Parroquia La Milagrosa (Ávila)
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domingo, 21 de febrero de 2016

El Video del Papa: El respeto a la Creación



Febrero 2016. El Video del Papa: El respeto a la Creación. Por la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración -http://www.apmej.org).






Visita http://www.elvideodelpapa.org para más información.

viernes, 22 de enero de 2016

Una concepción no lineal, plural y agonista, así es la política según Francisco



MARTÍN PÉREZ MILLÁN*, MENDOZA (ARGENTINA).

ECLESALIA, 15/01/16.- Hoy, luego de dos años y medio de pontificado, es posible apreciar como inequívocamente política la decisión tomada por el colegio cardenalicio de haber elegido al ex cardenal Bergoglio. Para revitalizar a la Iglesia se precisaba construcción y conducción política, y un talante no contaminado por los centros tradicionales de poder.

El Pontífice argentino ha desplazado el centro de gravedad desde Europa hacia América, lo que repercute en la mirada que hace la institución bimilenaria a temas y contenidos no sólo de corte moral, sino también económico, político y social. Para ejemplificar, no hace falta más que repasar sus clarividentes alocuciones ante el Congreso en los Estados Unidos y los Movimientos Populares en Bolivia.

Esos discursos no son más que manifestaciones orales – con grandes repercusiones globales – del contenido vertido en la primera exhortación apostólica y “latinoamericana” de Francisco. Evangelii Gaudium (La Alegría del Evangelio) – publicada en noviembre de 2013 – ha despertado y despierta interés en analistas políticos, economistas, referentes sociales y dirigentes políticos, muchos de los cuales han desfilado con cierto asombro y admiración por la residencia del Papa tercermundista. Este exhorta a los estadistas a rever y replantear las relaciones sociales y económicas, así como a repensar el rol de la política en esa vinculación. Pero, ¿qué concepción de política tiene el líder religioso? Una prudente lectura e interpretación del texto mencionado arrojará muchas luces.

Política no lineal

Las ideas del Santo Padre dan cuenta de una concepción dinámica de la política. Lejos de proponer una concepción funcionalista de sociedad y política, el Santo Padre piensa al espacio político y societal como un espacio en permanente cambio y movimiento, es decir carente de linealidad. La política inyecta ritmo a la vida social y nacional, es concebida como el ámbito donde entran en enfrentamiento diversas ideas y es esa la riqueza.

Reconoce que en esos espacios no se experimenta una repetición regular y sistemática de fenómenos; valora la disparidad de posturas, las ideas antagónicas y la oportunidad de crecimiento a partir de las diferencias. “La teoría funcionalista se preocupa esencialmente del problema de la conservación social mientras que la teoría marxista se preocupa fundamentalmente del cambio social” (Bobbio Norberto, 2008: 77). A ésta última teoría sociológica pertenecen estas ideas, con la adaptación y la hermenéutica pertinentes. Simplificando, los avances y progresos en el seno de la sociedad, según la perspectiva del Papa argentino, se dan por confrontaciones y disputas en el ámbito de la política. Pero arrojemos más luces.

“De acuerdo con el lugar común del pensamiento sociológico, la gran división es la que opone los sistemas que destacan el momento de la cohesión a los sistemas que subrayan el momento de antagonismo” (Bobbio Norberto, 2008: 77). Francisco proyecta una visión de política en la que se percibe la confluencia de antagonismos, no entendidos como posiciones irreconciliables, más si como posiciones diversas, idearios contrapuestos, ideas que disputan mayor poder y visibilidad en un marco de respeto y reconocimiento mutuo.

Política plural y agonista

La politóloga Chantal Mouffe diferencia la política de lo político. La primera remite el campo empírico de la práctica política; lo político pertenece al ámbito de la teoría política, al nivel ontológico. Éste es el que interesa a los objetivos del artículo. “(…) concibo lo político como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas (…)” (Mouffe Chantal, 2005: 16). Realizando una mirada transversal a Evangelii Gaudium, se puede alegar que Francisco propone pensar lo político al modo manifestado por la politóloga belga: procura percibir de un modo político los problemas que enfrentan nuestras sociedades.

Claramente las ideas de Francisco desfilan por un derrotero diferente y en sentido perpendicular al pensamiento liberal actual caracterizado por un enfoque racionalista e individualista que no permite contemplar la naturaleza de las identidades colectivas. “Este tipo de liberalismo es incapaz de comprender en forma adecuada la naturaleza pluralista del mundo social, [rechaza de plano lo político en su dimensión antagónica] (Mouffe Chantal, 2005: 17). Lo que contrasta a ciencia cierta con las expresiones del Vicario de Cristo respecto a su interpretación de la realidad social que califica de dispar, heterogénea e insondable como dispares, heterogéneos e insondables son los grupos socioculturales que la constituyen.

Para Schmitt (en Mouffe Chantal, 2005), “el criterio de lo político (…) tiene que ver con la formación de un nosotros como opuesto a un ellos, y se trata siempre de formas colectivas de identificación”. La reformulación que hace Mouffe de ese criterio convierte la relación nosotros / ellos en posible y conducente en términos democráticos, un modo especial de relación plausible en un marco de respeto y mutua legitimidad: modo agonista de la política.

Este pluralismo y esta forma de observar lo político se hace evidente en Evangelii Gaudium. La creación de una identidad implica el establecimiento de una diferencia. Francisco insta al diálogo y al encuentro de esas identidades y diferencias, de los diversos colectivos sociales y culturas en pos de la concreción del bien común, con acento marcado – muy marcado – en la opción por los pobres.

La creencia en un modo diferente en que se establece la relación nosotros/ellos – una relación agonista donde las partes comparten una base común (un espacio simbólico común dentro del cual tiene lugar el conflicto) y se reconocen mutua legitimidad – es la especificidad de la política democrática (Mouffe Chantal, 2005). Aplicando esta especificidad al pensamiento bergogliano, se puede señalar que el líder católico – al reconocer la diversidad de nuestras sociedades y al interior de cada una de ellas – se muestra animoso con la democracia moderna.

La relación agonista pone en juego la configuración de las relaciones de poder en torno a las cuales se estructura la comunidad local, nacional o global. Es la lucha entre proyectos hegemónicos opuestos, un consenso totalmente inclusivo entre ellos es inconducente. Optar por uno significa excluir el otro. Hoy Bergoglio se inclina y arenga por un cambio de estructuras y sistemas, proyecto que ciertamente tiene como prioridad a los pobres, a aquellos que la sociedad descarta y deshecha. Un proyecto inclusivo de quienes fueron pródigamente excluidos (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

(*) Investigador con aval académico del Centro de Investigaciones de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo. Título de la investigación: Las ideas del Papa Francisco respecto al rol de la política en la conducción de las relaciones económico-sociales. La exhortación apostólica EvangeliiGaudium. Período de beca: enero de 2015 a febrero de 2016.

jueves, 7 de enero de 2016

Creo en el amor (El Video del Papa-Enero) Oración por el Diálogo Interreligioso


El Video del Papa es una iniciativa global desarrollada por la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración) para colaborar en la difusión de las intenciones mensuales del Santo Padre sobre los desafíos de la humanidad.

Mes a mes acompañaremos al Papa Francisco en sus pedidos de oración. Te invitamos a sumarte. Visita la sección "Quiero Involucrarme" para saber cómo.

El proyecto es una idea de La Machi, la consultora de comunicación para buenas causas especializada en valores religiosos y el cuidado de la creación. 

Ha sido posible gracias al aporte desinteresado de quienes nos acompañan.



Que el diálogo sincero entre hombres y mujeres 
de diversas religiones, conlleve frutos de paz y justicia.

Papa Francisco

Enero 2016


lunes, 28 de diciembre de 2015

Vence la indiferencia y conquista la paz - Día Mundial de la Paz 2016 - Papa Francisco (1 DE ENERO DE 2016)


Vence la indiferencia y conquista la paz

1. Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona.

Al comienzo del nuevo año, quisiera acompañar con esta profunda convicción los mejores deseos de abundantes bendiciones y de paz, en el signo de la esperanza, para el futuro de cada hombre y cada mujer, de cada familia, pueblo y nación del mundo, así como para los Jefes de Estado y de Gobierno y de los Responsables de las religiones. Por tanto, no perdamos la esperanza de que 2016 nos encuentre a todos firme y confiadamente comprometidos, en realizar la justicia y trabajar por la paz en los diversos ámbitos. Sí, la paz es don de Dios y obra de los hombres. La paz es don de Dios, pero confiado a todos los hombres y a todas las mujeres, llamados a llevarlo a la práctica.

Custodiar las razones de la esperanza

2. Las guerras y los atentados terroristas, con sus trágicas consecuencias, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las prevaricaciones, han marcado de hecho el año pasado, de principio a fin, multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo, hasta asumir las formas de la que podría llamar una «tercera guerra mundial en fases». Pero algunos acontecimientos de los años pasados y del año apenas concluido me invitan, en la perspectiva del nuevo año, a renovar la exhortación a no perder la esperanza en la capacidad del hombre de superar el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia. Los acontecimientos a los que me refiero representan la capacidad de la humanidad de actuar con solidariedad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas.

Quisiera recordar entre dichos acontecimientos el esfuerzo realizado para favorecer el encuentro de los líderes mundiales en el ámbito de la COP 21, con la finalidad de buscar nuevas vías para afrontar los cambios climáticos y proteger el bienestar de la Tierra, nuestra casa común. Esto nos remite a dos eventos precedentes de carácter global: La Conferencia Mundial de Addis Abeba para recoger fondos con el objetivo de un desarrollo sostenible del mundo, y la adopción por parte de las Naciones Unidas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, con el objetivo de asegurar para ese año una existencia más digna para todos, sobre todo para las poblaciones pobres del planeta.

El año 2015 ha sido también especial para la Iglesia, al haberse celebrado el 50 aniversario de la publicación de dos documentos del Concilio Vaticano II que expresan de modo muy elocuente el sentido de solidaridad de la Iglesia con el mundo. El papa Juan XXIII, al inicio del Concilio, quiso abrir de par en par las ventanas de la Iglesia para que fuese más abierta la comunicación entre ella y el mundo. Los dos documentos, Nostra aetate y Gaudium et spes, son expresiones emblemáticas de la nueva relación de diálogo, solidaridad y acompañamiento que la Iglesia pretendía introducir en la humanidad. En la Declaración Nostra aetate, la Iglesia ha sido llamada a abrirse al diálogo con las expresiones religiosas no cristianas. En la Constitución pastoral Gaudium et spes, desde el momento que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»[1], la Iglesia deseaba instaurar un diálogo con la familia humana sobre los problemas del mundo, como signo de solidaridad y de respetuoso afecto[2].

En esta misma perspectiva, con el Jubileo de la Misericordia, deseo invitar a la Iglesia a rezar y trabajar para que todo cristiano pueda desarrollar un corazón humilde y compasivo, capaz de anunciar y testimoniar la misericordia, de «perdonar y de dar», de abrirse «a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea», sin caer «en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye»[3].

Hay muchas razones para creer en la capacidad de la humanidad que actúa conjuntamente en solidaridad, en el reconocimiento de la propia interconexión e interdependencia, preocupándose por los miembros más frágiles y la protección del bien común. Esta actitud de corresponsabilidad solidaria está en la raíz de la vocación fundamental a la fraternidad y a la vida común. La dignidad y las relaciones interpersonales nos constituyen como seres humanos, queridos por Dios a su imagen y semejanza. Como creaturas dotadas de inalienable dignidad, nosotros existimos en relación con nuestros hermanos y hermanas, ante los que tenemos una responsabilidad y con los cuales actuamos en solidariedad. Fuera de esta relación, seríamos menos humanos. Precisamente por eso, la indiferencia representa una amenaza para la familia humana. Cuando nos encaminamos por un nuevo año, deseo invitar a todos a reconocer este hecho, para vencer la indiferencia y conquistar la paz.

Algunas formas de indiferencia

3. Es cierto que la actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una tipología humana bastante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nuestros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la «globalización de la indiferencia».

La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos[4]. Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recordaba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo[5]; y, precedentemente, Pablo VI había afirmado que «no hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre a lo Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana»[6].

La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo. Desgraciadamente, debemos constatar que el aumento de las informaciones, propias de nuestro tiempo, no significa de por sí un aumento de atención a los problemas, si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario[7]. Más aún, esto puede comportar una cierta saturación que anestesia y, en cierta medida, relativiza la gravedad de los problemas. «Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones—, cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes»[8].

La indiferencia se manifiesta en otros casos como falta de atención ante la realidad circunstante, especialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete[9]. «Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien»[10].

Al vivir en una casa común, no podemos dejar de interrogarnos sobre su estado de salud, como he intentado hacer en la Laudato si’. La contaminación de las aguas y del aire, la explotación indiscriminada de los bosques, la destrucción del ambiente, son a menudo fruto de la indiferencia del hombre respecto a los demás, porque todo está relacionado. Como también el comportamiento del hombre con los animales influye sobre sus relaciones con los demás[11], por no hablar de quien se permite hacer en otra parte aquello que no osa hacer en su propia casa[12].

En estos y en otros casos, la indiferencia provoca sobre todo cerrazón y distanciamiento, y termina de este modo contribuyendo a la falta de paz con Dios, con el prójimo y con la creación.

La paz amenazada por la indiferencia globalizada

4. La indiferencia ante Dios supera la esfera íntima y espiritual de cada persona y alcanza a la esfera pública y social. Como afirmaba Benedicto XVI, «existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra»[13]. En efecto, «sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz»[14]. El olvido y la negación de Dios, que llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma, han producido crueldad y violencia sin medida[15].

En el plano individual y comunitario, la indiferencia ante el prójimo, hija de la indiferencia ante Dios, asume el aspecto de inercia y despreocupación, que alimenta el persistir de situaciones de injusticia y grave desequilibrio social, los cuales, a su vez, pueden conducir a conflictos o, en todo caso, generar un clima de insatisfacción que corre el riesgo de terminar, antes o después, en violencia e inseguridad.

En este sentido la indiferencia, y la despreocupación que se deriva, constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, al bien común, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más preciosos de la humanidad[16].

Cuando afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los proyectos económicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o mantener el poder y la riqueza, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias fundamentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos elementares, como el alimento, el agua, la asistencia sanitaria o el trabajo, se sienten tentadas a tomárselos por la fuerza[17].

Además, la indiferencia respecto al ambiente natural, favoreciendo la deforestación, la contaminación y las catástrofes naturales que desarraigan comunidades enteras de su ambiente de vida, forzándolas a la precariedad y a la inseguridad, crea nuevas pobrezas, nuevas situaciones de injusticia de consecuencias a menudo nefastas en términos de seguridad y de paz social. ¿Cuántas guerras ha habido y cuántas se combatirán aún a causa de la falta de recursos o para satisfacer a la insaciable demanda de recursos naturales?[18]

De la indiferencia a la misericordia: la conversión del corazón

5. Hace un año, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz «no más esclavos, sino hermanos», me referí al primer icono bíblico de la fraternidad humana, la de Caín y Abel (cf. Gn 4,1-16), y lo hice para llamar la atención sobre el modo en que fue traicionada esta primera fraternidad. Caín y Abel son hermanos. Provienen los dos del mismo vientre, son iguales en dignidad, y creados a imagen y semejanza de Dios; pero su fraternidad creacional se rompe. «Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio»[19]. El fratricidio se convierte en paradigma de la traición, y el rechazo por parte de Caín a la fraternidad de Abel es la primera ruptura de las relaciones de hermandad, solidaridad y respeto mutuo.

Dios interviene entonces para llamar al hombre a la responsabilidad ante su semejante, como hizo con Adán y Eva, los primeros padres, cuando rompieron la comunión con el Creador. «El Señor dijo a Caín: “Dónde está Abel, tu hermano? Respondió Caín: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. El Señor le replicó: ¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”» (Gn 4,9-10).

Caín dice que no sabe lo que le ha sucedido a su hermano, dice que no es su guardián. No se siente responsable de su vida, de su suerte. No se siente implicado. Es indiferente ante su hermano, a pesar de que ambos estén unidos por el mismo origen. ¡Qué tristeza! ¡Qué drama fraterno, familiar, humano! Esta es la primera manifestación de la indiferencia entre hermanos. En cambio, Dios no es indiferente: la sangre de Abel tiene gran valor ante sus ojos y pide a Caín que rinda cuentas de ella. Por tanto, Dios se revela desde el inicio de la humanidad como Aquel que se interesa por la suerte del hombre. Cuando más tarde los hijos de Israel están bajo la esclavitud en Egipto, Dios interviene nuevamente. Dice a Moisés: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a liberarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» (Ex 3,7-8). Es importante destacar los verbos que describen la intervención de Dios: Él ve, oye, conoce, baja, libera. Dios no es indiferente. Está atento y actúa.

Del mismo modo, Dios, en su Hijo Jesús, ha bajado entre los hombres, se ha encarnado y se ha mostrado solidario con la humanidad en todo, menos en el pecado. Jesús se identificaba con la humanidad: «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Él no se limitaba a enseñar a la muchedumbre, sino que se preocupaba de ella, especialmente cuando la veía hambrienta (cf. Mc 6,34-44) o desocupada (cf. Mt 20,3). Su mirada no estaba dirigida solamente a los hombres, sino también a los peces del mar, a las aves del cielo, a las plantas y a los árboles, pequeños y grandes: abrazaba a toda la creación. Ciertamente, él ve, pero no se limita a esto, puesto que toca a las personas, habla con ellas, actúa en su favor y hace el bien a quien se encuentra en necesidad. No sólo, sino que se deja conmover y llora (cf. Jn 11,33-44). Y actúa para poner fin al sufrimiento, a la tristeza, a la miseria y a la muerte.

Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre (cf. Lc 6,36). En la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37) denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes: «lo vio y pasó de largo» (cf. Lc 6,31.32). De la misma manera, mediante este ejemplo, invita a sus oyentes, y en particular a sus discípulos, a que aprendan a detenerse ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heridas de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tantas ocupaciones. En efecto, la indiferencia busca a menudo pretextos: el cumplimiento de los preceptos rituales, la cantidad de cosas que hay que hacer, los antagonismos que nos alejan los unos de los otros, los prejuicios de todo tipo que nos impiden hacernos prójimo.

La misericordia es el corazón de Dios. Por ello debe ser también el corazón de todos los que se reconocen miembros de la única gran familia de sus hijos; un corazón que bate fuerte allí donde la dignidad humana —reflejo del rostro de Dios en sus creaturas— esté en juego. Jesús nos advierte: el amor a los demás —los extranjeros, los enfermos, los encarcelados, los que no tienen hogar, incluso los enemigos— es la medida con la que Dios juzgará nuestras acciones. De esto depende nuestro destino eterno. No es de extrañar que el apóstol Pablo invite a los cristianos de Roma a alegrarse con los que se alegran y a llorar con los que lloran (cf. Rm 12,15), o que aconseje a los de Corinto organizar colectas como signo de solidaridad con los miembros de la Iglesia que sufren (cf. 1 Co 16,2-3). Y san Juan escribe: «Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17; cf. St 2,15-16).

Por eso «es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia»[20].

También nosotros estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros[21]. Esto pide la conversión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de abrirse a los otros con auténtica solidariedad. Esta es mucho más que un «sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas»[22]. La solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[23], porque la compasión surge de la fraternidad.

Así entendida, la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nuestro tiempo y de la innegable interdependencia que aumenta cada vez más, especialmente en un mundo globalizado, entre la vida de la persona y de su comunidad en un determinado lugar, así como la de los demás hombres y mujeres del resto del mundo[24].

Promover una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia

6. La solidaridad como virtud moral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige el compromiso de todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas.

En primer lugar me dirijo a las familias, llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro. Ellas son también el ámbito privilegiado para la transmisión de la fe desde aquellos primeros simples gestos de devoción que las madres enseñan a los hijos[25].

Los educadores y los formadores que, en la escuela o en los diferentes centros de asociación infantil y juvenil, tienen la ardua tarea de educar a los niños y jóvenes, están llamados a tomar conciencia de que su responsabilidad tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona. Los valores de la libertad, del respeto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más tierna infancia. Dirigiéndose a los responsables de las instituciones que tienen responsabilidades educativas, Benedicto XVI afirmaba: «Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna»[26].

Quienes se dedican al mundo de la cultura y de los medios de comunicación social tienen también una responsabilidad en el campo de la educación y la formación, especialmente en la sociedad contemporánea, en la que el acceso a los instrumentos de formación y de comunicación está cada vez más extendido. Su cometido es sobre todo el de ponerse al servicio de la verdad y no de intereses particulares. En efecto, los medios de comunicación «no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona»[27]. Quienes se ocupan de la cultura y los medios deberían también vigilar para que el modo en el que se obtienen y se difunden las informaciones sea siempre jurídicamente y moralmente lícito.

La paz: fruto de una cultura de solidariedad, misericordia y compasión

7. Conscientes de la amenaza de la globalización de la indiferencia, no podemos dejar de reconocer que, en el escenario descrito anteriormente, se dan también numerosas iniciativas y acciones positivas que testimonian la compasión, la misericordia y la solidaridad de las que el hombre es capaz.

Quisiera recordar algunos ejemplos de actuaciones loables, que demuestran cómo cada uno puede vencer la indiferencia si no aparta la mirada de su prójimo, y que constituyen buenas prácticas en el camino hacia una sociedad más humana.

Hay muchas organizaciones no gubernativas y asociaciones caritativas dentro de la Iglesia, y fuera de ella, cuyos miembros, con ocasión de epidemias, calamidades o conflictos armados, afrontan fatigas y peligros para cuidar a los heridos y enfermos, como también para enterrar a los difuntos. Junto a ellos, deseo mencionar a las personas y a las asociaciones que ayudan a los emigrantes que atraviesan desiertos y surcan los mares en busca de mejores condiciones de vida. Estas acciones son obras de misericordia, corporales y espirituales, sobre las que seremos juzgados al término de nuestra vida.

Me dirijo también a los periodistas y fotógrafos que informan a la opinión pública sobre las situaciones difíciles que interpelan las conciencias, y a los que se baten en defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías étnicas y religiosas, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de los niños, así como de todos aquellos que viven en condiciones de mayor vulnerabilidad. Entre ellos hay también muchos sacerdotes y misioneros que, como buenos pastores, permanecen junto a sus fieles y los sostienen a pesar de los peligros y dificultades, de modo particular durante los conflictos armados.

Además, numerosas familias, en medio de tantas dificultades laborales y sociales, se esfuerzan concretamente en educar a sus hijos «contracorriente», con tantos sacrificios, en los valores de la solidaridad, la compasión y la fraternidad. Muchas familias abren sus corazones y sus casas a quien tiene necesidad, como los refugiados y los emigrantes. Deseo agradecer particularmente a todas las personas, las familias, las parroquias, las comunidades religiosas, los monasterios y los santuarios, que han respondido rápidamente a mi llamamiento a acoger una familia de refugiados[28].

Por último, deseo mencionar a los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad, y a todos aquellos que abren sus manos para ayudar al prójimo necesitado en sus ciudades, en su país o en otras regiones del mundo. Quiero agradecer y animar a todos aquellos que se trabajan en acciones de este tipo, aunque no se les dé publicidad: su hambre y sed de justicia será saciada, su misericordia hará que encuentren misericordia y, como trabajadores de la paz, serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,6-9).

La paz en el signo del Jubileo de la Misericordia

8. En el espíritu del Jubileo de la Misericordia, cada uno está llamado a reconocer cómo se manifiesta la indiferencia en la propia vida, y a adoptar un compromiso concreto para contribuir a mejorar la realidad donde vive, a partir de la propia familia, de su vecindario o el ambiente de trabajo.

Los Estados están llamados también a hacer gestos concretos, actos de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos.

Por lo que se refiere a los detenidos, en muchos casos es urgente que se adopten medidas concretas para mejorar las condiciones de vida en las cárceles, con una atención especial para quienes están detenidos en espera de juicio[29], teniendo en cuenta la finalidad reeducativa de la sanción penal y evaluando la posibilidad de introducir en las legislaciones nacionales penas alternativas a la prisión. En este contexto, deseo renovar el llamamiento a las autoridades estatales para abolir la pena de muerte allí donde está todavía en vigor, y considerar la posibilidad de una amnistía.

Respecto a los emigrantes, quisiera dirigir una invitación a repensar las legislaciones sobre los emigrantes, para que estén inspiradas en la voluntad de acogida, en el respeto de los recíprocos deberes y responsabilidades, y puedan facilitar la integración de los emigrantes. En esta perspectiva, se debería prestar una atención especial a las condiciones de residencia de los emigrantes, recordando que la clandestinidad corre el riesgo de arrastrarles a la criminalidad.

Deseo, además, en este Año jubilar, formular un llamamiento urgente a los responsables de los Estados para hacer gestos concretos en favor de nuestros hermanos y hermanas que sufren por la falta de trabajo, tierra y techo. Pienso en la creación de puestos de trabajo digno para afrontar la herida social de la desocupación, que afecta a un gran número de familias y de jóvenes y tiene consecuencias gravísimas sobre toda la sociedad. La falta de trabajo incide gravemente en el sentido de dignidad y en la esperanza, y puede ser compensada sólo parcialmente por los subsidios, si bien necesarios, destinados a los desempleados y a sus familias. Una atención especial debería ser dedicada a las mujeres —desgraciadamente todavía discriminadas en el campo del trabajo— y a algunas categorías de trabajadores, cuyas condiciones son precarias o peligrosas y cuyas retribuciones no son adecuadas a la importancia de su misión social.

Por último, quisiera invitar a realizar acciones eficaces para mejorar las condiciones de vida de los enfermos, garantizando a todos el acceso a los tratamientos médicos y a los medicamentos indispensables para la vida, incluida la posibilidad de atención domiciliaria.

Los responsables de los Estados, dirigiendo la mirada más allá de las propias fronteras, también están llamados e invitados a renovar sus relaciones con otros pueblos, permitiendo a todos una efectiva participación e inclusión en la vida de la comunidad internacional, para que se llegue a la fraternidad también dentro de la familia de las naciones.

En esta perspectiva, deseo dirigir un triple llamamiento para que se evite arrastrar a otros pueblos a conflictos o guerras que destruyen no sólo las riquezas materiales, culturales y sociales, sino también —y por mucho tiempo— la integridad moral y espiritual; para abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres; para la adoptar políticas de cooperación que, más que doblegarse a las dictaduras de algunas ideologías, sean respetuosas de los valores de las poblaciones locales y que, en cualquier caso, no perjudiquen el derecho fundamental e inalienable de los niños por nacer.

Confío estas reflexiones, junto con los mejores deseos para el nuevo año, a la intercesión de María Santísima, Madre atenta a las necesidades de la humanidad, para que nos obtenga de su Hijo Jesús, Príncipe de la Paz, el cumplimento de nuestras súplicas y la bendición de nuestro compromiso cotidiano en favor de un mundo fraterno y solidario.

FRANCISCUS

Notas

[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 1.

[2] Cf. ibíd., 3.

[3] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 14-15.

[4] Cf. Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 43.

[5] Cf. ibíd., 16.

[6] Carta. enc. Populorum progressio, 42.

[7] «La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad» (Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 19).

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 60.

[9] Cf. ibíd., 54.


[11] Cf. Carta. enc. Laudato si’, 92.

[12] Cf. ibíd., 51.


[14] Ibíd.


[16] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 217-237.

[17] «Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 59).

[18] Cf. Carta enc. Laudato si’, 31; 48.


[20] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 12.

[21] Cf. ibíd., 13.

[22] Juan Pablo II, Carta. enc. Sollecitudo rei socialis, 38.

[23] Ibíd.

[24] Cf. ibíd.

[25] Cf. Catequesis durante la Audiencia general (7 enero 2015).


[27] Ibíd.

[28] Cf. Ángelus (6 septiembre 2015).

martes, 20 de octubre de 2015

Quien y por qué cuestiona la postura del Papa ante la ecología


Alejandro Córdoba / 30.09.15 Un congresista americano dijo que estaba “avergonzado” de la posición del Papa sobre lo que llamó “falsa ciencia” del cambio climático. Este comentario no sería importante si no fuera porque los políticos actúan, muchas veces como “la voz de su amo”, defendiendo los intereses de éstos.

¿Cuáles son esos intereses?

Hay una sospecha, ampliamente extendida, que señala la existencia de un potente lobby desempeñado, especialmente, por la industria energética. Se atribuye al mismo la manipulación de diversas investigaciones orientadas a generar controversia, para lograr que la preocupación por los asuntos medioambientales y la conciencia ecológica no terminen de cuajar.

El mensaje malintencionado de ese lobby es que el calentamiento global es solamente una teoría que no ha sido probada; que el cambio climático es un ciclo natural y que el crecimiento económico es prioritario, incluso si éste va en perjuicio del medio ambiente.

La multinacional ExxonMobil, es una de las empresas a las que se ha acusado de impulsar investigaciones que generen polémica sobre el conocimiento científico acerca del efecto de la contaminación. Pero hay muchas otras.

En la actualidad los 1.000 millones de personas más pobres del planeta producen sólo el 3% de las emisiones globales, mientras que los 1.000 millones de personas más ricas provocan la mitad de las mismas.

Es ese un problema de solidaridad que el Papa Francisco ha afrontado “sin pelos en la lengua” en su encíclica sobre la ecología.

El Papa Francisco dice que debemos ser y actuar como custodios de la creación. Conscientes de que el cambio climático está, inexorablemente, ligado con el desarrollo y el progreso humano; de que los problemas se agudizarán si seguimos apostando por un crecimiento económico que no tenga en cuenta el impacto en la naturaleza de las actividades de producción y de consumo.

Propone, por ello, aceptar que la naturaleza es un capítulo importante en la vida de los pueblos; que mantener la integridad del planeta es una responsabilidad que nos atañe; que la raíz del problema ecológico tiene que ver con un modelo económico que es insostenible.

Apela a la necesidad de asumir cambios de política a nivel local, nacional y global. Y cambios, también, a nivel individual, ya que son nuestros hábitos de consumo los que determinan el futuro del planeta.

Son esos cambios los que no gustan a quienes quieren que nada cambie para poder mantener sus grandes privilegios.

martes, 29 de septiembre de 2015

¿Marxista yo?


El Papa Francisco llega hoy a Estados Unidos, un país en el que han surgido algunas voces en contra, acusándole de defender posiciones marxistas en economía. ¿Es realmente así?

«El Papa Francisco no es marxista, ni lo ha sido Juan Pablo II, ni los otros Pontífices. Ni tampoco han sido liberales. Esto se dice porque se desconoce la doctrina social de la Iglesia de la Iglesia. Y también porque se desconoce el marxismo, porque las políticas sociales no son exclusivas del marxismo; hasta el propio liberalismo ha ido reformándose adoptando nuevos parámetros sociales», señala José Manuel Aparicio, profesor de Moral Social en la Universidad Pontificia Comillas.

El Papa no tiene un pensamiento marxista «porque no parte de una concepción materialista de la vida. Puede haber conexiones en materia social, pero hay una diferencia radical e insalvable: el marxismo fuerza los cambios desde arriba; la Iglesia apela a la conciencia», señala.

Además, el Papa «no es dialectico. Para él, la revolución no es el motor del cambio social, sino que lo es la evolución de la conciencia. En un escenario de crisis es fácil que surjan voces revolucionarias que busquen un cambio inmediato, pero la Iglesia parte de una apuesta de evolución, no del uso de la fuerza, apostando por la educación más que por la lucha de clases. Esto no significa inmovilismo, sino que el cambio social venga por otras vías, no por la dialéctica de la lucha, porque el enfrentamiento social es siempre un peligro».

También pasó con Juan Pablo II

José Manuel Aparicio recuerda que «a Juan Pablo II también se le acusó de marxista». Pero la diferencia es que, «en economía, el Papa Francisco no ha realizado una aportación demasiado novedosa y sistemática. Lo que sí posee es un tono provocativo que está siendo muy fértil, pero sus titulares sólo se pueden explicar desde el magisterio que ya conocemos: Sollicitudo rei socialis, Rerum novarum, Caritas in veritate…»

El Papa Francisco, en realidad, «no ha marcado una línea distinta. Incluso diría que, analizando los contenidos de sus pronunciamientos, se puede decir que es extraordinario desde un punto de vista pastoral, pero hasta ahora no ha realizado un desarrollo de una doctrina concreta dentro de la DSI. Ni siquiera lo ha intentado. En Evangelii gaudium hay una sección en la que se habla de economía, pero en un tono profético, no sistemático. El Papa no ha elaborado una teoría económica propia. Ni siquiera es necesario», afirma el profesor de la Universidad Pontificia de Comillas.

Lo que asusta del Papa

¿Qué es entonces lo que asusta del Papa cuando habla de economía? José Manuel Aparicio señala que lo más relevante de la aportación del Papa Francisco es el concepto de redistribución: «En los sistemas actuales, la redistribución directa está aceptada a través de los impuestos y gravámenes. Pero la DSI pone la exigencia en la redistribución indirecta: limosna, austeridad, opción por los pobres… Es decir, dejarlo no sólo al arbitrio del Estado, sino de la conciencia personal. Esto genera cierto estupor, y supone un reto muy fuerte para particulares e instituciones, incluso para las propias comunidades cristianas».

«El Papa habla en términos de austeridad y redistribución de lo superfluo. Nos está llamando a un estilo de vida fuera del consumismo, ajustado a las necesidades y proponiendo también la redistribución de lo que consideramos superfluo. Cuando el Papa dice que esta economía mata, está denunciando que vivir fuera de los márgenes de lo necesario supone que luego no queda nada para redistribuir», concluye.


Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Fecha de publicación: 22 de Septiembre de 2015
Fuente: alfa y omega

VIAJE CON FRANCISCO: ATRAVESANDO LOS MUROS DEL CONGRESO DE EEUU


by Ecupres Grano de Arena attac-informativo@list.attac.org
Rosa Miriam Elizalde
Desde Washington. Nueva York

Todo comenzó cuando el Fiat negro llegó a la puerta del Congreso de los Estados Unidos y Francisco se perdió tras el umbral del Capitolio. Al verlo, tengo la impresión de que no entra al edificio imponente que es –desde hace meses con la cúpula cubierta por unas prótesis de metal-, sino a una caverna, a una cripta resguardada por pesadas paredes de piedra.

La cámara lo sigue cuando traspasa el umbral y el Papa argentino hace historia como el primer pontífice católico que viene al Congreso de Estados Unidos. Es comprensible que algunos legisladores estén muy emocionados por ello y en primer lugar, el Speaker del legislativo estadounidense, John A. Boehner, quien cursó la invitación a su Santidad para que visitara este sitio.

Boehner es católico practicante y lloró abiertamente mientras recibía a Francisco y luego, cuando el Papa terminó su discurso y se asomó al balcón de la terraza oeste para ofrecer unas breves declaraciones a las decenas de miles de personas, la mayoría inmigrantes, que se reunieron frente al Capitolio. Otro católico prominente, el vicepresidente Joseph R. Biden Jr., estuvo de pie estoicamente todo el tiempo en que el Obispo de Roma ofreció su discurso.

Eso es lo que se ve, pero hay una historia soterrada en este escenario o al menos pasa a un segundo plano, sepultada por los miles de titulares que despacha el discurso y las poderosas imágenes del Papa yendo y viniendo por Washington y luego Nueva York, con transporte en helicóptero incluido.

La visita al Capitolio está precedida por una batalla interna bastante sui géneris para facilitar la visita del pontífice y ahorrarle situaciones incómodas a quien suele hablar claro sobre los problemas del mundo –el drama de los inmigrantes y refugiados, la depredación del planeta, la tenencia de armas, la pena de muerte, el culto al dinero y otros asuntos que en un lugar como este, con un altísimo por ciento de conservadurismo por metro cuadro, es como mentar la soga en la casa del ahorcado. El Congreso de los Estados Unidos, como sabemos muy bien los cubanos, es célebre por aprobar bombardeos o imponer medidas que están en las antípodas de la prédica de Francisco, como el bloqueo contra Cuba.

La comidilla entre los periodistas que reportamos esta visita es que, para asegurarse de que nadie en la Cámara o el Senado se expresara de forma belicosa o demasiado efusiva, el líder de los demócratas y el de los republicanos enviaron a sus miembros una carta, en la que se advertía firmemente que no podían tocar al Papa. “Por respeto a la agenda del Papa y la expectativa de una conducta oportuna, respetuosamente solicitamos que nos ayude absteniéndose de apretones de manos y de darle conversación a lo largo del pasillo central”, dice el mensaje que llegó a cada congresista, firmado por su respectivo líder: el de la mayoría del Senado, Mitch McConnell (Republicano), el de la minoría del Senado, Harry Reid (Demócrata), el presidente de la Cámara, John Boehner (R), y la líder de la minoría Nancy Pelosi (D).

“Aunque la carta que distribuyeron desalienta a miembros del Congreso para que no intenten ninguna payasada con el Papa, los líderes del Congreso aparentemente están preocupados por el comportamiento de los legisladores”, afirmó CBS News en la víspera del discurso del Papa. La cadena noticiosa también develó que los líderes de ambos partidos, provisoriamente, reclutaron a sus miembros mejor portados para sentarlos en los asientos del pasillo por donde hizo su entrada Francisco.

En otras palabras, este día también se recordará como histórico porque el Congreso operó con unas reglas diferentes a las habituales. Intercalaron a los congresistas de ambos partidos para evitar que se noten los aplausos divididos entre republicanos y demócratas. También, le leyeron la cartilla especialmente a algunos congresistas, entre ellos a Ileana Ros-Lehtinen de Florida, para que se ahorraran cualquier escándalo. La información es confiable, me confirman. La fuente es el analista David Hawkings, autor de un blog especializado en temas del Congreso. Él asegura que estuvieron prohibidos los selfies y los flash de las cámaras. Los aplausos estuvieron bienvenidos y de hecho fueron, sino un récord, al menos un magnífico average: hubo 37 ovaciones, de ellas 8 con los congresistas de pie.

Como el horno no estaba para galleticas, los candidatos presidenciales republicanos de ascendencia cubana que no han ocultado sus críticas al Papa –como Marco Rubio y Ted Cruz-, se llamaron a capítulo y cuando fueron alcanzados por las cámaras, expresaron satisfacción por el discurso del Papa. No dijeron nada sobre la alusión indirecta en el discurso al tema del restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, que el pontífice elogió con palabras meditadas y justas, una aprobación destinada más al Presidente Obama que al Congreso estadounidense. Valdría la pena recordarlas:

En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado. Es mí deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad.

Si Marco Rubio y Ted Cruz hubieran soltado sus habituales andanadas de odio contra el gobierno cubano, no solo habrían roto las normas de buena conducta, sino que les habría descontado una buena porción de votos de sus futuros electores encantados con Francisco. Él no solo fascinó a la mayoría de los congresistas, sino a los estadounidenses “de la periferia”, fundamentalmente a los inmigrantes que son millones en este país -de ellos 11 millones indocumentados-, que sienten que el Papa Francisco ha oxigenado a la Iglesia.

El oxígeno en gran parte se debe a la coherencia del Papa Francisco, que hace lo que dice y tiene el valor de no cambiar su discurso para alegrar las orejas conservadoras, por muy poderosas y congresionales que sean.

De modo que cuando traspasó la puerta de piedra del Capitolio, Francisco se adentró en un ambiente educado por un enérgico llamado a la disciplina, que evitaba a toda costa la posibilidad de una mala prensa frente al líder espiritual más célebre del planeta. La buena noticia fue la sincera admiración que demostraron muchos congresistas después de la intervención del monarca de la Iglesia Católica. La mala, el cinismo expresado por algunos otros, una vez concluida la ceremonia.

Rebecca Leber, redactora del diario conservador The New Republic, no demoró en demostrar su escepticismo: el llamado de Francisco para la acción sobre el cambio climático no es probable que conduzca a un cambio en la política de los Estados Unidos o de otros lugares. “No hay duda de que el líder religioso de 1,2 mil millones de personas es tan potente como un portavoz del movimiento climático podría esperar. Sin embargo, en la vida real el ‘Efecto Francisco' – como los medios lo han llamado – apenas coincide con la realidad. Hay poca evidencia de que su mensaje está llegando a todo el que no cree que el cambio climático es un problema. Cuando se trata del clima, al parecer, el partidismo y la ideología son fuerzas más potentes que la fe”.

Mateo Schmitz, el editor adjunto de FirstThings, una revista religiosa publicada por el Institute for Religion, Culture, and Public Life, predice que “la historia de amor de los medios con Francisco, al igual que con Juan Pablo II, llegará a su fin”. La razón, a su juicio, es en parte porque Francisco tiene “una predilección por determinados grupos perturbadores”. Pero el que le puso la tapa al pomo fue el Senador SheldonWhitehouse, demócrata por Rhode Island, que no había salido aún del Capitolio cuando declaró que sus colegas republicanos escucharían más al Papa si este tuviera un Super-Pac (un grupo que les regale millones de dólares para ejecutar las políticas).

Esto no debe sorprender a Francisco. Es más, sospecho que lo esperaba, porque salió por la puerta del edificio del Congreso, abordó su Fiat 500L –que parece de juguete junto a los carros blindados del Servicio Secreto- y partió a toda velocidad hacia el Centro Caritativo de la Parroquia de St. Patrick, para almorzar con más de 200 personas que viven en las calles de Washington. Allí estaba en su ambiente.

Lo vimos llegar hasta una enorme carpa blanca y convertirse en el centro de una escena que parecía la recepción para una boda: mesas redondas vestidas con manteles azules, sobre las que había flores amarillas y blancas, servilletas, platos de cristal y cubiertos en toda regla. El menú sobrio y apetitoso. Los invitados, hombres y mujeres que viven en refugios sostenidos por la Iglesia: alcohólicos, drogadictos o ex drogadictos, enfermos mentales, víctimas de la violencia doméstica…

The New York Times conversó con uno de ellos, de apellido Grey, que dijo estar en un refugio porque estaba ahorrando para alquilar un hogar. No habló mucho más acerca de por qué no tiene casa. El hombre, en realidad, quería hacerle una pregunta al periodista: “¿Francisco vino hasta aquí para ver a los homeless? Eso es muy extraño, un monarca que viene a ver a las personas sin hogar.” Cuando el Times le preguntó qué pensaba sobre el significado de ese gesto, el señor lo pensó por un momento y luego dijo: “Esto significa que me está perdonando, al igual que Dios.”

Dos nombres extraños

Una colega me llama la atención sobre algo curioso: Bergoglio menciona en el Congreso a cuatro figuras de los Estados Unidos, pero solo se detalla la biografía de dos de ellas en los documentos que reparte el Vaticano antes del discurso en el Capitolio.

“Los cuatro fantásticos”, como los llama el vaticanista John Allen Jr, son el presidente Abraham Lincoln; el líder de los derechos civiles Martin Luther King Jr.; el monje trapense y escritor Thomas Merton, y la activista social Dorothy Day. Es como si dijeran que los dos primeros son harto conocidos y lo otros, puestos en un mismo altar por el Papa, son unos perfectos desconocidos para muchos, empezando por los legisladores estadounidenses.

Quienes conocen sus biografías aceptarán como cosa extraordinaria la intrépida mención de Day y Merton en ese discurso del Papa en particular y en el contexto en que fue dicho. No son dos figuras cualesquiera. Ella fue una laica benedictina consagrada a la defensa de los pobres, que además se divorció, admitió haber abortado, escribió en la revista The Masses –célebre publicación de la izquierda estadounidense donde colaboró John Reed y otros grandes del periodismo, sus compañeros de militancia política- y además, visitó a Cuba y simpatizó tempranamente con Fidel Castro y la Revolución. Es conocida como La Radical Piadosa.

Por su parte, Merton se opuso a la guerra de Estados Unidos en Vietnam, a la violencia de cualquier signo, a las armas nucleares. Tenía la misma predilección, que Francisco, por las “criaturas de la periferia”. Y un dato adicional: fue mentor de Ernesto Cardenal y de CintioVitier*.

Tengo la certeza de que si le hubiera alcanzado la vida para ver a Francisco en el Congreso recordándole a los congresistas estadounidenses quién fue Thomas Merton, Cintio habría sido el hombre más feliz de la Tierra. A él le escuché muchas veces hablar del monje con devoción y dolerse de su muerte, acontecida en circunstancias absurdas –se electrocutó con un ventilador. He buscado en la memoria digital y encontré una carta que le escribiera al autor de Ese sol del mundo moral y que es muy probable que el Papa no conozca. Con esto cierro por hoy:

Es raro –le dice Merton a Cintio, en carta  del 7 de diciembre 1962-, pero tengo muchos amigos latinoamericanos, porque sólo así puede uno ser ‘americano' de veras: es decir renunciando a ser únicamente ‘estadounidense', lo que sería un destino miserable. Pues de eso vienen tantos problemas: del hecho de que tanta gente aquí sea provincial e ignorante, y no pueda entender lo que pasa allá (en Cuba).+ (PE)
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*Este viernes Cintio, que murió en el 2009, habría cumplido 94 años. Vaya el homenaje a su memoria.

viernes, 31 de julio de 2015

“Laudato si” y mi nieto


MADRID.

ECLESALIA, 31/07/15 .- Recién iniciada la lectura de la Carta Encíclica LAUDATO SI’ sobre el cuidado de la Casa Común, que el Papa Francisco nos ha entregado para animarnos en esta empresa común; tuve que interrumpir la lectura del Capítulo Primero, titulado “Lo que está pasando en nuestra casa”, porque una personita reclamaba mi atención en otra parte de la casa: mi nieto de dos años y medio.

Dejé en el sofá el libro con la señal y el lápiz que uso para subrayar (mucho hay que subrayar en este documento). Fui a ver qué quería y de vuelta me entretuve en alguna cosa y mi nieto me tomó la delantera. Cuando volví a la lectura pude comprobar que el pequeño quiso participar y dar su toque personal a la Encíclica.

Al parecer dedujo que, si aquel libro tenía un lápiz entre sus páginas y había líneas subrayadas, podía aportar algo a su manera. Hizo un garabato, con cierto aire conceptual, que recuerda un gran  corazón con sus aurículas y ventrículos.

Está claro que quiso subrayar, hacerse presente en un documento que debe ponernos alerta para que su futuro llegue a serlo. Para que él, sus hermanos, y todos los que ahora son niños en esta Casa Común, puedan disfrutarla y cuidar de ella por derecho, como herederos de un bien que no pertenece a ninguna generación pues fue creada para compartir y entregar en las mejores condiciones. Nos apremia a que la rescatemos del poder de la ambición desmedida.

Quizás, pensé, el dibujo de mi nieto es más que un subrayado; es un grafiti. Ese arte clandestino que se atreve a denunciar y consigue expresarse libremente contra toda expresión controlada.

Los trazos de un niño de dos años me mueven a leer la Encíclica con una longitud de mira mucho mayor: mi nieto representa a los que deberían heredar un mundo donde crecer felices, no un cubo de basura donde pelear por una supervivencia inhumana.

Inició su trazo en este párrafo: “La tecnología que, ligada a las finanzas, pretende ser la única solución de los problemas, de hecho suele ser incapaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros”. Si a este niño, que está inmerso en la tecnología de este tiempo, no se le acerca a ver el misterio de esas relaciones para que sepa discernir, cuando tenga edad para ello, lo que perjudica y lo que favorece en el cuidado de la Casa Común, mal vamos y peor irán. El futuro estará hipotecado.

Siguen los trazos y sigue la Encíclica hablando de la contaminación, los residuos, los desechos peligrosos… “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”. Mientras a mi nieto se le enseña a lavarse los dientes, recoger sus juguetes, cuidar los cuentos y ordenarlos en su estantería, etc. Cuando sepa que hay una Casa Mayor que cuidar y proteger quizás aprenda a vivirla como suya y cuando sea adulto se implique en el cuidado y en la denuncia de las injusticias que se cometen contra ella.

En el último renglón subrayado por mi nieto dice la Encíclica: “Muchas veces se toman medidas sólo cuando se han producido efectos irreversibles para la salud de las personas”. Ya hay muchas personas que han muerto o enfermado. Los niños son especialmente sensibles a la hora de sufrir los efectos del deterioro medioambiental y más si viven en la pobreza tantas veces causada por medidas arbitrarias en la ordenación de la economía, las finanzas y el medio ambiente.

Sigo leyendo la Encíclica LAUDATO SI’, ya sin “ayuda” gráfica de mi nieto, pero sí con la que me ha proporcionado para seguir: tener presentes los ojos de los niños mirando el mundo que les rodea, desenmascarando y denunciando el engaño que tantas veces les proponemos como verdadera vida.

Estemos atentos a los pequeños profetas. “A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo…” (Lc 1, 68-79, Benedictus). Ellos están más cerca, todavía no han perdido la inocencia ni se han puesto las máscaras.