Parroquia La Milagrosa (Ávila)
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sábado, 30 de enero de 2016

Padre, que todos sean uno (Jn 17,21)



ESTRASBURGO (FRANCIA).


Hemos terminado la semana de oración por la Unidad de los Cristianos y me he encontrado con esta reflexión que nos puede ayudar a que trabajar y vivir por la unidad no sea cosa de un octavario, sino de todos los días


ECLESALIA.- 25/01/16.- Estamos celebrando de enero. Esta fecha se ha ido constituyendo en una cita anual que, los cristianos de distintas confesiones, nos damos para orar por la unidad de la Iglesia de Cristo. Es de Cristo de donde brota la unidad de la Iglesia, por ello cuanto más vivimos de Cristo y en Cristo, más cerca estamos los unos de los otros.

Este año, han sido los cristianos de Letonia, quienes han preparado las celebraciones para esta semana de oración por la unidad, invitándonos a reflexionar sobre la grandeza del bautismo, que nos lleva a tomar conciencia de nuestra vocación común. El texto de la primera carta de Pedro, “Destinados a proclamar las grandezas del Señor” (1Pe 2,9), ha sido escogido como el lema de esta Semana de Oración por la Unidad. Todos los cristianos estamos llamados a proclamar lasgrandezas de Dios, como sal y luz que den alegría al mundo e ilumine las oscuridades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

La idea fundamental que se quiere transmitir con el texto bíblico: “destinados a proclamar las grandezas del señor” (cf. 1 Pe 2,9), es que todos los bautizados, formando parte de diferentes Iglesias y comunidades eclesiales, compartimos la misma vocación a proclamar las grandezas del Señor y la misma llamada a la santidad.

Durante esta semana, los cristianos que profesamos una misma fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, nos unimos y reunimos en oración para pedir la unidad de la Iglesia de Cristo. Orar por la Unidad es una exigencia, bautismal y evangélica que expresa el deseo de Jesús: “Padre, que todos sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17,21). La oración es la expresión del ecumenismo espiritual, que está al alcance de todos, el cual estamos llamados a vivir, con la certeza de que la oración y la fe mueven montañas y hacen avanzar la unidad de los cristianos.

La división entre los cristianos es un gran cuestionamiento y responsabilidad. Es urgente, pues, que tomemos conciencia del pecado comunitario como es la división. La división entre los cristianos es un escándalo para el mundo no creyente y causa del ateísmo moderno. La división que existe entre las diferentes confesiones cristianas aleja a muchos hombres y mujeres de la fe en Cristo y en su Iglesia. La división es de una gran responsabilidad para quienes profesamos una misma fe en Cristo. Ella es un gran obstáculo para el anuncio del Evangelio. El mundo no puede creer que seamos discípulos de Cristo viéndonos tan divididos, tan alejados los unos de los otros, y hasta condenándonos los unos a los otros; pensando que nuestra Iglesia es la única que posee la verdad plena; y desde esta certeza nos atrevemos a condenar a los hermanos que profesan la misma fe en Cristo. El ecumenismo nos llama a la conversión constante, sin conversión y cambio de mentalidad, la unidad no será posible. La unidad no se realiza en la disciplina y decretos, si bien son necesarios; sino en el corazón, en la inteligencia de la fe y profundidad del amor de unos con otros.

Siendo una realidad que la división existente, no hemos de desanimarnos y si que hemos de reconocer todo lo que se ha avanzado en este camino de acercamiento de unas confesiones con otras; realizando proyectos pastorales y sociales conjuntos, que hace un siglo eran impensables de soñar. Por ello, damos gracias a Dios con el deseo renovado de seguir trabajando y orando para que la unidad de la Iglesia de Cristo sea cada día más real y visible.

Sin ignorar la división existente y el dolor que supone el no poder compartir juntos la eucaristía, no nos quedemos tan sólo en lo que nos separa, sino que tratemos de avanzar en aquello que nos une. Y potenciando lo que ya nos une, poco a poco, se irán clarificando y desapareciendo los obstáculos que nos separan; como dice el papa Francisco: “vivamos la unidad de las Iglesias reconciliadas”.

El Papa Francisco insiste a tiempo y a destiempo para crear una cultura de unidad, de comunión, de familia universal; como fue el deseo de Dios Padre desde el principio de la Creación. Los gestos del papa Francisco hablan por sí solos. ¡Aprendamos! Él hace todo cuanto puede, para derribar los muros de separación y crear lazos de acercamiento, de conocimiento mutuo y de amistad; y así poder avanzar en este proceso de diálogo teológico y eclesiológico que faciliten la unidad visible, tan necesaria para nuestro mundo roto y en continuo conflicto.

Quienes compartimos un mismo bautismo, estamos llamados a vivir la unidad, a trabajarla, primero en nosotros mismo, para luego ser instrumentos de unidad, al interior de nuestra propia familia, comunidad parroquia y a nivel de la Iglesia universal (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Quiero terminar con una oración:

Dios y Padre de todos, que nos has enviado a tu Hijo, nacido de una mujer, para redimir a la Humanidad, para hermanarnos unos con otros, para enseñarnos el camino del amor, de la paz y la unidad.

Jesús, con tu vida y ejemplo, nos ha mostrado el camino a seguir, pues, tú mismo eres el Camino que conduce al Padre de todos los creyentes.

Cristo, con tu resurrección nos has dado a todos una nueva vida, llena de esperanza, de gozo y de luz.

Que tu resurrección, oh Cristo, nos ayude a quitar las piedras de nuestras divisiones, a salir de la oscuridad de nuestros sepulcros, para convertirnos en Luz para este mundo tan necesitado de ella; en Sal que de sabor y despierte el deseo de escudriñar las Santas Escrituras, tu Palabra, donde realmente aprendemos a conocerte, y conociéndote amarte y amándote también amar a nuestros hermanos.

Que desde la fe en tu resurrección, piedra angular de nuestra unidad, formaremos todos unidos un mundo mejor, un mundo donde cada persona sea reconocida, respetada y amada en lo que ella es: hija e hijo de Dios.

Te pedimos la unidad del corazón y de la inteligencia de la fe, y desde esta unidad seamos piedras vivas en la construcción de tu Iglesia, para que ella aparezca ante el mundo lo que realmente es: Santa e Inmaculada, sin fisura ni mancha alguna. Concédenos, Señor, la gracia de embellecer, con nuestra vida, a nuestra Madre la Iglesia, en lugar de crearle arrugas y manchas que empañan su Esplendor y Belleza con nuestra de sus hijos y hermanos. Amén

domingo, 24 de enero de 2016

Alberto Iniesta: Aquella primavera eclesial


ECLESALIA: Entre los principales actores eclesiales de la transición política y religiosa en España suele destacarse al cardenal Tarancón, y creo que con razón, pero, si queremos ser justos con la historia, hay que citar a otros protagonistas, colectivos unos, personalidades individuales, otras. Entre los primeros están los movimientos apostólicos comprometidos con la clase trabajadora, con el mundo juvenil y estudiantil, las comunidades de base como alternativa de Iglesia, las parroquias populares, los sacerdotes obreros, los religiosos y las religiosas en barrios, etc. Entre las personalidades que ocuparon un lugar relevante en aquella –corta, todo hay que decirlo- primavera de la Iglesia católica española se encuentra Alberto Iniesta, obispo auxiliar de Madrid, fallecido el pasado 3 de enero, un día antes de cumplir 90 años.

Los largos años de silencio, desde poco después de su jubilación, han podido hacer olvidar u oscurecer el significativo papel que jugó en la reforma de la Iglesia católica española, que no acababa de poner en práctica la nueva eclesiología del Concilio Vaticano II, ni desvincularse definitivamente de los cuarenta años de legitimación del franquismo. Por eso, con motivo de su fallecimiento, creo necesario hacer memoria histórica de su figura, como ejemplo y referente de un cristianismo liberador, que tiene mucho enseñarnos de cara al futuro.

Alberto Iniesta fue, sin duda, uno de los testigos y protagonistas más lúcidos y coherentes de la transición política de la dictadura a la democracia y de la transición religiosa de la Iglesia nacionalcatólica a la del Concilio Vaticano II, y uno de los obispos que puso en práctica la reforma conciliar de manera más auténtica y desafió al franquismo en los momentos finales de la vida del dictador. Esto sucedió con la homilía del 4 de octubre de 1975 en la que denunció, junto con el papa Pablo VI, la ejecución de cinco condenados, pidió la supresión de la pena de muerte de la legislación española y reprobó el uso de torturas para conseguir declaraciones de los reos, “lo cual –dijo- ha ocurrido recientemente en nuestro país”. Para protegerse de la indignación del gobierno y de las amenazas de muerte de la extrema derecha que provocó la homilía, se vio obligado a huir a Roma, donde contó con el apoyo de Pablo VI.

Iniesta entendía la Iglesia como pueblo de de Dios, comunidad de creyentes codirigida por los laicos, comprometida con los sectores más vulnerables de la sociedad y conciencia crítica del poder. Con esa orientación participó activamente en la Asamblea Conjunta Obispos-Sacerdotes celebrada en Madrid en 1971, que hizo autocrítica por su alianza con la dictadura, denunció los enormes desequilibrios económicos y la ausencia de derechos humanos, rompió con el franquismo y defendió la democracia. Dentro del clima de reconciliación que reinaba entonces en la Iglesia católica, apoyó una de las conclusiones más conflictivas que contó con un amplio apoyo de los sacerdotes y obispos, pero no fue aprobada por no contar con los dos tercios requeridos: la que pedía perdón por no haber sido testigos de la reconciliación en la guerra entre hermanos.

Hizo realidad ese modelo de Iglesia en el barrio madrileño popular de Vallecas, de clase obrera, de izquierdas y con importante presencia del Partido Comunista. Mantuvo una estrecha relación -personal, social y eclesial- con el padre Llanos, a quien, en el prólogo a Confidencias y confesiones, del propio José María de Llanos, califica de “colaborador cercano” y de quien se consideraba “amigo entrañable”. En su actividad pastoral y socio-política tuvo como guía la teología de la liberación contando con las orientaciones éticos-proféticas del “jesuita sin papeles” José María Díez-Alegría y el asesoramiento de Casiano Floristán y Julio Lois, profesores del Instituto superior de Pastoral y cualificados representantes de dicha tendencia teológica en España, que fueron a vivir a Vallecas coincidiendo con el nombramiento de Iniesta como obispo auxiliar de ese distrito madrileño.

Otro buen amigo de Iniesta fue Alfonso Carlos Comín, en su opinión uno de los principales intelectuales en el debate sobre el posible interacción entre marxismo y cristianismo. Lo visitó unos días antes de su muerte y le recordaba “con su cara afilada, su barba puntiaguda, sus ojos profundos…, y con unas grandes almohadas a su espalda, como el clásico dibujo de don Quijote en su lecho de muerte”. Iniesta solía citarlo como ejemplo de militante comunista y de cristiano comprometido, casi con las mismas palabras del título de uno de los libros de Comín: “Cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia” (Laia, Barcelona, 1977).

Sintonizó, y mucho, con el cristianismo liberador latinoamericano. Prueba de ello fue la asistencia como único obispo español, en representación de numerosos colectivos cristianos de base del estado Español, al funeral y entierro del arzobispo de San Salvador, monseñor Romero, asesinado mientras celebraba misa el 24 de marzo de 1980. Su actitud ético-evangélica se caracterizó, en palabras suyas, por la “opción preferencial por los pobres y por los oprimidos, a favor de la justicia, la fraternidad y la solidaridad, siendo la voz de los sin voz y apoyo de los más débiles”.

Conformó la Vicaría de Vallecas al modo asambleario, con la celebración de la Asamblea Conjunta de la Iglesia de Vallecas, cuyo final se vio truncado por la prohibición gubernamental, y en clave comunitaria, con el reconocimiento de los numerosos movimientos cristianos de base, más cercanos a la experiencia de la Iglesia de los orígenes que a la organización jerárquico-patriarcal actual.

Iniesta fue, uno de los redactores, junto con los obispos progresistas Teodoro Úbeda, Ramón Echarren y Javier Osés, del documento “Servicio pastoral a las pequeñas comunidades cristianas”, de 1982, que reconoce humildemente la posibilidad de equivocarse -“y hasta pecar”-, de los obispos, así como su ausencia habitual del vivir cotidiano de dichas comunidades cristianas, al tiempo que expresa la necesidad de abrirse a las críticas, defiende la eclesialidad de las pequeñas comunidades y propone como compromiso preferente de los obispos la promoción de nuevas comunidades. Este documento fue uno de los pocos gestos de aproximación y de comprensión hacia las comunidades de base por parte de la jerarquía católica española, que, desde su nacimiento, las vio con recelo, cuando era una de las experiencias eclesiales más auténticas que surgieron en continuidad con el Vaticano II.

En su libro Convicciones y recuerdos, prologado por el obispo auxiliar, ya emérito, Alberto Iniesta, Casiano Floristán, que fue su compañero de estudios de teología en la década de los 50 del siglo pasado en Salamanca y, luego, colaborador en Vallecas, recuerda que el cardenal Tarancón no estuvo presente en el momento de la prohibición gubernamental de la Asamblea Conjunta de Vallecas, lo que provocó “gran sorpresa e irritación de la feligresía vallecana”. Quizá se debiera a que, como el mismo Casiano afirma, aun reconociendo que “fue el cardenal de la transición, a Tarancón le faltó una punta de profetismo y le sobró concordismo”.

Con Alberto Iniesta se hizo realidad, si bien por poco tiempo, la utopía de Otra Iglesia Posible en un barrio popular de Madrid con una amplia proyección y gran influencia en otros lugares de nuestro país. ¿Por qué no va a hacerse realidad hoy?


*Director de la Cátedra de teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Invitación a la utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis (Trotta, 2012).

sábado, 26 de septiembre de 2015

La meta es la felicidad, el camino...


Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,43b-45):

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.»​

Señor Jesús,
tú para nosotros eres el hermano cariñoso,
el amigo oportuno,
el vecino siempre dispuesto a la ayuda 
y ese familiar siempre preocupado de que todo vaya bien 
y de que no falte nada el día de la fiesta.

Señor Jesús,
tú para nosotros eres el prójimo cercano que a veces ni conocemos,
pero que está ahí esperando de nosotros una mirada,
un gesto, una palabra… una vida dispuesta a echar una mano, 
pero también eres el prójimo lejano,
aquel que nos muestran los reportajes y las campañas,
aquel que nos exige a cada uno, en conciencia,
levantarnos, luchar, defender
y comprometernos con la justicia global de los últimos.

Señor Jesús,
tú eres para nosotros el principio y el fin,
el motivo, la razón, la fuente, el sentido,
la posibilidad, la dignidad, el compromiso, la liberación;
nuestra causa, nuestra profecía,
nuestra vida y nuestra resurrección.
Tú eres el Señor de la historia,
el Señor de mi historia,
el Señor de nuestra vida.

Así sea
Oscar Alonso

jueves, 10 de septiembre de 2015

Carta del Visitador de la Provincia de Madrid sobre ayuda a los refugiados


El Visitador de la Provincia canónica de Madrid, P. Joaquín González, C. M., ha escrito una carta-circular a todos los miembros de dicha Provincia. En ella expone lo que él y su Consejo Provincial han decidido sobre el drama y la situación trágica de los refugiados.

El núcleo fundamental de la carta dice: “Desde el Consejo Provincial, queremos hacer una llamada a cada una de nuestras Comunidades para que os mantengáis en permanente contacto con las Cáritas diocesanas respectivas u otros organismos especializados. De esta manera, cuando se concrete el número y necesidades de los que llegarán a España, podremos poner a disposición de estos refugiados, siempre que sea posible, aquellos recursos de que disponemos en cada uno de los lugares donde nos hallamos presentes. En unos casos, serán inmuebles propios de la Congregación. En otros, serán casas parroquiales o diocesanas. Desde el Consejo Provincial, también estamos pensando en cómo dar la respuesta más adecuada al problema. En definitiva, se trata de ofrecer una ayuda en la medida de nuestras posibilidades”.

Por su importancia, urgencia y actualidad, ponemos, a continuación, la carta-circular íntegra en formato PDF.



miércoles, 24 de junio de 2015

Ecologismo de frontera


BILBAO (VIZCAYA)

ECLESALIA, 22/06/15.- Leí hace algún tiempo a González Faus una reflexión sobre que los obispos del s. XXI deberán ser hombres de frontera y no hombres de barreras. Esta es la actitud que ha tomado el obispo de Roma, a la sazón papa Francisco, al escribir su primera encíclica centrada en el problema ecológico que le hemos creado a nuestro planeta y sobre el cuidado de lo que él llama “la casa común”.

En una primera lectura, me quedo con su escritura diáfana y clara, alejada de otro tiempo en el que las encíclicas eran para iniciados en teología y que además estuvieran familiarizados con el lenguaje formalista y curial; el texto que nos ocupa es accesible a cualquier laico -incluido el precio, que no llega a tres euros- por lo directo y de difícil doble interpretación. En su llamada de atención, el papa recuerda textos de los papas anteriores denunciando este problema estructural, a los que desborda por cantidad y claridad hasta el punto de haber incomodado ya a algunos que se dicen cristianos. Francisco nos señala que muchos de los esfuerzos por buscar soluciones a la crisis medioambiental y al agotamiento de los recursos naturales se frustran no solo por el rechazo egoísta de los poderosos sino, atención, “por la falta de interés de los demás”; es decir, de los cardenales, obispos y de todos nosotros.

Francisco analiza una realidad incómoda para quienes vivimos en el Primer Mundo abusando de una huella ecológica varias veces superior a la que nos podemos permitir, al tiempo que señala a los que más pierden, que son los desheredados de la Tierra como un sinónimo de los predilectos del Maestro; y les hemos apartado de una vida digna por nuestras prácticas del consumismo extremo y selectivo de una minoría consumista que entre otras cosas nos permitimos desperdiciar casi un tercio de los alimentos. Por eso afirma que frente al cambio climático, hay responsabilidades diversificadas (sic) donde los pueblos más vulnerables deben ser objeto de atención prioritaria.

Recuerda con valentía el sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas que logran que el interés económico prevalezca sobre el bien común. Escribe desde la esperanza -“el amor social”-, la necesidad de diálogo en serio y la educación porque lo cierto es que el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista. Dedica un capítulo entero a “la raíz humana de la crisis ecológica” donde la ciencia y la tecnología no son neutrales en nuestra cultura del relativismo. Él lo resume en una idea troncal muy clarificadora de que no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental que incluye también a la ecología de la vida cotidiana.

El papa echa en falta con urgencia la presencia de otra globalización que tenga una  visión de futuro en la que emerja una verdadera autoridad política mundial sin recetas uniformes y no, añado yo, el poder omnímodo de la codicia que todo lo envenena. Reitera lo contrario de lo que hoy es la hoja de ruta bendecida por no pocos católicos: la política no debe someterse a la economía  y ésta no debe someterse a los dictámenes de la tecnocracia. Llega a proponer que tenemos que convencernos de que desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo puede dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo. Exactamente lo contrario al modelo de globalización materialista que llevan con mano de hierro el Banco Mundial, el FMI, la troika, los mercados, los actuales dirigentes de la UE, de Estados Unidos, de España…

Naturalmente que también nos habla de Dios y de Francisco de Asís (el título de la encíclica es una alabanza que cantaba el santo) afirmando que la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo, convertido en el modelo omnipresente y obsesivo actual. Nos habla del amor social como fuente del verdadero desarrollo más humano, más digno, en suma más cristiano. Acaba la encíclica con dos bellas oraciones acordes con la sensibilidad ecológica.

En definitiva, estamos ante un análisis en clave de denuncia profética pero que no ha querido cargar sobre los posibles culpables o responsables (en alguna medida todos lo somos) sino en la urgencia de mirar el mundo con una mirada diferente, responsable y madura, sintiéndonos amados por el amor del Dios de la vida y por el sufrimiento de la mayoría de los seres humanos como sufridores que son del grave atentado estructural a nuestra ecología. A quien le piquen las palabras del papa, lo mejor es que se rasque la conciencia.

lunes, 13 de abril de 2015

La resurrección, aquí y ahora (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [8/8]

La mirada al futuro no debe desviar nuestra atención de las urgencias del pre­sente: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?» (Hch 1,11). La nueva Jerusalén no vendrá llovida del cielo. Para nosotros, la resurrección no es sólo una promesa, es también una tarea, según el mandato de Jesús: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad de­monios» (Mt 10,8). La tarea es más urgente porque vivimos en una sociedad enferma de necrofilia que hace de la muerte un espectáculo para el consumo de masas, a la vez que, incapaz de darle un sentido, rehuye y reprime el enfrentamiento personal con ella; una so­ciedad obsesionada por elevar su calidad de vida, pero que puede aceptar pasiva o indi­ferente la mortalidad infantil en el Tercer Mundo y el genocidio de minorías étnicas, el aborto y la eutanasia, el tráfico de armas y las drogas...


Frente a esta cultura de la muerte, los cristianos estamos llamados a continuar la misión sanadora y resucitadora de Jesús. La fe en la resurrección se proyecta activamen­te en la lucha cotidiana por la paz, la justicia y la integridad de la creación.

El futuro de nuestro mundo (Resurreción)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [7/8]


El mundo es nuestra casa. La conciencia ecológica actual ha puesto de relieve la interdependencia entre el hombre y la natura­leza. Un falso concepto de progreso ha lleva­do a la explotación incontrolada de los recur­sos materiales, y a la contaminación y degradación del medio ambiente (atmósfera y suelo, ríos y mares...) en proporciones alarmantes y quizás irreversibles.

En este contexto, la imagen del alumbra­miento puede emplearse también con un al­cance más amplio, que incluya al entero uni­verso. «La ansiosa espera de la creación de­sea vivamente la revelación de los hijos de Dios... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto...» (Rom 8,19-22). Si hablamos del destino escatológico del hombre, no podemos enten­derlo al margen del mundo: la resurrección es inseparable de la nueva creación.

Las promesas de Dios nos hablan de un mundo nuevo, en el que habitará la justicia (cf. 2Pe 3,13); donde no habrá muerte ni llanto (cf. Ap 21,4). Libre de toda alienación y decadencia, la humanidad alcanzará la li­bertad gloriosa de los hijos de Dios (cf. Rom 8,21), y, juntamente con el hombre, el uníverso entero será renovado, reconciliado y recapitulado en Cristo (cf. Col 1,19s).

Contra lo que puedan pensar algunas sectas, ignoramos el tiempo y la manera en que se realizará esta transformación del uni­verso. Cuando Pablo, por ejemplo, escribe que Dios nos ha revelado por su Espíritu «lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado» (cf. 1 Cor 2,9), alude a la profundidad insondable de Dios y al misterio de salvación que se ha realizado en Cristo; si a través de esta revelación pode­mos saber y esperar «lo que Dios tiene pre­parado para los que lo aman», no por eso conocemos la configuración concreta del mundo escatológico.

De un futuro que nos trasciende sólo po­demos hablar con reservas, mediante aproximaciones e inferencias, manteniendo la tensión entre continuidad y ruptura. Aun así, podemos decir esto: El mundo del hom­bre participa también de su destino eterno. No es como el andamiaje que se abandona al terminar una obra, sino más bien como los materiales que se integran en la cons­trucción de la casa. Todos los bienes que Dios ha creado para el hombre y todo lo que hay de bueno en la misma obra huma­na está llamado a integrarse en la realidad del Reino consumado. Como dice el Concilio Vaticano II, «los bienes de la dignidad hu­mana, de la unión fraterna y de la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, des­pués de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, lim­pios ya de toda mancha, iluminados y trans­figurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino» (Gaudium et Spes, 39).

Miedo a nacer (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [6/8]

Habiéndolo dejado todo por Cristo, Pablo llega a valorar positivamente la muerte, en la medida en que le permite alcanzarlo defi­nitivamente: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1,21). Su mira­da y sus deseos están centrados en Cristo: El es la meta de su carrera y el premio que compensa con creces todos los trabajos y pe­nalidades de esta vida (cf. Flp 3,8-14).

Aun compartiendo la fe del Apóstol, nuestra actitud ante la muerte suele ser muy distinta. Cuesta dejar a las personas queri­das, los hábitos y espacios que nos son fami­liares, las obras en que hemos volcado nues­tras mejores energías. La perspectiva de mo­rir se nos presenta como un violento desarraigo, como un profundo desgarro, co­mo una amenaza. Y aunque hayamos apren­dido a no mirar la muerte como enemigo, no podemos dejar de considerarla un intruso, una visita inoportuna y molesta.


Si comprendemos la resurrección como un nuevo nacimiento, nuestra vivencia de la muerte sería parangonable a la que, de manera inconsciente, puede vivir un niño en el momento de su alumbramiento. La expulsión violenta del seno materno es el precio necesario para que el niño pueda de­sarrollar todas sus posibilidades vitales. Entre otras cosas, sólo asi podrá conocer a su madre...

También nuestro ser hijos de Dios se ha­lla como en período de gestación. Sumergi­dos en la muerte de Cristo por el bautismo, hemos recibido el Espíritu del Hijo, que nos hace vivir una vida nueva. Pero esta vida es­tá todavía oculta con Cristo en Dios (Col 3,3). «Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos seme­jantes a él, porque le veremos tal cual es» (Un 3,2). Impulsados por el Espíritu pode­mos ya balbucear: «¡Abbá, Padre!»; pero nuestra relación filial se mueve a tientas; ca­minamos en la fe y no en la visión. «Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido» (1 Cor 13,12).

Ver a Dios cara a cara, conocerle como El nos conoce... expresan en el lenguaje bíblico la profunda intercomunión personal con el Padre y el Mijo que constituye el contenido central de la vida eterna (cf. Jn 17,3).

La añoranza del hogar (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [5/8]

Nuestra vida en este mundo se parece a veces a un destierro. Aun sin llegar a situa­ciones extremas (violencia, marginación, so­ledad, enfermedad, vejez...), en nuestro vi­vir cotidiano predomina el tono gris y monó­tono. Nuestras ansias más profundas de amor, libertad y justicia parecen destinadas a quedar insatisfechas; ninguna realización lle­ga a colmarlas. Los momentos de felicidad son más bien raros y efímeros. Cuando lle­gan, pensamos estar en otro mundo.

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas... Me voy a prepararos el sitio» (Jn 14,2). La resurrección de Jesús ha abier­to el acceso a un mundo nuevo, donde el hombre encontrará su verdadero hogar; allí podrá, al fin, descansar nuestro corazón in­quieto. En medio de tribulaciones, y con una aguda conciencia de la fragilidad humana, Pablo sabe que «quien resucitó al Señor Je­sús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros» (2Cor 4,14). La resurrección de Cristo consti­tuye, en efecto, la primicia y el modelo de la nuestra (cf. ICor 15,20-22.45-49). Por eso el Apóstol puede exclamar confiado: «si esta tienda, que es nuestra morada terrena, se derrumba, tenemos una morada eterna en el cielo...» (¿Cor 5,1 s). El cielo en que sitúa su esperanza no es un espacio frío y descarna­do, sino el ámbito del encuentro cara a cara con el Señor y del reencuentro feliz con los hermanos (cf. 2Cor 5,6-8).

domingo, 12 de abril de 2015

Continuidad y ruptura (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [4/8]

La resurrección no es una reanimación del cadáver para que vuelva a la misma vida de antes. Tampoco es una creación de la nada, como si e¡ que muere y el que resucita no fueran la misma persona. Usando el símil de Pablo, entre el grano que se siembra y la planta que brota hay a la vez continuidad y ruptura (cf. ICor 15,35-53). Esta tensión dialéctica aparece, de manera característica, en los relatos postpascuales.

Por una parte, los evangelistas insisten en la identidad: el que sido resucitado y exaltado a la diestra de Dios como Señor y Juez de la historia, es Jesús de Nazaret, el mismo que había sido crucificado. Por eso, los discípulos encuentran su tumba vacía y, cuando se les aparece, pueden ver en su cuerpo las cicatrices del martirio; por eso también, es posible reconocerle en los gestos habituales de la comensalidad y el servicio (Le 24,30s). Por otro lado, sin embargo, la vida del Resucitado se presenta como una realidad totalmente nueva y desconcertante para sus mismos discípulos. Según los relatos evangélicos, en sus primeras reacciones coexisten la alegría y el espanto. Unas veces le confunden con otra persona (Le 24,16ss; Jn 20,15), y otras creen ver un espíritu (Le 24,37). La mirada iluminada por la fe permite reconocer en él al Maestro, pero ya no es posible retenerlo en este mundo (Jn 20,16s; Le 24,31). Es el Señor (cf. Le 24,34), a quien el Padre ha concedido todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28,18). Por ello, su capacidad de comunicación y de presencia desborda los límites del espacio y del tiempo (cf. Mt 28,19), pero esto no basta para calmar la nostalgia que se hace gri­to impaciente: Maraña tha, ven, Señor Je­sús... (cf. 1 Cor 16,22).

El mundo del hombre participa también de su destino eterno. No es como el andamiaje que se abandona al terminar una obra, sino más bien como los materiales que se integran en la construcción de la casa. Todos los bienes que Dios ha creado para el hombre y todo lo que hay de bueno en la misma obra humana está llamado a integrarse en la realidad del Reino consumado.

viernes, 10 de abril de 2015

El amor que vence a la muerte (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [3/8]

La sabiduría humana conoce la fuerza formidable del amor, equiparable a la de la misma muerte. En lo más profundo de la vi­vencia amorosa puede percibirse un deseo latente de inmortalidad, que G. Marcel ha expresado con frase lapidaria: «Amar a una persona significa decirle: tú no morirás». Esta profunda aspiración del corazón humano alcanza su plena verdad y consistencia en el amor divino. La revelación nos permi­te descubrir cómo el amor de Dios hacia el hombre crea una relación capaz de resistir a la erosión del tiempo y a la voracidad de la muerte.

La fe en la resurrección se apoya preci­samente sobre el convencimiento de que el vínculo que une al hombre con Dios es más poderoso que las garras de la muerte. Diri­giéndose a la multitud congregada el día de Pentecostés, Pedro explica cómo Dios ha re­sucitado a Jesús, pues no podía quedar bajo el dominio de la muerte; en efecto, según el testimonio de la Escritura, Dios no abandona el alma de su siervo en el Hades ni permite que su santo experimente la corrupción (cf. Hch 2,24-32). Esta misma convicción va a alcanzar en Pablo una expresión apasiona­da, casi desafiante: «Ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presen­te ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,38s).

Quien vive en comunión con Dios puede desafiar la muerte, porque tiene ya la vida eterna (cf. Jn 5,24). Pero la comunión con Dios se expresa y verifica en el amor a los hermanos: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (Un 3,14). El grano de trigo, si muere, da mucho fruto (cf. Jn 12,24). Una vida entregada por amor no puede quedar encerrada en el sepulcro; lleva en sí un ger­men de inmortalidad, porque «el amor no acaba nunca» (1 Cor 13,8).

Esta fuerza de amor que vence a la muerte tiene en la revelación cristiana un nombre personal: es el Espíritu Santo. «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Como en la primera creación, el Espíritu de Dios es el principio activo de la vi­da nueva y definitiva (cf. Sal 104, 30; Ez 37,6; Jn 3,5s). Su presencia actual en el cristiano es prenda y primicia de la resurrec­ción futura: «Si el Espíritu de Aquel que resu­citó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11).

Si de verdad le quiere, que le salve (Resurrección)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [2/8]

Lo dicho se aplica también, con la mayor fuerza posible, al martirio de Jesús de Nazaret. A lo largo de su vida, Jesús mostró una confianza ilimitada en Dios, proclamando su amor misericordioso y providente hacia todas las criaturas. Aunque enseñaba a sus discípulos a invocarlo como Padre y a tratarlo con filial confianza, esta actitud alcanzó en él una intensidad única, totalmente característica (cf. Mt 6,9; 7,21; 11,25-27...).

Sin embargo, la relación que unía a Jesús con el Padre queda en entredicho en el momento de su muerte. El grito desgarrador de la cruz («¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»), parece dar la razón a quienes, en son de burla, le provocaban diciendo: «Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere» (Mt 27,43.46). Para los acusadores de Jesús, el silencio de Dios era la desautorización más rotunda, no sólo de su enseñanza, sino de toda su vida. Así quedaba definitivamente demostrado que era un embaucador y un blasfemo (cf. Mt 26,63-66). En cambio, para quienes conocen su verdad y creen en su inocencia, es Dios mismo quien está en causa.

El silencio, la aparente pasividad de Dios ante la muerte de Jesús se rompe «al tercer día». La resurrección de Jesús de entre los muertos y su constitución como «Hijo de Dios con poder», vienen a confirmar la verdad de su pretensión y de su causa. Ya no hay duda de que Dios es verdaderamente su Padre y le quiere, de que está con él y no con sus verdugos, aunque ostenten la máxima autoridad religiosa y política.

La resurrección de Jesús subvierte el orden establecido y desmiente sus falsas apariencias. A través de vigorosas antítesis, los primeros testigos de la Pascua muestran cómo la intervención de Dios ha desautorizado a los poderes constituidos, responsables de la crucifixión de Jesús (cf. Hch 2,22-24). En el fondo, es todo el antiguo régimen de mediciones (Sacerdocio, Ley, Templo...) el que, condenando a Jesús, había firmado su propia sentencia de muerte (cf. Mc 15,38).

La revelación de Dios culmina así de una manera inesperada, aunque coherente con sus manifestaciones anteriores. En el Antiguo Testamento, Yahvé se había identificado por su acción liberadora: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud» (Ex 20,2). Pero seguía actuando el miedo a la muerte, que hace esclavos a los hombres. A partir de ahora el Dios liberador adquiere un nuevo apelativo: «el que resucitó a Jesús de entre los muertos» (cf. Rom 4,24; 8,11). Vencido el miedo a la muerte, la libertad más radical se hace posible: la libertad de sí mismo, que permite dar la vida por el otro, siguiendo el ejemplo del Maestro (Jn 13,14.34).

jueves, 9 de abril de 2015

El Dios que hace lo imposible (Resurreción)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [1/8]

Lo imposible para el hombre puede estar al alcance de Dios, llamado omnipotente. En la realidad concreta no es siempre así, porque el poder de Dios tiene sus propios límites, trazados por su amor y por nuestra libertad. Pero, en este caso, podemos confiar en el poder resucitador de Dios; más aún, debemos hacerlo, con toda la seguridad que nos ofrece la revelación cristiana.


Cuando Jesús responde a los saduceos que «Dios no es un Dios de muertos, sino de vi­vos» (cf. Me 12,18-27), esta afirmación re­presenta el punto culminante de un largo pro­ceso, en el que ha ido madurando la fe de su pueblo. Para Israel, la esperanza en la resu­rrección fue el resultado de llevar hasta sus últimas consecuencias la fe en Yahvé como Dios de la creación y de la alianza. Ante la muerte de sus amigos, ese Dios no podía que­dar impotente o impasible. Y mucho menos si se trataba de un martirio padecido por su causa, por fidelidad a la Ley y a la Alianza, como en el caso de los Macabeos (cf. 2 Mac 7).

La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa


José M. Hernández


La Resurrección de Jesús es fruto de la profunda relación de amor entre Jesús y su Padre. Ese amor no podía ser quebrado por la muerte. Se convirtió en vida nueva, en plenitud de existencia. Nosotros, los cristianos, sabemos que quien vive en comunión con Dios puede desafiar la muerte, porque tenemos ya la promesa de la verdadera vida. La Resurrección de Jesús es anticipo de la nuestra.

El mensaje de la resurrección traspasa los limites de nuestra reali­dad inmediata. Se sitúa más allá de donde alcanzan nuestros senti­dos y desafía toda posibilidad de comprobación empírica. Más bien, la experiencia universal atestigua que, pasado el túnel de la muer­te, ya no hay camino de vuelta. Y si se habla de regreso, de personas que han superado una muerte clínica, en realidad es que no habían llegado hasta el fondo del túnel: se trata sólo de muerte aparente.

Así las cosas, una victoria definitiva sobre la muerte sólo puede ser objeto de fe, nunca de evidencia. Pero cuando esta fe no es pura abstracción, ella misma se convierte en moti­vo de esperanza. Así, desde la fe podemos vivenciar ya la futura resurrección con gozo profundo y sereno: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,29).

Una fe como ésta, que desafía toda evi­dencia, no es propia de espíritus conformis­tas, satisfechos e indolentes. Quien cree en la resurrección no puede resignarse ante las os­curas fuerzas de la naturaleza, tantas veces triunfadora sobre el hombre, ni menos aún doblegarse a las supuestas leyes del progre­so o del mercado, encubridoras a menudo de la ley del más fuerte. Solidaria con todas las víctimas de la historia, esta fe tiene hambre y sed de justicia. Hermana de la revolución y la utopía, se atreve a pedir lo imposible.

Ofrecemos, a continuación, el índice de los enlaces que desarrollan el artículo y que nosotros los hemos dividido en varias entradas del blog, para ofrecer una reflexión pausada y dilatada, en el tiempo pascual, sobre la resurrección de Jesús:

domingo, 1 de febrero de 2015

Los 10 principios de la Doctrina Social de la Iglesia




1. La dignidad de la persona humana[1].

Todo ser humano es creado a imagen de Dios y redimido por Jesucristo y, por lo tanto,  es de un valor incalculable y digno de respeto como miembro de la familia humana. Este es el principio fundamental de la enseñanza social católica. Toda persona es digna de respeto, prescindiendo de raza, sexo, edad, patria, religión, inclinaciones sexuales, empleo o nivel económico, salud, inteligencia, éxitos o cualquier otra característica diferenciadora. No es lo que uno hace o tiene lo que da derecho al respeto,  lo que establece la dignidad de uno es sencillamente el ser una persona humana. Dada esa dignidad, la persona humana en  la visión católica  nunca es un medio, es siempre un fin.

El cuerpo de la DSI comienza con la persona humana, pero no termina ahí. Los individuos tienen su dignidad personal; pero el individualismo no tiene lugar en el pensamiento social católico. El principio de la dignidad humana da a la persona el derecho a la pertenencia, como miembro, a una comunidad, la familia humana. Por tanto, compete a las instancias comunitarias y sociales velar por el cumplimiento de este derecho. Sólo con la acción acorde de todos los hombres y pueblos se puede alcanzar una auténtica fraternidad universal, por el contrario, la existencia de graves desigualdades rompe esos lazos fraternos.

2. El respeto por la vida humana[2].

Toda persona, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, posee una inherente dignidad y el derecho a la vida, que fluye inevitablemente de dicha dignidad. La vida humana en cualquier estadio de su desarrollo o decadencia es preciosa y, por lo tanto, digna de protección y respeto. Es imprescindible que los poderes públicos y las organizaciones internacionales velen por su protección. La Iglesia siempre ve  lo sagrado de la vida humana como parte de cualquier visión moral en orden a una sociedad justa y buena, lo contrario sería caer en el totalitarismo que niega el valor de algún tipo de vida humana, frente a ello, la Iglesia afirma el valor absoluto de toda vida humana.

3. El principio de socialidad[3].

La DSI proclama que la persona humana no es solamente sagrada sino también social. La manera cómo organicemos nuestra sociedad en economía y política, en las leyes y ordenamiento político, afecta directamente a la dignidad humana y a la capacidad de los individuos de desarrollarse en la comunidad. La pieza central de la sociedad es la familia: la estabilidad de la familia debe siempre ser protegida y nunca socavada. Mediante la asociación con otros, sea en familias y en otras instituciones sociales que fomentan el crecimiento, protegen la dignidad y promueven el bien común, la persona humana alcanza su realización. Pero donde mejor alcanza la persona su socialización es en el seno de la familia, de ahí que las instituciones estatales están llamadas a garantizar y favorecer la genuina identidad de la vida familiar y a evitar y combatir todo lo que le pueda dañar. Esto exige de la acción política, la salvaguarda de los valores de la familia y la promoción de la convivencia familiar.

4. El principio de participación[4].

Las personas tienen el derecho y el deber de participar en la sociedad, buscando juntos el bien común y el bienestar de todos, especialmente de los pobres y más vulnerables. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. No puede ser delimitada o restringida a algún contenido particular de la vida social, dada su importancia para el crecimiento en ámbitos como el mundo del trabajo y de las actividades económicas, la información y la cultura y la vida social y política. Desde esta perspectiva hay que favorecer la participación de los más débiles.

Este principio se aplica de manera especial a las condiciones relativas al trabajo. El trabajo es más que un medio de ganarse la vida; es una forma de participación continua en la acción creadora de Dios. Si se ha de proteger la dignidad del trabajo, se deben respetar los  derechos fundamentales de los trabajadores: el derecho a un trabajo productivo, a un salario decente y justo, a organizar sindicatos y a afiliarse a ellos, a la propiedad privada, y a la iniciativa económica.

5. La opción preferencial por los pobres[5].

Nosotros creemos que estamos en contacto con  Cristo cuando lo estamos con los pobres. El relato de Mateo 25, 31ss nos ofrece la síntesis de la fe cristiana sobre el juicio de Dios al hombre. Desde sus primeros días la Iglesia ha enseñado que seremos juzgados por lo que hayamos elegido hacer o no hacer al hambriento, al sediento, al enfermo, al que no tiene hogar, al encarcelado. Hoy la Iglesia expresa esta enseñanza  con los términos de «opción preferencial por los pobres».

El amor preferencial por los pobres viene exigido por el bien común. Lo opuesto al rico y poderoso es el pobre y desvalido. Si el bien de todos, el bien común, ha de prevalecer, la protección preferencial ha de ser para los afectados negativamente por la ausencia de poder y por la presencia de privación. De lo contrario, el equilibrio requerido para mantener a la sociedad unida se romperá en detrimento del conjunto. 

La opción preferencial por los pobres es una forma específica del ejercicio de la caridad cristiana. Se refiere a la vida de cada cristiano en cuanto imitador de Cristo, pero también se aplica a las responsabilidades sociales. En la situación actual de globalización, este amor preferencial cobra una importancia muy grande a la hora de la toma de decisiones políticas o económicas. Éstas pueden ayudar o no a acabar con las injusticias sociales que llenan el orbe.

6. El principio de solidaridad[6].

Teniendo en cuenta que la solidaridad puede darse entre personas y en la misma sociedad, ésta puede ser considerada como un principio social y como una virtud moral. En tanto que principio social, la solidaridad supone un principio ordenador de la sociedad. Las estructuras de pecado deben ser superadas y transformadas en estructuras de solidaridad. Pero si la consideramos como una virtud moral, la solidaridad es una determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, no un mero sentimiento de cercanía al sufrimiento del prójimo. De una o de otra manera, la solidaridad indica el conjunto de vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos.

El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos, pues son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como el patrimonio común constituido por la cultura, la ciencia y los bienes materiales y espirituales producidos por la actividad humana[7].

7. El principio de subsidiaridad[8]. 

El principio de subsidiaridad pone un límite adecuado a la acción del gobierno, insistiendo en que ninguna instancia superior debe realizar una función que pueda ejercer eficaz y eficientemente, en un nivel inferior, una organización de personas o grupos más cercanos a los problemas y cercanos a la base. Los gobiernos opresores violan siempre el principio de subsidiaridad; los gobiernos excesivamente activos también violan, a veces, este principio.

Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, es decir, las agrupaciones grupales de tipo económico, social, cultural o de cualquier otro tipo que hacen efectivo el crecimiento social. Es el ámbito de la llamada sociedad civil, entendida como el conjunto de las relaciones entre individuos y entre sociedades intermedias. La red de estas relaciones forma el tejido social y constituye la base de una verdadera comunidad de personas[9].

La negación de este principio limita o anula la libertad individual y de los grupos sociales. Con este principio contrastan todas las formas de centralización, burocratización o asistencialismo por las que el estado interfiere negativamente en el desarrollo social. Para que pueda ser efectivamente realizado debe promoverse el primado de la persona y de la familia, la valoración de las asociaciones civiles y la salvaguarda de los derechos de los hombres, los pueblos y las minorías. El estado deberá ejercer una función de suplencia cuando la propia constitución de la sociedad no pueda por sus propios medios cubrir todas las necesidades sociales básicas. Este principio es uno de los más universales y reconocidos por todas las instancias internacionales.

8. La caridad.

La caridad debe ser considerada como criterio supremo y universal de la vida social. La convivencia humana resulta ordenada, fecunda en el bien y apropiada a la dignidad del hombre, cuando se funda en la verdad; cuando se realiza según la justicia, es decir, respetando los derechos y deberes de todos; cuando se realiza en la libertad que corresponde a la dignidad de las personas y cuando es vivificada por el amor. La caridad, por tanto, es la base de la organización social.

La caridad presupone y trasciende la justicia, esta debe complementarse con la caridad, la justicia, por sí misma no crearía una verdadera realidad humana. Las relaciones humanas no pueden regularse humanamente sólo con la medida de la justicia. Ninguna regla o conjunto de reglas, por sí mismas, pueden conseguir la unidad de los hombres, la fraternidad y la paz social. Sólo la caridad puede animar y plasmar la actuación social para edificar la paz. La justicia brota de la racionalidad de la naturaleza humana, partiendo del principio de dar a cada uno «lo suyo», pero la caridad va más allá y amplía el concepto de justicia de un doble sentido. Por una parte, tiene un alcance universal, llega a todos sin exclusión; por otra parte, subraya la responsabilidad social sobre las situaciones de injusticia presentes[10].

La caridad nos hace amar el bien común, respetar los derechos de los demás, ceder en nuestros legítimos derechos y situar los bienes en la perspectiva de su destino universal; la caridad es el núcleo sobre el que se construye el proyecto de nueva civilización, y ello debido a que la caridad es la forma de todas las virtudes, lo que significa que «en la vida cristiana, todo tiende hacia ella y todo encuentra en ella su sentido»[11].

 9. El bien común[12].

Por bien común se entiende el conjunto de condiciones que permite a las personas alcanzar el desarrollo pleno de sus capacidades humanas y llegar a la realización de su dignidad humana. Las condiciones sociales que la Iglesia tiene en mente presuponen el respeto por la persona, el bienestar social y el desarrollo del grupo y el mantenimiento, por parte de la autoridad pública, de la paz y la seguridad. Hoy, en una época de interdependencia global, el principio del bien común apunta a la necesidad de estructuras internacionales que puedan promover el justo desarrollo de las personas y familias en el ámbito regional y nacional.

El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad, nadie está exento de colaborar, según sus propias capacidades, para conseguir el adecuado desarrollo de este principio. Siendo todos partícipes del deber de colaborar, también lo son del disfrute de sus beneficios, por ello, es contrario a él la situación de injusticia que en la actualidad relega a tres cuartas partes de la humanidad a una situación de miseria y pobreza que conculca gravemente la dignidad humana.

10. El destino universal de los bienes[13].

El principio del bien común tiene como implicación obligada el destino universal de los bienes. Dios ha destinado la tierra y lo que contiene para uso de todos los hombres y todos los pueblos. La raíz primera del destino universal de los bienes está en la voluntad de Dios de que la tierra satisfaga las necesidades de toda la raza humana. La persona no puede prescindir de los bienes materiales para alimentarse, crecer, desarrollarse y relacionarse, de ahí la necesidad de que su destino sea común y no puedan ser reducidos al orden privado.

Este principio invita a considerar la economía desde los valores de la justicia y la solidaridad. La ciencia económica debe estar al servicio del hombre con el fin de hacer un mundo justo donde todos los pueblos puedan desarrollar sus posibilidades humanas. Por ello, la Iglesia reconoce la función social de cualquier forma de posesión privada. El hombre no puede tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino a la vez como comunes a todo el género humano. «El destino universal de los bienes comporta vínculos sobre su uso por parte de los legítimos propietarios»[14]. El individuo debe tener en cuenta al obrar los efectos del uso de su legítima propiedad, por lo que hay que tener en cuenta el uso o desuso que se dé a los mismos. Ninguna posesión puede considerarse indiferente por el influjo que ejerce sobre los individuos o las sociedades. Aquél que idolatra sus bienes, resulta poseído por ellos. Sólo reconociendo la dependencia de los bienes del Creador y orientándolos al bien común, pueden ser instrumentos útiles para el crecimiento de los pueblos.[15]

Estos diez principios de la DSI pueden ser utilizados para vertebrar una alternativa a la globalización postmoderna que está siendo muy perjudicial para el ser humano y la misma vida en el planeta. Formalmente hablando podemos considerarla como una alternativa desde el sistema, por tanto como un reformismo. La DSI no aboga por cambios de tipo revolucionario, aunque su propuesta pueda ser considerada como revolucionaria, dadas las circunstancias en las que nos encontramos y según algunos textos más audaces de la misma. Se presenta ante todo como una reflexión moral que se ayuda de las ciencias y de la experiencia creyente y que tiene como referencia constante el Evangelio de Jesús de Nazaret.

La DSI puede ser considerada como una alternativa a la globalización postmoderna que puede estar llevando a la humanidad a un callejón sin salida ecológico y humano. Esta propuesta se construye como una civilización del amor que unifica a los hombres en lo común humano y les propone el camino del ser frente al del tener. La Iglesia se opone a una globalización que destruye cada día una parte de la humanidad y de su medio ecológico, y propone una nueva civilización nacida de la fe en la humanidad que Dios mismo demostró al encarnarse en su propio hijo. La civilización del amor es la alternativa de la Iglesia a la globalización postmoderna.

____ Notas_____

[1] GS 19, 9; CA 53.
[2] Catecismo de  la Iglesia Católica, 2258. En adelante CIC.
[3] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 45, 46; LE 10.
[4] OA 22; GS 75; CA 46; LE 14; CIC 1913-1917.
[5] SRS 42.
[6] CIC 1939-1941; SRS 36-38; CA 57.
[7] Cf., Pontificio consejo «Justicia y Paz», Compendio de la doctrina social de la Iglesia, BAC, Madrid, 2005, 99-100.
[8] GS 65 ; QA 79; CA 48, 49; SRS 15.
[9] Cf., Pontificio consejo «Justicia y Paz», Compendio…, 93.
[10] Cf., Martín Gelabert Ballester, Para encontrar a Dios. Vida teologal, San Esteban-Edibesa, Salamanca-Madrid, 2002, 266.
[11] Ibidem, 264.
[12] GS 26; OA 46
[13] GS 69; LE 19; SRS 42; PP 22.
[14] Pontificio consejo «Justicia y Paz», Compendio…, 89.
[15] Cf., Ibidem, 90.