Parroquia La Milagrosa (Ávila)

lunes, 13 de abril de 2015

El futuro de nuestro mundo (Resurreción)


La resurrección de Jesús: acontecimiento y promesa [7/8]


El mundo es nuestra casa. La conciencia ecológica actual ha puesto de relieve la interdependencia entre el hombre y la natura­leza. Un falso concepto de progreso ha lleva­do a la explotación incontrolada de los recur­sos materiales, y a la contaminación y degradación del medio ambiente (atmósfera y suelo, ríos y mares...) en proporciones alarmantes y quizás irreversibles.

En este contexto, la imagen del alumbra­miento puede emplearse también con un al­cance más amplio, que incluya al entero uni­verso. «La ansiosa espera de la creación de­sea vivamente la revelación de los hijos de Dios... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto...» (Rom 8,19-22). Si hablamos del destino escatológico del hombre, no podemos enten­derlo al margen del mundo: la resurrección es inseparable de la nueva creación.

Las promesas de Dios nos hablan de un mundo nuevo, en el que habitará la justicia (cf. 2Pe 3,13); donde no habrá muerte ni llanto (cf. Ap 21,4). Libre de toda alienación y decadencia, la humanidad alcanzará la li­bertad gloriosa de los hijos de Dios (cf. Rom 8,21), y, juntamente con el hombre, el uníverso entero será renovado, reconciliado y recapitulado en Cristo (cf. Col 1,19s).

Contra lo que puedan pensar algunas sectas, ignoramos el tiempo y la manera en que se realizará esta transformación del uni­verso. Cuando Pablo, por ejemplo, escribe que Dios nos ha revelado por su Espíritu «lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado» (cf. 1 Cor 2,9), alude a la profundidad insondable de Dios y al misterio de salvación que se ha realizado en Cristo; si a través de esta revelación pode­mos saber y esperar «lo que Dios tiene pre­parado para los que lo aman», no por eso conocemos la configuración concreta del mundo escatológico.

De un futuro que nos trasciende sólo po­demos hablar con reservas, mediante aproximaciones e inferencias, manteniendo la tensión entre continuidad y ruptura. Aun así, podemos decir esto: El mundo del hom­bre participa también de su destino eterno. No es como el andamiaje que se abandona al terminar una obra, sino más bien como los materiales que se integran en la cons­trucción de la casa. Todos los bienes que Dios ha creado para el hombre y todo lo que hay de bueno en la misma obra huma­na está llamado a integrarse en la realidad del Reino consumado. Como dice el Concilio Vaticano II, «los bienes de la dignidad hu­mana, de la unión fraterna y de la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, des­pués de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, lim­pios ya de toda mancha, iluminados y trans­figurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino» (Gaudium et Spes, 39).

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