Parroquia La Milagrosa (Ávila)

lunes, 7 de diciembre de 2015

Creer es comprometer nuestra esperanza para ir más allá de lo que la racionalidad nos dice que es posible (II lunes Aviento)


Isaías 35,1-10
El desierto y el yermo se regocijarán. Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis.
Salmo: 84,9-14
Nuestro Dios viene y nos salvará.
Lucas 5,17-26
Hoy hemos visto cosas admirables.

      Según he leído la primera lectura, tan bonita, tan llena de poesía, que nos describe un mundo paradisíaco, donde ya no habrá más dolor, donde el desierto se transforma en un vergel y lo reseco en manantiales, lo primero que me ha venido a la mente ha sido la situación actual de Oriente Medio. Desde Israel a Afganistán, desde Turquía a Sudán, toda una zona convertida desde hace años, muchos años, en un polvorín, y no precisamente a punto de estallar sino más bien estallando periódicamente. Y con las consecuencias de esas explosiones llegando hasta muchos otros países en forma de atentados terroristas. Para serles sinceros, del fondo del corazón me sale decir que esa situación no tiene remedio. ¡Son tantos años sembrando violencia y odio entre unos y otros! Da la impresión de que la espiral de la violencia es ya imposible de parar. No hace más que crecer y crecer sin que nadie, eso parece, la pueda controlar. 

      Pero leo a continuación el texto del Evangelio, lo dejo que repose en mis oídos y en mi mente. Dejo que me llegue al corazón. Y pienso que Dios puede hacer mucho más de lo que nosotros podemos imaginar. El relato, tan sencillo, de la curación del paralítico, me rompe los esquemas y me abre a una nueva realidad que va más allá de lo humanamente esperable. 

      El relato es una preciosa conjugación del esfuerzo humano, los amigos que son capaces de hacer un agujero en techo de la casa para llevar al paralítico a la presencia de Jesús, y de la actuación de Jesús, el testigo del amor de Dios para con nosotros, capaz de transformar la realidad de una forma inesperada y nueva. Jesús perdona los pecados y Jesús cura. El paralítico es ahora un hombre nuevo en todos los sentidos. Posiblemente los amigos se habrían conformado con que hubiese vuelto a andar. Pero Jesús, Dios, va más allá en su curación, renovando en plenitud el interior de la persona herida por el dolor y el mal. 

      Creer es mantener las expectativas abiertas a la acción de Dios, que rompe nuestros esquemas y nos saca de nuestras casillas, que abre un nuevo futuro para nosotros. Creer es situar nuestra esperanza, y nuestra acción y nuestra forma de comportarnos ahora mismo, más allá de lo que la racionalidad nos dice que es posible. Creer es comprometerse ya por la paz y por la superación de la violencia. Aunque eso nos cueste la vida. 

      Y eso hacerlo en Oriente Medio y en nuestra casa. Sin perder nunca la esperanza aunque no veamos resultados en mucho tiempo. 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Vive con tanto amor en el corazón hasta el extremo que nada más te importe (domingo II de Adviento)


Lc 3, 1-6
Y verá todo mortal la salvación de Dios

Cierta vez, le pregunté a Ramesh, uno de mis maestros de la India: Por qué existen personas que salen fácilmente de los problemas más complicados, mientras que otras sufren por problemas muy pequeños, muriendo ahogadas en un vaso de agua? El simplemente sonrió y me contó esta historia…

“Era un sujeto que vivió amorosamente toda su vida. Cuando murió, todo el mundo dijo que se iría al cielo. Un hombre bondadoso como él solamente podría ir al Paraíso.

Ir al cielo no era tan importante para aquel hombre, pero igual el fue para allá. En esa época, el cielo todavía no había tenido un programa de calidad total. La recepción no funcionaba muy bien.

La chica que lo recibió dio una mirada rápida a las fichas que tenía sobre el mostrador, y como no vio el nombre de él en la lista, lo orientó para ir al Infierno.

Ya sabe como es el Infierno, nadie exige credencial o invitación, cualquiera que llega es invitado a entrar.  El sujeto llegó y se quedó.

Algunos días después, Lucifer llegó furioso a las puertas del Paraíso para pedirle explicaciones a San Pedro: ¡Esto es sabotaje! Nunca imaginé que fuese capaz de una bajeza semejante.  Eso que Ud. está haciendo es puro terrorismo!

Sin saber el motivo de tanta furia, San Pedro preguntó, sorprendido, de qué se trataba.

Lucifer, transtornado, gritó: Ud. mandó a ese sujeto al Infierno y está haciendo un verdadero desastre. Llegó escuchando a las personas, mirándolas a los ojos, conversando con ellas. Ahora, está todo el mundo dialogando, abrazándose, besándose. El Infierno está insoportable, ¡parece el Paraíso!

Y entonces le rogó: ¡Pedro, por favor, agarre a ese sujeto y tráigalo para acá!”

Cuando Ramesh terminó de contar esta historia me miró cariñosamente y dijo: Vive con tanto amor en el corazón, que si por error, fueses a parar el Infierno, el propio demonio te lleve de vuelta al Paraíso.

Al ser humano se le ofrecen hoy infinidad de caminos por los que puede desarrollar su existencia. ¿Cuál será el que le lleve a la verdadera salvación? Como decía Pablo: Más que nunca necesitamos hoy crecer en sensibilidad para apreciar los auténticos valores humanos. Precisamente porque las ofertas engañosas son más variadas y mucho más atrayentes que nunca, es más difícil acertar con el camino adecuado.

Dios no tiene ni pasado ni futuro; no puede “prometer” nada. Dios es salvación, que se da a todos en cada instante. Algunos hombres (profetas) experimentan esa salvación según las condiciones históricas que les ha tocado vivir y la comunican a los demás como promesa o como realidad. La misma y única salvación de Dios llega a Abrahán, a Moisés, a Isaías, a Juan o a Jesús, pero cada uno la vive y la expresa según la espiritualidad de su tiempo.

No encontraremos la salvación que Dios quiere hoy para nosotros, si nos limitamos a repetir lo políticamente correcto. Solo desde la experiencia personal podremos descubrir esa salvación. Cuando pretendemos vivir de experiencias ajenas, la fuerza de placer inmediato acaba por desmontar la programación. En la práctica, es lo que nos sucede a la inmensa mayoría de los humanos. El hedonismo es la pauta: lo más cómodo, lo más fácil, lo que menos cuesta, lo que produce más placer inmediato, es lo que motiva nuestra vida.

Más que nunca, nos hace falta una crítica sincera de la escala de valores en la que desarrollamos nuestra existencia. Digo sincera, porque no sirve de nada admitir teóricamente la escala de Jesús y seguir viviendo en el más absoluto hedonismo. Tal vez sea esto el mal de nuestra religión, que se queda en la pura teoría. Hace ya tiempo, un ministro del gobierno, hablando de los problemas del norte de África, decía muy serio: Es que para los musulmanes, la religión es una forma de vida. Se supone que para los cristianos, no.

Al celebrar una nueva Navidad, podemos experimentar cierta esquizofrenia. Lo que queremos celebrar es una salvación que apunta a la superación del hedonismo. Lo que vamos a hacer en realidad es intentar que en nuestra casa no falte de nada. Si no disponemos de los mejores manjares, si no podemos regalar a nuestros seres queridos lo que les apetece, no habrá fiesta. Sin darnos cuenta, caemos en la trampa del consumismo. Si podemos satisfacer nuestras necesidades en el mercado, no necesitamos otra salvación.

En las lecturas bíblicas debemos descubrir una experiencia de salvación. No quiere decir que tengamos que esperar para nosotros la misma salvación que ellos anhelaban. La experiencia es siempre intransferible. Si ellos esperaron la salvación que necesitaron en un momento determinado, nosotros tenemos que encontrar la salvación que necesitamos hoy. No esperando que nos venga de fuera, sino descubriendo que está en lo hondo de nuestro ser y tenemos capacidad para sacarla a la superficie. Dios salva siempre. Cristo está viniendo.

El ser humano no puede planificar su salvación trazando un camino que le lleve a su plenitud. Solo tanteando puede conocer lo que es bueno para él. Nadie puede dispensarse de la obligación de seguir buscando. No solo porque lo exige su progreso personal sino porque es responsable de que los demás progresen. No se trata de imponer a nadie los propios descubrimientos, sino de proponer nuevas metas para todos. Dios viene a nosotros siempre como salvación. Ninguna salvación puede agotar la oferta de Dios.

Es importante la referencia a la justicia, que hace por dos veces Baruc y también Pablo, como camino hacia la paz. El concepto que nosotros tenemos de justicia, es el romano, que era la restitución según la ley, de un equilibrio roto. El concepto bíblico de justicia es muy distinto. Se trata de dar a cada uno lo que espera, según el amor. Normalmente, la paz que buscamos es la imposición de nuestros criterios, sea con astucia, sea por la fuerza. Mientras sigan las injusticias, la paz será una quimera inalcanzable.

Si tienes comida en la nevera, ropa en el armario y un hogar donde descansar eres más rico que el 75 % de la población mundial… (Sábado, I semana Adviento)


Isaías 30,19-21.23-26
El Señor vendará la herida de su pueblo.
Salmo: 146,1-6
Dichosos los que esperan en el Señor.
Mateo 9,35-10,1.6-8
Se compadecía de las gentes extenuadas y abandonadas corno ovejas que no tienen pastor.

A nuestro alrededor oímos el llanto de nuestro mundo, hambre, dolor, muerte, opresión, guerra, injusticia, pobreza... 

Si tienes comida en la nevera, ropa en el armario y un hogar donde descansar eres más rico que el 75 % de la población mundial…

A tanta pobreza se añaden otras como las enfermedades (curables para los que tenemos comida, armario y casa) que incapacitan y matan, la terrible exclusión del analfabetismo, el drama de los refugiados, los graves problemas morales en las micro y macro relaciones, la droga, la despersonalización de tantos individuos sin horizonte y sin esperanza.

Esta situación de las gentes, entonces y ahora, fue la que empujó al Hijo de Dios a nacer en una cueva y vivir cerca de nuestras miserias. Todo esto conmueve el corazón del Padre y del Hijo: “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”, proclamamos en el Credo, el Hijo de Dios asume totalmente nuestra condición humana.

Lo que espera de nosotros es que tengamos sus mismos sentimientos y que, como él, procuremos aliviar eficazmente los sufrimientos de los demás, pero no para sentirnos mejor, para el crecimiento y perfeccionamiento personal (Qué bien se está aquí, qué íntegro me siento, qué equilibrado me he levantado hoy… ) No, la fe no es una terapia personal, aunque evidentemente nos unifica y mucho, pero no se queda ahí.

Tener los mismo sentimientos que Jesús es volver la mirada, recordar que estamos en proceso de conversión continua, la cual pasa por el reconocimiento del propio pecado, el sincero arrepentimiento, el abandono de las idolatrías y la vuelta al propio Señor. Se nos invita a retomar el camino y a permanecer atentos a su voz para no extraviarnos. Qué bien lo expresa el profeta: “Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: Éste es el camino, camina por él”. Y entendemos que el llanto que escucharnos es llamada a comprometernos. Hemos visto y las cosas le tocan a quien las ve.

Convertidos y convencidos en este tiempo de gracias, el siguiente paso o el paso simultáneo, mirando a nuestro maestro, es anunciar, llevarle a él, ponerse en camino. Y con alegría. A esto nos invitaba el Papa en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del evangelio).

Nota: Estas reflexiones me han conducido a una meditación personal que comparto con vosotros. Accede haciendo clic en este enlace

viernes, 4 de diciembre de 2015

Donde no hay mirada profunda no puede haber misericordia verdadera (Viernes, I semana Adviento)




Isaías 29,17-24
Aquel día oirán los sordos, verán los ojos de los ciegos.
Salmo: 26,1.4.13-14
El Señor es mí luz y mi salvación.
Mateo 9,27-31
Los dos ciegos curados hablaron de él por toda la comarca.


No hay peor ciego que el que no quiere mirar. Y digo “mirar” y no “ver”. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define “ver” en su primera acepción como: percibir algo material por medio del sentido de la vista. Y mirar como: dirigir la vista hacia algo y fijar la atención en ello. Lo que quiero resaltar es que “mirar” es un verbo mucho más activo que “ver”. Para mirar no basta con ver, sino que además, se requiere fijar la atención. Pues bien, para ser un buen seguidor de Jesús, hay que mirar. El Adviento nos invita a mirar. Necesitamos re-aprender el arte de la mirada. Mirar una puesta de sol, el vuelo de una pluma, la sonrisa de un anciano… y aprender a mirar lo que no se ve a simple vista.

El hombre y mujer contemporáneo padece una obsesión y justificación que lo persigue angustiosamente: “no tengo tiempo”. En una vida acelerada y estresada como la urbana se hace muy difícil la mirada contemplativa; donde no hay una mirada serena no puede haber una comprensión verdadera, y donde la incomprensión es grande, suelen nacer la mayoría de nuestros conflictos, malentendidos con los demás, suspicacias y susceptibilidades. Si no hay tiempo para mirar, ¿cómo va a haber tiempo para mirar a Dios? Creo que este es el drama de muchos hombres y mujeres: no poder encontrarse con Dios (tener experiencia de Él) porque no lo ven y no lo ven porque no se han parado a mirarlo ni en sí mismos, ni en los demás, ni en los más pequeños, ni en la creación…, ni en ninguna parte. Sin la mirada profunda no puede nacer la comprensión del mensaje ni, en consecuencia, la fe.

La Palabra de hoy nos invita a curar nuestras cegueras: sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos -leemos hoy en el profeta Isaías-. Y en el evangelio de Mateo, Jesús realiza la curación de los dos ciegos. Ver para mirar, ver para creer. Mira en este Adviento más allá de las apariencias, mira con atención, mira a tu interior –que es donde más nos cuesta dirigir la mirada-; mira con detalle, mira con calma, mira con ojos nuevos, mira al desconocido, mira al que no te ve con buenos ojos, mira con profundidad, aguanta la mirada, mira con dulzura, mira con fuerza, mira con amor, mira a lo alto… y verás a Dios.

Hoy queremos que Jesús cure nuestras cegueras para que miremos más allá. Hoy gritamos con los ciegos del evangelio: ¡Ten compasión de nosotros, hijo de David!

jueves, 3 de diciembre de 2015

Si no queremos, nada de lo que haya pasado en nuestra historia personal tiene el dominio sobre nuestro corazón (Jueves, I semana Adviento)



Isaías 26,1-6
Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la roca perpetua.
Salmo: 117,1.8-9.19-21.25-27
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Mateo 7,21.24-27
No todo el que me dice: «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre.


Dios es la roca perpetua, por eso, el cimiento de su pueblo, el ánimo y la paz, están apoyados en la confianza en este Dios. Jesús nos invita a edificar nuestra casa sobre esta Roca firme, confiando plenamente, escuchando y viviendo la Palabra de Dios. No hay fuerza capaz de destruir tal edificio. La Palabra hoy -en todo el Adviento- es una invitación a actualizar la esperanza, pero sin olvidar que la roca no significa seguridad, sino fortaleza en la que ponemos nuestra esperanza: No hay nada que no pueda ser levantado de nuevo, nada que no pueda ser restaurado desde sus cenizas; nada de lo que haya pasado en nuestra historia personal, por muy dramático que haya sido, tiene el dominio sobre nuestro corazón; nada, si no queremos, puede endurecernos o entristecernos hasta el extremo.

El profeta Isaías, el acompañante de nuestro Adviento, nos recuerda hoy un cántico triunfal. Dios invierte la situación derribando a la ciudad encumbrada y haciendo de los humildes una ciudad fuerte: doblegó a los habitantes de la altura y a la ciudad elevada; la humilló, la humilló hasta el suelo, la arrojó al polvo, y la pisan los pies, los pies del humilde, las pisadas de los pobres. El Señor siempre favorece a los que confían en Él, de ahí les viene su firmeza y su fuerza.

Y por si no lo vemos del todo claro, Jesús nos lo explica con la comparación de la roca y la arena. No importa lo que nos suceda si verdaderamente ponemos la confianza en el Señor. A él le interesa el que actúa y cumple o intenta cumplir el querer del Padre, no el que dice “Señor, Señor” con los labios sin pasarlo por el tamiz del corazón.

Quizá puedo aprovechar este tiempo de Adviento para rellenar las grietas de mis cimientos con el hormigón de la oración, los sacramentos y las buenas obras, porque antes prefiero ser prudente que necio, como lo fue San Francisco Javier; un corazón grande y un alma noble, dijo San Ignacio de Loyola de este compañero suyo del que hoy hacemos memoria.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Una mesa donde falten hermanos, nunca disfrutará de una alegría auténtica (Miércoles, I semana Adviento)



Isaías 25,6-10a
El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros.
Salmo: 22,1-6
Habitaré en la casa del Señor por años sin término.
Mateo 15,29-37
¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?

Para Isaías el signo peculiar de los tiempos mesiánicos es que, por medio del Mesías, Dios dará a su pueblo abundancia de alimento y de bebida. El pueblo anhela la vida y la paz. Los prisioneros quieren quedar libres, los ciegos quieren ver, los hambrientos quieren pan. Pero también, así mismo, el pueblo tiene hambre de consuelo, amistad, perdón, entendimiento, aceptación, justicia, amor. Estos deseos serán colmados cuando Jesús, el Mesías, llegue. Él dará alimento al pueblo hambriento.

Jesús es la presencia encarnada de Dios que ofrece el banquete de la vida, que enjuga las lágrimas de los ojos y aniquila la muerte. La gente recibe el don de la sanación, se admira de sus obras y recibe el alimento que necesita para seguir caminando. La Palabra se ha hecho humanidad.

Nosotros, sus discípulos, estamos llamados hoy a ser Jesús, a ser presencia sanadora de Dios en medio de nuestro mundo, a ser buena noticia que llena de esperanza, a satisfacer el hambre de los hermanos, porque él quiere actuar por medio de nosotros. Como en Jesús, Dios quiere seguir encarnándose, a través de nosotros, cada día.

Miro a mis hermanos, a los que más sufren y me cuesta, a veces, saber cómo puedo yo llevar la salud, el alimento, la alegría, la esperanza... Quizás el proyecto de los profetas, del mismo Jesús, inspirado por el Padre misericordioso, de invitarnos a un banquete universal, no restringido ni privado, sino abierto a toda la humanidad, no termino de entenderlo, porque ¡me siento tan pobre! ¡estoy tan cansado y tan solo! que no me atrevo ni a proponérmelo ni a proponérselo a nadie. Pero, aquí estoy, sigue llenándome de tu amor y tu fuerza; yo solo no puedo, pero cuenta conmigo para repartir tu pan de vida, porque una mesa donde falten hermanos, nunca disfrutará de una alegría auténtica. Quizá por ello nos cuesta ser felices, ¿verdad? Si tan siquiera tuviera el valor de romper la dinámica, ¿a quién podría invitar a mi mesa, no solo en navidad, sino todos los días?

martes, 1 de diciembre de 2015

Hoy es un buen día (Martes, I Semana Adviento)



Isaías 11,1-10
Brotará un renuevo del tronco de Jesé.
Salmo: 71,2.7-8.12-13.17
Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.
Lucas 10,21-24
Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y las has revelado a la gente sencilla.


¿Quienes son esa gente sencilla a quienes les ha sido revelado conocer a Jesús? Desde luego que sencillo no es el tonto, ni el simple; la sencillez es la actitud de quien no tiene la pretensión de condicionar a Dios ni de exigirle que actúe según sus intereses personales. Cuando actuamos así, con sencillez, estamos más cerca de Dios y si descubrimos la sabiduría del corazón comprenderemos, vía experiencia (vivencia), el rostro de Dios que Jesús nos revela. Es esa sabiduría que, desde la sencillez, nos vincula profundamente a nuestros hermanos y a toda la creación en armonía, en empatía y en compasión. La sabiduría del corazón es don y tarea del Amor.

Este tiempo litúrgico nos invita a mirar con los ojos interiores a cada persona, a nuestro mundo y a sentir que todos somos parte del proyecto de paz por el que trabajamos día a día. Busquemos, no paremos de buscar:
  • Hoy es un buen día para buscar espacios de encuentro y de reconciliación con los diferentes.
  • Hoy es un buen día para pedirle al Señor la actitud del sencillo, que no trata de manipularlo, sino de amarlo para cumplir su voluntad. 
  • Hoy es un buen día para gracias a Dios por el don de la fe, pidiéndole al Hijo para cuyo nacimiento nos preparamos en este Adviento, que la incremente en nuestros corazones para que con nuestra vida y testimonio animemos a los que no creen a buscar este precioso tesoro.
Oh, Renuevo del tronco de Jesé, brote de paz y sabiduría. Enséñanos a ser hermanos que viven y trabajan por un proyecto común superando dificultades y desencuentros, Regálanos tu paz. Amén.