Parroquia La Milagrosa (Ávila)

sábado, 12 de diciembre de 2015

Que todos vean que creer y esperar en Dios es un regalo que merece la pena recibir y entregar (Domingo, III de Adviento)



Sofoflías 3,14-18a 
El Señor se alegrará en ti. 
Salmo: Is 12,2-6 
Gritad jubilosos: qué grande es en medio de ti el Santo de Israel. 
Filipenses 4,4-7 
El Señor está cerca. 
Lucas 3,10-18 
¿Qué hacernos nosotros? 

Tercer domingo de Adviento. Domingo de gaudete se decía antaño: domingo de alegría. Igual el sacerdote celebra hoy la eucaristía con casulla rosa. Ya estamos en puertas de la Navidad. Y sin embargo el que parece ser el asunto central del evangelio de hoy no nos ilumina en este sentido:

- ¿Y nosotros qué hacemos?

Una duda constante y que se repite idéntica desde que las personas tuvieron conciencia: ¿Y yo qué hago? 

No es una pregunta cualquiera. Ante toda circunstancia nos la estamos planteando, de continuo. ¿Qué hago con mi vida? ¿Qué hago con los problemas de mi familia? ¿Qué hago: voy o vengo? ¿Qué hago con mis errores? ¿Qué hago con el dolor que veo a mi lado? ¿Qué hago...? ¿Pongo o dejo? ¿Qué puedo hacer...? La duda es constante, y nos causa más desazón e intranquilidad que alegría.

Todos nos hacemos las mismas preguntas. Si se es una persona religiosa o se tiene conciencia de solidaridad la perspectiva se abrirá más amplia: ¿Qué hago con el sufrimiento ajeno? ¿Qué puedo hacer por los problemas del prójimo? ¿Qué hago por el pobre, por el triste, por el desamparado...?

Juan lo tiene claro y nos ofrece unas cuantas buenas respuestas: sé justo, sé compasivo, sé caritativo, pórtate con nobleza, no abuses de tu condición... Sin embargo tampoco encontramos alegría en esas respuestas, como mucho hallamos obligación y responsabilidad que podemos llevar de buen grado siendo conscientes de nuestro compromiso.

Pero, ¿donde está la alegría? Y es el mismo Juan quien nos lo está advirtiendo: Ojo, que yo os aviso y apelo a vuestra conciencia -nos insiste-, pero el que ha de venir os hará remover de vuestra comodidad. Con Espíritu y fuego. Al pronto casi suena terrible más que alegre, pero los cristianos ya conocemos la verdadera respuesta aunque nos resistamos a verla: alégrate porque Él ya está aquí, lo tenemos entre nosotros. Ha venido como el guerrero que reina en nosotros, la ciudad que tanto ama. No hemos de temer, nos conforta la profecía. Alegrémonos y que se nos note, nos exhorta Pablo. No hemos de preocuparnos.

-¿Y entonces, qué hacemos?, nos volvemos a preguntar. Pero en esta ocasión ya no nos agobia la pregunta ni tememos el compromiso de la respuesta. 


Nos lo ha contestado Pablo: Estad alegres en Cristo Jesús. Vivid en la alegría que da el fuego su amor. Poneos en sus manos, entregaos a Él y a su paz. Ya no hay que sufrir dudas, en el bautismo de su espíritu encontramos la alegría de la paz que nos conforta. Y es de aquí de donde ha de brotar la justicia, la compasión, la nobleza y la paz a la que nos llama Juan.


Adviento. Ya viene. Volvemos a conmemorar su venida. Nos disponemos a recibirlo. Lo sabemos con nosotros. Lo sentimos cerca. Lo tenemos cerca. Démonos a él y él se derramará en nosotros.

Preparemos nuestra alegría para celebrar la Navidad. Ya podemos pasear sin recelo entre los escaparates luminosos, rojos, dorados, al son de los villancicos sin tener remordimientos de ver tanto sufrimiento. Ya estamos más cerca de conocer la importancia y el poder que la alegría tiene en la vida del cristiano. 


La liturgia de hoy nos invita con fuerza a la alegría. Si somos conscientes de que Dios está en medio de cada uno, en medio de nuestro mundo, amándonos, gozando con nosotros; si somos conscientes de que la Buena Noticia se cumple aquí y ahora, viviremos la alegría que nace de la esperanza. Estamos llamados a vivir y a estar alegres, a contagiar esta alegría profunda en nuestra casa, trabajo, amistades, vecindario, ciudad..., en nuestro mundo. Que todos vean que creer y esperar en Dios es un regalo que merece la pena recibir y entregar. Que es, en definitiva, el gran regalo de la vida. 

¿Somos hoy capaces de descubrir a los profetas de nuestro tiempo? (Sábado, II Adviento)





Eclesiástico 48,1-4.9-11
Surgió Elías, un profeta como un fuego.
Salmo: 79,2-3.15-19
Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
Mateo 17,10-13
Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron.

¿Somos hoy capaces de descubrir a los profetas de nuestro tiempo? Escuchemos, miremos en nuestro mundo, en nuestra casa. Abrámonos a ese fuego presente en muchos hombres y mujeres que buscan quemar las estructuras de muerte y alentar las semillas de nueva vida.

Los que dentro de dos semanas vamos a reunimos en la cueva de Belén para celebrar el nacimiento de un niño llamado Jesús, lo haremos porque sabemos muy bien quién es ese Niño. El Niño de Belén es el mismo al que en su Transfiguración el Padre dirigirá aquellas palabras:  Éste es mi Hijo predilecto, escuchadle (la escena que recoge el evangelio de hoy tuvo lugar al bajar del monte después de la Transfiguración). Es el mismo al que más tarde anunciará el último y mayor de los profetas, san Juan Bautista, al que Jesús presenta como el profeta que precede inmediatamente al Mesías. Celebraremos el nacimiento del Niño de Belén porque sabemos que es el mismo que va a padecer a manos de ellos, como hoy lo anunciaba el Señor, el mismo que dará su vida por nosotros, para acompañar en la muerte a sus hermanos los seres humanos; y el mismo que resucitó para abrimos las puertas de la vida que no termina. Nuestra fe no empieza en Belén. Volvemos a Belén después de haber conocido a esa persona única que llamaron Jesús de Nazaret ya la que ahora confesamos como nuestro Salvador. 


viernes, 11 de diciembre de 2015

Jugar el juego de Dios o ser unos raros (Viernes, II Adviento)


Isaías 48,17-19
Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar.
Salmo: 1,1-6
El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida.
Mateo 11,16-19
Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado.

Los niños israelitas jugaban a las bodas y a entierros. Cuando jugaban a bodas, unos tocaban la flauta y los demás bailaban. Cuando jugaban a entierros, unos cantaban lamentaciones y los demás tenían que llorar. Pero, de vez en cuando, algunos niños se enfadaban encerraban en sí mismos y no querían bailar ni llorar: eran unos raros.

También en la vida humana y en nuestra relación con Dios hay situaciones que exigen que lloremos y otras que bailemos de alegría. Para cortar con el mal que nos atenaza tenemos que arrepentirnos y llorar: eso fue lo que predicó el Bautista. Y algunos decidieron que aquel juego no tenía nada que ver con ellos. Y cuando escuchamos buenas noticias, como la del nacimiento de Jesús en Belén, hay que bailar de alegría.

Pero, si no lloramos de arrepentimiento ni bailamos de alegría, es señal de que somos unos raros, de que vivimos encerrados en nuestro pequeño mundo, de que somos incapaces de abrirnos a la vida de los demás y al “juego de Dios”. 

Entonces, ¿vamos a ser capaces de entrar en ese bendito “juego de Dios” y nos atreveremos a llorar, ahora, en Adviento para bailar jubilosos en Navidad?

La misericordia es para los audaces (El año jubilar)


BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 11/12/15.- El Papa ha inaugurado un año jubilar muy especial: júbilo y virtud compasiva de la misericordia que perdona y facilita la reconciliación. Dos razones muy cristianas que debieran estar más presentes en quienes nos decimos cristianos, y no ser excepcionales sino lo natural en el seguidor de Cristo. Alegría por la experiencia de que Dios nos ama y misericordia como conducta liberadora que nace de dicha experiencia porque lo prioritario para Jesús no puede ser vivido como un mensaje secundario y al mismo tiempo sentirnos buenos cristianos.

Ser misericordiosos y compasivos es la vocación a la que todos hemos sido llamados, incluso los que no han experimentado todavía el regalo de la fe o la han perdido. Es el camino para lograr una convivencia llevadera; de lo contrario, viviremos mucho tiempo como en una selva. Las Bienaventuranzas van en esta dirección, para que el amor de Dios en nosotros se transforme en el motor de la historia.

Cristo propone caminos de audacia sin asideros ni seguridades mundanas ni dogmáticas (que para eso están las virtudes cardinales) al tiempo que nos pide que nos transformemos en odres nuevos sin esquemas rígidos, por muy consolidados que estén; aunque sean religiosos, si estos impiden que actuemos como lo hizo Jesús. Pero la compasión y la misericordia no están de moda en la sociedad occidental, tan influenciada por Nietzsche, el filósofo que asemejaba compasión con debilidad mientras la enfrentaba con el superhombre. (“Alabado sea lo que endurece”).

Necesitamos recuperar la imagen del Dios todo Él misericordia y compasión, gratuidad y regalo constantes. No son pocos los que dicen ser seguidores suyos aunque muestran una imagen de Dios sombría y justiciera, moldeada a imagen de nuestra cultura religiosa occidental y que produce muchos alejamientos entre gentes que buscan al verdadero Padre. El Reino de Dios y su justicia empiezan aquí y somos sus manos para implantarlo con su gracia pero en libertad; por eso necesita de nuestra fe y de nuestras obras. Sin estos mimbres, todo el castillo de la religión, la teología y la ortodoxia no sirven para la Buena Noticia universal. Solamente con el ejemplo y la coherencia renacerán las fuerzas para la esperanza y la alegría en tantos millones de alejados a pesar de las cruces de la vida y de los fallos humanos.

La misericordia es para los audaces como Francisco, que revolucionan la existencia con conductas maduras de amor profético que llegan a lugares impensables solo con la ortodoxia, en lugar de con amenazas y retóricas de poder más propios de los príncipes de la Iglesia que tanto se incomodan ellos cuando el profeta Francisco desempolva el verdadero evangelio en pleno Adviento. Aleluya.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Donde hay amor la pasión es gasolina (Jueves, II Adviento)


Isaías 41,13-20
Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: «No temas, yo mismo te auxilio».
Salmo: 144,1.9-13
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
Mateo 11,11-15
Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los Cielos es más grande que él.

La lectura de Mateo podemos interpretarla mal. En ella no se esta diciendo que cualquiera de los que hemos aceptado el Reinado de Dios seamos mejores personas o mejores creyentes que Juan. Lo que se dice es que con la venida del Hijos de Dios ha comenzado una nueva era para la humanidad, en particular para los que aceptan los valores y el nuevo estilo de vida propio del Reino.

Antes del nacimiento del Hijo de Dios en Belén, la historia religiosa de la humanidad fue un intento por entrar en contacto con Dios. Pero ningún ser humano, ni siquiera el Bautista, es capaz de subir él mismo hasta Dios ni de conducirnos hasta él. Sin embargo, con el Niño nacido en Belén empieza la nueva historia de la humanidad: ahora es Dios mismo el que desciende hasta nosotros y nos ofrece la posibilidad de comenzar a disfrutar de su propia vida y de llevar a cabo una experiencia humana muy superior a la que enseñaron los profetas anteriores. De ahí nuestra alegría por la venida de Jesús que inaugura el Reinado de Dios entre nosotros.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Déjate sentir que Dios llega y abraza nuestro desaliento (Miércoles, II Adviento)



Isaías 40,25-31
Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águilas.
Salmo: 102,1-4.8.10
Bendice, alma mía, al Señor.
Mateo 11,28-30
Mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

"Al cansado da vigor" el Señor afirma con convicción el profeta Isaías. Efectivamente, a veces nos sentimos desalentados ante el materialismos y el egoísmo que nos rodea y nos tienta (Francisco). La ambición y el placer parece que  lo quieren dominar todo y que va a derrotar a quienes estamos convencidos de que el camino de la justicia y el servicio mutuo es el mejor. Entonces sobre todo, cuando el desánimo amenaza con invadirnos, tenemos que recordar que Alguien nos ha dicho que estará siempre a nuestro lado para devolvernos las fuerzas.

Jesús no oculta que la amistad que nos ofrece es un verdadero yugo, el yugo del servicio y la atención a los demás, que Él mismo cargó. Es mi yugo, como Él dice. Pero, por eso mismo, nunca estaremos solos "tirando del carro", porque Jesús también estará con nosotros. Cuando le veamos en Belén empezando una vida como la nuestra, tendremos. tendremos la prueba de que Él está con nosotros bajo el mismo yugo. Y entonces el yugo se nos hará mucho más llevadero.

martes, 8 de diciembre de 2015

Si no ardemos de amor habrá muchos que moriran de frio (Martes, II Adviento) María Inmaculada


Génesis 3,9-15.20
Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya.
Salmo: 97,1-4
Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.
Efesios 1,3-6.11-12
Él nos ha destinado en la persona de Cristo -por pura iniciativa suya- a ser sus hijos.
Lucas 1,26-38
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres

El hijo de Dios murió, como todo mortal, para que nosotros, mortales por naturaleza, podamos entrar en su muerte y resucitar con Él. Ésta fue la Pascua del Hijo de Dios. Así nos salvó. Y, por eso, la Resurrección es el corazón mismo de nuestra fe. Pues bien, en esta fiesta celebramos el comienzo de nuestra salvación. El Hijo eterno de Dios, en un momento determinado de la Historia, asume nuestra condición humana para que nosotros, como hermanos suyos, podamos asumir su condición divina.

Desde aquel acontecimiento único, que tuvo lugar con la colaboración de una humilde mujer que se declaro sierva de la Palabra porque confió en Dios, el destino de la humanidad está indisolublemente unido al de Dios. Desde entonces y para toda la eternidad, nuestra humanidad es inseparable del ser mismo de Dios. Éste es el matrimonio irrompible que Dios ha contraído con nosotros, con nuestra pobre humanidad. Aquí está el fundamento de nuestra esperanza en el porvenir de nosotros mismo y de todos y casa uno de los seres humanos. Por ello, una vez más, damos gracias a Dios, hoy de una manera especial por medio de María.

Hoy empieza el año de la Misericordia. Buen momento para asumir nuestra responsabilidad, la que surge de sentirnos amados por Dios, salvados por su Hijo, reservados para cumplir el querer del Padre y, con la fuerza del Espíritu, declararnos esclavos por amor de la Palabra. No se trata de pensar en lo que tienen que hacer los demás para vivir este año la misericordia de Dios sino de ver que es lo que puedo hacer yo para en mis palabras y obras testimoniar la misericordia de Dios para con su pueblo.