto «Ad Gentes» ha dejado constancia de esta llamada urgente en vistas a la misión: «El Santo Concilio invita a todos a una profunda renovación interior» (AG 35).

La espiritualidad misionera (sin ser exclusiva ni excluyente) será la nota dominante de la nueva evangelización en el inicio del tercer milenio. Efectivamente, «la santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo en la misión de la Iglesia» (RM 77). Por esto, «la llamada a la misión deriva, de por sí, de la llamada a la santidad. Cada misionero to es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad. La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión... La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad. El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos... Es necesario suscitar un nuevo anhelo de santidad entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana» (RM 90).

Estas afirmaciones pueden sonar a tópico, por el hecho de repetirse con frecuencia; pero, en el presente estudio, hemos centrado la atención sobre la experiencia de Dios Amor (revelado en Cristo) por parte del apóstol, en vistas a poder presentar el mensaje cristiano a quienes ya tienen una verdadera experiencia del mismo Dios, pero todavía no han llegado al encuentro explícito con Cristo. No estaría bien confundir la «espiritualidad misionera» con cualquier tipo de enfoque o de estilo de la misión. La «espiritualidad» es una «vida según el Espíritu», que pide a la Iglesia una fidelidad mayor para hacerse transparencia del mensaje evangélico. Se trata de un compromiso de « santificación y renovación para que la señal de Cristo resplandezca con mayores claridades sobre el rostro de la Iglesia» (LG 15).

Si la espiritualidad misionera es una fidelidad al Espíritu Santo en el campo de la misión, los campos actuales del diálogo interreligioso, de la inculturación y de la nueva evangelización, constituyen un nuevo modo de «escuchar la voz del Espíritu» (Apoc 2,7). « Hoy la Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia nuevas fronteras, tanto en la primera misión ad gentes, como en la nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las Iglesia particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu» (RM 30).

Acertar en el camino de la nueva evangelización con ocasión de iniciar un tercer milenio, supone, también por parte del apóstol, un actitud de propia «conversión». Esta actitud cristiana de conversión equivale a la apertura generosa hacia los nuevos planes salvíficos de Dios en Cristo. «Es necesaria una radical conversión de la mentalidad para hacerse misioneros, y esto vale tanto para las personas, como para las comunidades... Sólo haciéndose misionera la comunidad cristiana podrá superar las divisiones y tensiones internas y recobrar su unidad y su vigor de fe» (RM 49).

El encuentro del cristianismo con los creyentes de otras religiones comporta, por parte del cristiano, una actitud de permanente conversión: «Cada convertido es un don hecho a la Iglesia y comporta una grave responsabilidad para ella... porque, especialmente si es adulto, lleva consigo como una energía nueva, el entusiasmo de la fe, el deseo de encontrar en la Iglesia el Evangelio vivido. Sería una desilusión para él, si después de ingresar en la comunidad eclesial encontrase en la misma una vida que carece de fervor y sin signos de renovación. No podemos predicar la conversión, si no nos convertimos nosotros mismos cada día» (RM 47).

La espiritualidad misionera para una nueva evangelización en el inicio del tercer milenio del cristianismo, es un campo de educación y formación de la comunidad eclesial para colaborar a que las «semillas del Verbo» realicen el encuentro con las huellas explícitas del Verbo. Se podrían señalar tres líneas de actuación: la) tomar conciencia de este momento de nuevas gracias para el campo de la evangelización («kairós»); 2a) responder con el testimonio de una vida más contemplativa y evangélica (bienaventuranzas y consejos evangélicos); 3a) disponerse para una preparación cultural y teológica que responda a los desafíos y a las necesidades del diálogo interreligioso y de la inculturación.

La Iglesia se inspira en la figura de María, «trono de la sabiduría», quien, «engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre» (FR 108). Así se presenta como Iglesia misterio (signo de Cristo), que es fraternidad y comunión misionera